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Landon
Abrí la puerta y entré en casa deseando que Spencer estuviera algo más tranquila. O que su sesión de llantos hubiese empezado y no estuviera en las zonas comunes.
Ella no lo sabía, pero mi única intención al hacer tanto ruido por la mañana era precisamente despertarla.
No me parecía sano que cada noche se durmiera de madrugada llorando por un capullo.
En algún momento el cansancio haría mella en ese pequeño cuerpo y empezaría a dormir de noche y estar ocupada de día.
Incluso podía ocupar parte de su día en llorar, si así lo quería, y de ese modo yo no tendría que soportarla persiguiéndome y riñéndome por todo.
Era como tener un grano en el culo. Un grano precioso, eso sí, porque la amiga de mi hermana era un caramelito visualmente, aunque mentalmente fuera un deshecho de emociones.
No tuve suerte. Spencer estaba en el sofá viendo una película, pero al menos no estaba llorando… todavía. Porque había decidido ponerse una de esas románticas y dramáticas que acabarían con ella hecha un mar de lágrimas.
—Oh, empezaba a guardar la esperanza de que hubieras vuelto al infierno del que saliste sin avisar —me dijo cuando se percató de mi presencia.
Me reí. En el fondo me gustaba eso de Spencer.
No me lo ponía fácil. En realidad, le importaba bastante poco lo que yo pensara de ella y no se esforzaba ni siquiera un poco en hacerme feliz.
Suena vanidoso, pero no estaba acostumbrado a ese trato de las mujeres.
Hasta el momento, la única que me pateaba el culo a diario, metafóricamente hablando, era mi hermana.
No me extrañaba que fueran tan buenas amigas, porque tenían el mismo carácter mandón y, en el fondo, adorable.
Debería haber pasado de ella y haberla dejado en paz, pero al parecer era un poco masoquista, porque me senté a su lado sin pedir permiso y señalé la tele.
—¿Qué ves?
—Nada que te interese.
—Tienes razón. Tiene toda la pinta de ser una peli de esas que hacen suspirar a las mujeres solo para después ponerlas a llorar.
—¿Sabes, Landon? No somos tan facilonas como tú crees.
—Yo tampoco soy tan idiota como piensas.
—¡Ja! Apuesto a que no serías capaz de valorar la sensibilidad de Antes del amanecer sin dormirte.
—Así que esa es la peli… —Reflexioné—. Bueno, probemoslo.
—¿Qué?
—Que voy a quedarme a ver la peli contigo, fierecilla. Así podrás decirme al acabar cómo ando de sensibilidad.
—No, de eso ni hablar. ¡Este es mi momento de estar tranquila y sola!
—Llevas todo el día sola. Tranquila no sé, lo dudo, pero no ha sido por mi presencia, sino porque no sabes relajarte.
—¡Sí que sé! —se enfurruñó de un modo tan adorable que me reí, lo que solo ayudó a empeorar las cosas—. ¡Eres un imbécil!
—Deberías aprovechar las horas que no estoy para ensayar más insultos. Empiezas a ser muy repetitiva.
—Landon, en serio, vete a tu habitación.
—Estoy en mi casa, Spencer. No puedes ordenarme qué hacer y qué no.
—Pero puedo llamar a Piper e informarle de tu paradero.
Mierda. Aquello no me convenía. Necesitaba unos días más para que mi amigo y socio se calmara. ¡Necesitaba que todo el mundo a mi alrededor se calmara!
—Vamos, fierecilla, no seas así. Prometo portarme muy bien mientras vemos tu bodrio de peli sentimentaloide.
Me miró fatal pero, por alguna razón que no alcanzo a comprender, decidió ceder. Se reacomodó en el sofá, cruzando las piernas como los indios y se puso a ver la tele ignorándome por completo, lo que me dio la opción de mirarla de reojo en más de una ocasión.
Llevaba puesto un pijama consistente en una camiseta sin mangas y un pantalón tan cortito que no pude evitar pensar en el cuerpazo que tenía.
Era una verdadera lástima que Spencer estuviera tan pirada, porque tenía un cuerpo diseñado para volver loco a cualquier hombre. Y una chispa que no abundaba demasiado.
En un momento dado se estiró y abrió los brazos mientras bostezaba, lo que me permitió ver sus pezones marcados a través de la final tela. ¿Estarían erectos por algo, o los tenía así de apetitosos de forma natural?
Me tensé al darme cuenta de lo que estaba haciendo. Aquella mujer estaba despechada, triste y además era la mejor amiga de mi hermana Piper. Fijarme en sus pezones era la última cosa que debería estar haciendo si no quería tener más problemas de los que ya tenía.
Pero, joder, se intuían como pequeños botones listos para chupar y lamer hasta que…
Me concentré en la peli. La puta peli que ni siquiera entendía. Suponía que era un clásico del romanticismo o algo así, pero yo lo único que quería era averiguar si aquella duda tan intensa que me había surgido acerca de los pezones de Spencer podía ser resuelta o no.
Llevaba demasiado tiempo sin sexo.
Aunque pudiera parecerlo, por haber sufrido una ruptura reciente, hacía un tiempo que no me acostaba con mi ex, porque todo estaba deteriorándose por momentos.
Era un tío activo sexualmente, siempre había gozado de un deseo que a menudo tenía que satisfacer, o empezaba a comportarme como un mono cachondo.
No era algo que me gustara admitir, pero el caso era que necesitaba mi ración de orgasmos y, obviamente, no podían provenir de la fuente que tenía a mi lado.
No, pensé mientras la volvía a mirar de reojo.
Aquella mujer menuda, preciosa e histérica no podía ser mi nuevo objetivo, ni siquiera de un modo sexual, así que más me valía irme a mi dormitorio, tumbarme y hacer lo que todo hombre maduro hace en esta situación: masturbarme fantaseando con ella o cualquier otra cosa hasta correrme.
Y estaba a punto de hacerlo, pero entonces ella suspiró melodramáticamente y volvió a reacomodarse en el sofá.
—Si todos los hombres fueran tan profundos y románticos como los de las películas, la vida sería un lugar mejor —murmuró.
—O un aburrimiento. Esta peli es insufrible.
—¡Esta peli es un clásico y, si no te gusta, ya sabes lo que tienes que hacer!
Fue la oportunidad para tener una salida que no le hiciera pensar que tenía pensamientos morbosos con ella y su cuerpo y por eso quería largarme.
Me levanté con gesto melodramático, como si me estuviera marchando un poco en contra de mi voluntad.
—Cuando quieras ver una peli buena de verdad, me avisas.
Gruñó algo, pero no la escuché. Me marché a mi habitación, me desnudé, me di una ducha, salí, me puse un boxer y me tumbé en la cama convencido de que solo había tenido un pico de morbo llevado por la falta de sexo, pero entonces volví a pensar en esos pezones del demonio y lo siguiente que recuerdo es que mi mano estaba en mi polla, mis ojos estaban cerrados y mi mente imaginaba el color, la forma exacta y a qué sabrían aquellos dos preciosos botones.
Al acabar pensé que tal vez había llegado el momento de buscar un poco de diversión sexual en Hawaii.
Un poco de diversión sexual que en ningún caso podía venir de la chica con el corazón roto con la que estaba viviendo de manera provisional.