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Spencer
Otra vez el maldito sonido de la cafetera me despertó de buena mañana.
Resoplé indignada, me incorporé sobre el colchón y cogí el móvil con la firme intención de mandarle un mensaje a Piper.
Un mensajito rápido del estilo: «Tu hermano está aquí y es un ogro insoportable».
Con un poco de suerte, Landon tendría que salir huyendo a buscarse otro escondite y otra víctima a la que torturar con su existencia.
Lástima que mi impulso asesino quedara interrumpido al revisar las notificaciones y ver que tenía un correo nuevo. Era del hotel donde Elliot y yo íbamos a pasar la luna de miel.
Lo abrí esperando encontrar un mensaje confirmando la cancelación de la reserva. Al fin y al cabo, Elliot me había jurado que se encargaría personalmente de anular todo lo relacionado con la boda y el viaje.
Sin embargo, el asunto del correo decía otra cosa muy distinta.
Asunto: Bienvenidos a Coral Paradise Maldives
Estimada Sra. Brooks:
Es un placer darles la bienvenida a Coral Paradise Maldives.
Esperamos que usted y su esposo disfruten de una estancia inolvidable en una de nuestras villas sobre el agua y que esta luna de miel esté llena de momentos únicos.
Su reserva ha sido registrada correctamente y nuestro equipo ya tiene preparada la experiencia romántica incluida en su paquete de bienvenida.
Si desean organizar alguna actividad adicional durante su estancia, estaremos encantados de ayudarles.
Les deseamos unas felices vacaciones.
Atentamente,
Guest Experience Team
Coral Paradise Maldives
Parpadeé, primero confusa, y luego notando como una idea empezaba a formarse en mi cabeza. ¿Elliot había ido de luna de miel sin mí?
Negué con fuerza. No. Imposible. No podía ser tan cabrón como para gastarse el dinero que, en teoría, nos iban a devolver por la cancelación.
Cerré el correo y abrí Instagram con un nudo en el estómago. Busqué su nombre en el buscador y, para mi sorpresa, no apareció. Fruncí el ceño. Elliot llevaba años con la misma cuenta, así que aquello no tenía ningún sentido.
Probé entonces a buscarlo entre las personas a las que seguía y tampoco estaba allí. Tragué saliva. Una sensación desagradable empezó a recorrerme el cuerpo mientras intentaba convencerme de que debía de tratarse de algún fallo de la aplicación.
Salí de Instagram, volví a entrar y repetí la búsqueda. El resultado fue exactamente el mismo.
Entonces dejé escapar el aire lentamente y sentí un dolor sordo atravesarme el corazón. Elliot me había bloqueado. No había duda. El muy cretino me había bloqueado y eso solo podía significar una cosa: tenía algo que esconder.
Me levanté de un salto de la cama, bajé las escaleras casi corriendo y me dirigí directa a la cocina. Allí me encontré a Landon peleándose con la cafetera como todas las malditas mañanas.
—Buenos días, fierecilla. —Una sonrisa lenta se dibujó en sus labios—. ¿Olvidaste vestirte antes de bajar?
Mierda.
Con las prisas me había olvidado ponerme el pantalón del pijama. Hacía tanto calor en la habitación que había decidido dormir solo con una camiseta corta y unas bragas, así que digamos que dejaba bastante poco a la imaginación.
Pero, en aquel momento, aquello era lo de menos.
Había prioridades.
Ignoré descaradamente la forma en que sus ojos me recorrieron de arriba abajo y extendí la mano hacia él.
—Necesito tu móvil.
Arqueó una ceja.
—¿Perdón?
—Tu móvil. Déjamelo un momento.
Me observó con expresión desconfiada.
—¿Y para qué lo quieres?
—Para hacerme un selfi y ponértelo de fondo de pantalla. ¿Tú qué crees? Porque lo necesito.
—La última vez que alguien me dijo eso acabé con un cargo de tres mil dólares en la tarjeta.
—Tranquilo, no pienso comprar un unicornio por internet. Solo déjamelo.
—Eso ha sonado exactamente a lo que diría alguien que va a comprar un unicornio por internet.
Empecé a perder la paciencia.
—¿Me lo vas a dejar o no?
Dudo unos segundos, pero finalmente suspiró, sacó el móvil del bolsillo de su pantalón gris de chándal y me lo tendió.
—Si le pasa algo, tendrás que vender un riñón para pagármelo.
Lo ignoré, abrí Instagram y enseguida aparecieron sus notificaciones, seguidas de un desfile interminable de influencers en bikini. Qué sorpresa. Puse los ojos en blanco, escribí el nombre de Elliot en el buscador y... allí estaba.
Sentí un vuelco en el estómago.
Elliot tenía el perfil público. Porque, al parecer, además de ser un cabrón era un auténtico incompetente. Si bloqueas a tu ex para que no vea lo que haces con tu vida, quizá también deberías acordarte de que existe el resto de internet.
Entré en su perfil.
La última publicación era una foto suya tumbado en una hamaca frente a un mar de un azul imposible. El pie de foto decía: «A veces, para volver a empezar, primero hay que dejar atrás aquello que ya no te hace feliz.»
Qué víctima. Había destrozado mi vida y encima pretendía dar pena.
Fue entonces cuando me fijé en un detalle que me había pasado desapercibido. En un extremo de la fotografía aparecía una mano femenina apoyada sobre la hamaca de al lado. Era una mano pequeña, con las uñas cuidadas y un anillo fino en el dedo anular.
Abrí las historias destacadas.
Primera historia: una villa sobre el agua.
Segunda: una copa brindando frente al atardecer.
Tercera: una piscina infinita.
En todas aparecía la misma mano. Nunca enseñaba a la mujer por completo, pero ahí estaba, entrando en el encuadre de forma casi accidental, como si Elliot creyera que aquello bastaba para ocultar que no estaba solo.
Lo estaba viendo.
El muy hijo de puta se había ido a nuestra luna de miel con ella.
—Oye... ¿me vas a explicar qué demonios pasa?
Apreté tanto los dientes que me sorprendió no romperme una muela.
—Lo que pasa es que los de tu género sois todos unos auténticos imbéciles. ¡No os basta con rompernos el corazón! No. Además tenéis que ir de víctimas por Instagram mientras os gastáis el dinero de la luna de miel con la siguiente.
Frunció el ceño.
—Vale... tengo la sensación de que me he perdido varios capítulos.
En ese momento mi móvil empezó a sonar al ritmo de I Will Survive. Piper.
Le devolví el teléfono a Landon y deslicé el dedo sobre la pantalla.
—¡¿Has visto el Instagram de Elliot?! ¡Tía, qué fuerte! ¡Se ha ido sin ti de luna de miel!
Ni siquiera se molestó en decir «hola», aunque tampoco podía culparla. Si yo hubiera descubierto que a mi mejor amiga le acababan de hacer algo así, probablemente también habría olvidado cualquier norma básica de educación.
Landon reconoció la voz de su hermana al instante. Levantó la cabeza como un resorte y empezó a hacerme gestos desesperados con las manos, señalándose a sí mismo y negando con la cabeza una y otra vez.
Básicamente estaba diciendo: «No le digas que estoy aquí.»
—Sí, lo acabo de descubrir. Aunque he tenido que usar otra cuenta, porque el muy cobarde me ha bloqueado.
—Pensaba que habíais quedado en cancelar la reserva.
—Yo también. Aunque eso no es lo peor. ¿Te has fijado en la mano que sale en todas las fotos?
Parece casualidad, como si alguien hubiera pasado por allí justo en el momento de hacer la foto, pero aparece en todas.
En las publicaciones, en las historias...
siempre la misma mano. Yo apostaría lo que fuera a que no está solo.
Al otro lado de la línea, Piper soltó una exclamación de pura indignación.
—Pues denúncialo.
Parpadeé.
—¿Qué?
—Denúncialo, Spencer. O demándalo... ¡Se ha ido de viaje con tu dinero! Eso tiene que ser ilegal. Déjame hacer una llamada. El equipo legal de la empresa de mi hermano es brutal. Seguro que pueden ayudarte.
Al escuchar aquello, Landon estuvo a punto de atragantarse con el café y empezó a negar con la cabeza con tanta energía que parecía uno de esos muñecos de salpicadero.
No pude evitar poner los ojos en blanco.
—Piper, no es necesario. Bastante humillante es todo esto como para meter también a un ejército de abogados. No pienso involucrar a tu hermano ni a su empresa en mis dramas.
Piper suspiró.
—Está bien. Aunque, si en algún momento necesitas ayuda para perpetrar un delito sin dejar pruebas forenses, ya sabes dónde encontrarme. Después de tantas horas viendo true crime, tengo un máster honorífico en cómo no acabar en la cárcel.
No pude evitar sonreír.
—Vale, gracias. Eres la mejor.
—Lo sé. —Se echó a reír—. Oye, por cierto... ¿quieres que te cuente un cotilleo sobre mi hermano?
Alcé la vista hacia Landon. Acababa de cerrar los ojos y se masajeaba el puente de la nariz como quien intenta evitar una migraña. Cuando notó que lo estaba mirando, abrió un ojo y empezó a negar muy despacio con la cabeza, suplicándome en silencio que no le siguiera el juego.
No pude evitar disfrutar un poquito de aquel momento.
—Claro, cuéntame.
La expresión de derrota de Landon fue gloriosa.
—Ayer me llamó Henry. Ya sabes, su socio...
Aunque estuviera a miles de kilómetros de distancia, habría jurado que acababa de sonrojarse. Piper llevaba años coladita por Henry y era incapaz de pronunciar su nombre sin que se le iluminara la voz.
—¿Y?
—Pues resulta que mi hermano ha roto con su novia, que era la hermana de Henry, y ahora ha desaparecido del mapa. Henry lleva días buscándolo porque dice que quiere partirle la cara por lo que ha hecho.
Lancé una rápida mirada a Landon.
Seguía inmóvil, pero ahora tenía la mandíbula tan tensa que empezaba a preocuparme que fuera a desencajársela.
—Vaya. Parece que últimamente hay una epidemia de hombres que abandonan a sus novias y salen corriendo como cobardes.
—Ya ves. Aunque no sé en qué estaba pensando mi hermano cuando empezó esa relación. Nunca ha sido precisamente un experto en mantener relaciones serias.
—Pues esta vez la ha liado bien.
—Y que lo digas. En fin, ya me contarás qué haces con lo de Elliot. Y, por favor, no te encierres a llorar. Llámame antes, ¿vale?
—Lo haré. Gracias, Pipe.
—Te quiero.
—Y yo a ti.
Colgué la llamada y miré a Landon. Estaba apoyado en la encimera, con los brazos cruzados y una expresión que oscilaba entre la resignación y las ganas de estrangular a su hermana.
—¿Así que por eso te escondes de tu socio?
Landon soltó un suspiro cansado.
—No quiero hablar de mi vida privada. Y, si puede ser, te agradecería que no volvieras a hablar de ella con Piper.
Lo ignoré.
—¿La engañaste?
Sus ojos se clavaron en los míos.
—¿Eso es lo que piensas de mí? ¿Que soy un cabrón infiel?
Me encogí de hombros.
—No lo sé. Pero teniendo en cuenta lo que acabo de descubrir sobre Elliot y lo que acabo de escuchar sobre ti... comprenderás que las estadísticas no juegan precisamente a tu favor.
—No te debo ninguna explicación, pero no, no le puse los cuernos. Solo dejé de estar enamorado. ¿Qué se suponía que debía hacer? ¿Quedarme con ella por pena?
Lo observé unos segundos en silencio.
—No. Supongo que no. Pero tampoco creo que desaparecer del mapa mientras tu ex llora y su hermano quiere partirte la cara sea precisamente un ejemplo de madurez.
—Vi cómo apretaba la mandíbula otra vez, pero ya había tenido suficiente conversación trascendental por un día—.
En fin. Me voy al salón a ver otra película romántica de esas que tanto odias.
Y, por favor, esta vez abstente de unirte.
Ya ha quedado demostrado que no las entiendes.
Lo dejé plantado en la cocina y me dejé caer en el sofá. Pulsé el botón de reproducir y esperé que, por una vez, la ficción fuera menos dolorosa que mi vida.