6
Landon
Estaba jodido.
Y no de forma literal. Ojalá. Estaba jodido de la forma menos divertida que existe. Porque, al parecer, compartir casa con Spencer implicaba asumir que mi cerebro y mi polla habían dejado de trabajar en el mismo equipo.
No podía evitarlo. Por algún motivo, cada vez que me contestaba de malas maneras con esa boca insolente y esos ojos brillando de pura chulería, mi imaginación empezaba a recorrer caminos francamente poco recomendables.
Era superior a mí. Algún tipo de instinto primitivo que escapaba por completo a la razón.
Y eso era precisamente lo que más me molestaba.
Me gustaban las mujeres. Mucho. Muchísimo. Pero, por encima de todo, siempre había sido un tipo racional. De los que podían entrar en una habitación llena de féminas espectaculares, mantener una conversación perfectamente civilizada y salir de allí sin comportarse como un adolescente salido.
Con Spencer, en cambio, toda esa racionalidad se iba de vacaciones.
Para empezar, no me comportaba como un caballero.
Más bien al contrario. Discutir se había convertido en nuestro idioma oficial.
Y sí, admito que buena parte de la culpa era mía.
Descubrí demasiado pronto que meterme con ella era absurdamente divertido.
Bastaba un comentario bien elegido para que frunciera el ceño, me llamara imbécil y empezara a echar chispas.
El problema era que cuanto más se enfadaba... más guapa me parecía. Y más jodido me sentía, porque más ganas tenía de dejar de pensar con la cabeza y empezar a pensar con el resto del cuerpo.
Pero, joder, era la mejor amiga de mi hermana.
Piper jamás me perdonaría que me acostara con Spencer. Todavía recordaba el día, siendo adolescentes, en que me hizo prometer que nunca intentaría nada con ninguna de sus amigas. Según ella, los hermanos mayores existíamos únicamente para espantar a los novios, no para ligar con sus mejores amigas.
Lo irónico era que esa norma solo funcionaba en una dirección.
Porque ella llevaba años colgada de Henry, mi mejor amigo y socio, y no parecía tener ningún problema de conciencia al respecto.
Si Henry le diera la más mínima oportunidad, Piper se olvidaría de sus principios antes de que pudiera decir «hipocresía».
Así que, si ella podía saltarse sus propias reglas cuando le convenía… ¿por qué no iba a poder yo?
Y, antes de darme cuenta, ya llevábamos una semana compartiendo techo.
Como cada mañana, me desperté temprano para trabajar un par de horas. Mi empresa podía soportar que estuviera en paradero desconocido, pero no que dejara de dirigirla.
Después bajé a la cocina a cumplir el ritual más importante del día: preparar café antes de que Spencer apareciera para acusarme, una vez más, de hacer demasiado ruido.
Puse en marcha la cafetera y empecé a trastear como si estuviera desactivando una bomba. Apenas habían pasado unos segundos cuando escuché el inconfundible sonido de unos pasos sobre mi cabeza. Sonreí para mis adentros. Después llegaron los de la escalera.
Misión cumplida.
Cuando apareció en la cocina, lo primero que pensé fue que era una auténtica lástima que aquella mañana sí se hubiera acordado de ponerse los pantalones del pijama. Verla el día anterior con aquella camiseta corta y unas simples bragas había sido un atentado contra mi fuerza de voluntad.
Llevaba el pelo completamente despeinado, todavía con marcas de la almohada en una mejilla y esa expresión de mal humor que parecía haberse convertido en su estado natural desde que nos conocíamos.
No entendía cómo era posible que una mujer pudiera parecer tan adorable y tan gruñona al mismo tiempo.
Era como contemplar un gatito enfadado.
—Voy a coger el coche. Me han llamado del aeropuerto para decirme que han encontrado mi maleta. Por fin una buena noticia.
Arqueé una ceja.
—¿Seguro que es una buena noticia, fierecilla? Porque tienes exactamente la misma cara que cuando vienes a decirme que hago demasiado ruido con la cafetera.
—Eso es porque sigues haciendo demasiado ruido con el café. Y porque he vuelto a entrar en el Instagram de mi ex y he visto que ahora mismo está haciendo una excursión privada en hidroavión sobre las Maldivas mientras yo estoy aquí... discutiendo contigo.
—¿Ya te ha desbloqueado? —pregunté, extrañado. El día anterior había tenido que pedir prestado mi móvil para cotillear su perfil.
—No. Pero soy lista. Me he creado otra cuenta.
Asentí despacio. Realmente seguía enfadada con el mundo entero.
Y, siendo sincero, no podía culparla. Su ex era un auténtico cabrón.
No porque hubiera dejado de quererla. Eso, por desgracia, podía pasar.
Sino porque había decidido irse de luna de miel con otra mujer utilizando el mismo viaje que habían planeado juntos.
Había que ser un hijo de puta de categoría profesional.
—Vale, pues desayuna algo, arréglate y nos vamos.
Frunció el ceño.
—Querrás decir «me voy». Porque nadie te ha pedido que me acompañes.
—No me lo has pedido, pero voy a hacerlo igualmente.
—¿Y eso por qué?
Me encogí de hombros.
—Porque el otro día, cuando bajaste sola a Honolulu, el coche volvió con una buena raya en el lateral.
Abrió mucho los ojos.
—¡Eso no fue culpa mía! Alguien tuvo que rozarlo mientras estaba aparcado.
—No he dicho que fuera culpa tuya. Solo que prefiero que el coche familiar no siga coleccionando recuerdos de tus excursiones.
Se preparó un par de tostadas, se sirvió una taza de café recién hecho, me lanzó una mirada cargada de odio y desapareció escaleras arriba.
Esperé a escuchar cómo se cerraba la puerta de su habitación.
Después negué con la cabeza y sonreí para mis adentros.
Definitivamente tenía un problema.
Porque acababa de descubrir que incluso cuando me miraba como si quisiera estrangularme... seguía pareciéndome la mujer más guapa que había visto en mucho tiempo.
***
Esperé a Spencer en el coche mientras entraba en el aeropuerto a recoger su maleta.
¿Le miré el culo al alejarse? Probablemente.
Aquel día estaba demasiado guapa como para fingir lo contrario.
Llevaba unos shorts vaqueros tan cortos que dejaban al descubierto unas piernas interminables y una blusa blanca anudada a la cintura que permitía asomarse a un pequeño trozo de piel justo encima del ombligo.
Era una combinación sencilla, veraniega y condenadamente efectiva.
Unos minutos después regresó arrastrando la maleta. La cargó en el maletero, rodeó el coche y se dejó caer en el asiento del copiloto.
—Ya podemos volver.
Asentí, pero en lugar de tomar la carretera hacia casa, tomé la salida hacia el centro de Honolulu.
—¿Qué haces? —Spencer me miró con las cejas arqueadas al descubrir que no regresábamos.
—Sacarte de casa. Llevas una semana llorando, viendo películas que consiguen que llores todavía más y dándole vueltas al mismo asunto una y otra vez. Se suponía que habías venido a Hawái para desconectar, no para convertir la casa en un santuario del drama.
Abrió la boca para replicar.
La cerró.
Gruñó por lo bajo y cruzó los brazos contra el pecho mientras volvía la vista hacia la ventanilla.
Sonreí. No era fácil ganarle una discusión a esa fierecilla.
A esa hora las calles estaban llenas de vida. Turistas con cámaras colgadas al cuello se mezclaban con surfistas que caminaban descalzos cargando la tabla bajo el brazo, mientras grupos de amigos salían de pequeñas cafeterías con vasos gigantes de café helado.
El aire olía a mar, y de fondo sonaba un ukelele callejero que conseguía que incluso el tráfico pareciera ir a otro ritmo.
Aparqué el coche en uno de esos parkings de varias plantas y, en cuanto salimos a la calle, Honolulu nos envolvió de golpe.
—¿Y ahora qué? —preguntó Spencer.
—Ahora voy a enseñarte la ciudad.
Entrecerró los ojos.
—Ya conozco la ciudad. Vine de compras el otro día, ¿recuerdas?
—¿Y viste algo además de las tiendas de ropa?
—Guardó silencio y yo sonreí—. Eso pensaba.
Así que hoy toca turismo de verdad. Sacarás unas cuantas fotos, comeremos en el mejor sitio de poke de la isla y, cuando acabemos, podrás volver a casa y retomar tu programación habitual de dramas y autocompasión.
Sin esperar a que aceptara mi programa, eché a andar calle abajo y, tras unos segundos de duda, Spencer me siguió.
Caminamos por el centro de Honolulu entre edificios modernos, pequeñas galerías comerciales y mercados donde vendían fruta tropical recién cortada, camisas hawaianas y collares de flores. Poco a poco el bullicio fue dando paso al olor del mar hasta que desembocamos en el paseo de Waikiki.
Desde allí el Pacífico parecía no tener fin y, al fondo, el perfil inconfundible del cráter de Diamond Head se recortaba sobre un cielo completamente despejado. Spencer se quedó quieta unos segundos antes de sacar el móvil y hacer varias fotografías del paisaje.
Un rato después nos sentamos en la terraza de un pequeño restaurante con vistas a la playa. Entre nosotros y el mar solo había un paseo lleno de corredores, familias y surfistas que regresaban del agua con la tabla bajo el brazo.
Había comido allí tantas veces que conocía la carta casi de memoria. Y, después de haber probado poke prácticamente en cualquier rincón de la isla, seguía convencido de que aquel era el mejor.
No tardó en acercarse un camarero hawaiano.
—Aloha.
Nos saludó con una sonrisa contagiosa y sacó la libreta para tomar nota.
—Dos poke de atún marinado. Y dos limonadas caseras.
Spencer giró la cabeza hacia mí.
—Eh, puedo pedir yo sola.
—Lo sé.
—Entonces...
—Confía en mí. Dentro de diez minutos querrás casarte conmigo.
Puso cara de disgusto absoluto.
—Déjame que lo dude. Ya estuve prometida una vez y la experiencia no fue precisamente un éxito como para querer repetir.
No pude evitar sonreír. Ahí estaba. Esa lengua afilada que tanto me sacaba de quicio...y que mi cuerpo seguía empeñado en considerar increíblemente sexy.