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Spencer
Los primeros tres días en Hawaii fueron como pisar el infierno con ropa de abrigo puesta. Solo que al revés. Al parecer la lluvia tenía algo personal contra mí, porque había estado lloviendo de forma intermitente todo ese tiempo.
El día siguiente a mi llegada fui a Honolulu y logré comprar algunos básicos para los días que iba a estar allí.
Usar ropa de Piper me gustaba, pues mi amiga tenía un gusto exquisito, pero no quería ni pensar en la posibilidad de mancharle algo y tener que pagarlo, porque Piper era de gustos caros.
Podía permitírselo, desde luego, pero yo no estaba en su nivel económico.
Ni siquiera sabía lo que valía el vestido que me puse el primer día pero apostaría a que esa única prenda equivalía al valor de un cuarto de mi armario, si no más.
En aquellos instantes necesitaba restar ansiedad a mi vida, no sumar más, así que estuve contenta de comprar varios vestidos y bikinis que se adecuaban a mi presupuesto y no me hacían sufrir con el simple hecho de llevarlos encima.
De todas formas, el tema de la ropa resultó ser lo de menos. Lo de más era el compañero de casa que tenía y que llevaba tres días haciéndome la vida imposible.
Aunque igual eso era un poco exagerado teniendo en cuenta que me había ignorado la gran parte del tiempo.
Tal vez ese era el problema.
No que me ignorara como tal, pero sí que hacía como si de verdad estuviera solo.
Por ejemplo, tenía la irritante manía de levantarse al amanecer y, si bien es cierto que mi habitación quedaba alejada de la suya, no podía evitar oír cómo se dirigía a la cocina y se peleaba con la cafetera.
¡Lo había hecho las tres mañanas que llevábamos conviviendo juntos!
Hacía tanto ruido para preparar un maldito café que aquella mañana no me había resistido más y fui a acusarlo de hacerlo a propósito para despertarme.
Le grité que era un ogro maleducado y él me dijo que no tenía la culpa de que yo fuera una princesita dormilona.
Lo que no sabía era que necesitaba dormir un poco más por las mañanas porque las noches se me hacían eternas llorando por mi mala suerte.
Me daban las tres o cuatro de la madrugada mirando al techo y sintiendo cómo mis lágrimas rodaban por mi cara hasta empapar el colchón.
Suena melodramático pero estaba viviendo una ruptura realmente dolorosa.
O peor que eso, estaba viviendo algo que yo sentía como una humillación, porque durante toda mi vida hice planes perfectos de una vida perfecta que en aquel instante se había desmoronado de buenas a primeras.
¡Y el idiota con el que compartía refugio no sabía hacer ni un triste café sin parecer que estaba en construyendo con sus propias manos la cafetera!
Cuando me acusó de ser dormilona estuve a punto de gritarle los motivos de mi cansancio, pero me contuve.
Sumé lo poco que sabía de él por experiencia propia, con lo mucho que había oído de Piper cuando se quejaba de él, y decidí que no era alguien comprensivo ni merecedor de conocer mis miserias.
Más de lo que ya las conocía, porque recordemos que me había oído en el avión mientras me desahogaba. Pero es distinto, mi objetivo no era que lo escuchara él. Lo hizo porque resultó ser un cotilla metomentodo.
Luego estaba el tema de la comida. Si con el café era minucioso, con la comida rozaba lo obsesivo.
Cada día elegía su propio menú teniendo en cuenta los nutrientes necesarios para seguir siendo un tío con más músculos que cerebro y luego se empeñaba en cocinar en consecuencia a eso.
De modo que mis patatas fritas de bolsa y mis tarrinas de helado no eran bien recibidas en la cocina.
Me acusaba de estar envenenando mi cuerpo, yo le gritaba que era un idiota porque no sabía de qué otra forma defenderme y volvíamos a no hablarnos hasta el siguiente conflicto, que normalmente estaba relacionado con sus entrenos.
¿Por qué sentía Landon que tenía que poner la música a todo volumen para entrenar en vez de usar auriculares? Era algo que escapaba a mi lógica.
Le dije que por favor usara auriculares, que para algo se inventaron. Me dijo que lo que tenía que hacer era dejar de mirarlo y cosificarlo.
Y volví a gritar.
¿Cómo no iba a hacerlo? ¡Entrenaba en medio de cualquier parte sin camiseta y con un pantalón tan corto que podía ver perfectamente cómo se tensaban los músculos de sus muslos!
Era casi obsceno y me encargué de dejarle muy clara mi opinión.
Pero solo sonrió y dijo que lo que me pasaba era que me encantaba, pero era una reprimida.
¡No era ninguna reprimida! Simplemente quería tener unas normas de convivencia básicas.
Por eso el tercer día, al llegar a casa después de un paseo que había pretendido que fuera relajante, lo busqué para tener una charla con él.
Estaba en la piscina haciendo largos, aprovechando que el tiempo nos estaba dando un respiro.
Y madre mía… el modo en que incluso con el agua salpicando podía ver sus hombros tensos era espectacular.
El problema de Landon no era su cuerpo, que rozaba la perfección.
El problema de Landon era que abría la boca y perdía todo el atractivo.
Cada vez entendía más a Piper cuando me decía que su hermano podía resultar exasperante, aunque lo adoraba y estaba claro que mataría por él.
Supongo que en el fondo siempre le ganaba la lealtad fraternal, pero yo no tenía ese problema, así que en mí solo habitaban la rabia acumulada por mi mala suerte y sus intentos de sacarme de mis casillas constantes.
No era una buena mezcla para un cóctel, sino más bien todo lo contrario.
—Eh, tú, sal del agua, quiero hablar contigo —dije cuando me situé en el borde de la piscina.
Landon se puso de pie, enseñándome su glorioso torso desnudo que intenté no mirar por todos los medios, se quitó las gafas de natación y sonrió de un modo que me hizo tragar saliva. Después puso sus manazas alrededor de mis tobillos, tensándome.
—Hola, fierecilla. ¿Cómo estás, aparte de enfadada por algo que solo existe en tu imaginación una vez más?
—Suéltame ahora mismo —masqué entre dientes dando un paso atrás—. Tenemos que hablar.
—Tú dirás.
—Cuando salgas.
—¿Por qué?
—¡Porque vamos a tener una conversación y necesito que estés a mi misma altura!
—Cielo, soy mucho más alto que tú. Si salgo, tus ojos quedarán a la altura de mis abdominales y ya hemos quedado en que eso no te gusta.
Lo detestaba con todas mis fuerzas. ¡Era insoportable!
—Mis ojos no están a la altura de tus abdominales —protesté—. Y ser tan vanidoso no es bueno ni atractivo, te lo he dicho muchas veces.
—Lo sé, pero dado tu historial, permíteme que ignore por completo tus consejos.
Apreté los dientes y, un segundo después, tomé aire con fuerza. Aquello no iba a ser fácil. Nada con Landon lo era, pero teníamos que poner normas básicas de convivencia sí o sí.
De allí no iba a moverme hasta que lo consiguiera y él pareció darse cuenta, porque suspiró con dramatismo y nadó hacia las escaleras para salir.
Salió e intenté con todas mis fuerzas no babear, pero había momentos en que tenía que recordarme con mucha fuerza que Landon era un cretino, porque verlo anulaba mis pensamientos.
Se acercó a mí y preparé mentalmente todo lo que iba a decirle para mejorar nuestra convivencia, pero entonces llegó a mi altura, pasó por mi lado y… se fue. ¡Se fue!
—¡Eh! ¿A dónde crees que vas?
—Voy a salir —dijo sin mirarme siquiera.
—¡Te he dicho que tengo que hablar contigo!
Landon paró y me permitió ver su gloriosa espalda en todo su esplendor. Después giró lentamente y me miró de un modo que me puso nerviosa.
—Hablaré contigo cuando no me lo ordenes, fierecilla.
—Tenemos que poner normas de convivencia.
—Yo no te molesto a ti y tú no me molestas a mí. Esa es la única norma que necesitamos.
—¡Pero sí que me molestas!
Landon tuvo el descaro de sonreír.
—Bueno, me refería a cosas molestas de verdad, no al hecho de que mi simple existencia te haga sufrir. —Intenté protestar, pero él siguió hablando—. Y en cualquier caso, como voy a salir, vas a tener todo lo que resta de día para estar tranquila, feliz y en paz.
—¿Por qué suenas sarcástico?
Landon soltó una risa ronca que en cualquier otro hombre me habría encantado.
—Porque en algún momento tendrás que entender que yo no soy la razón por la que no puedes estar tranquila, feliz y en paz, sino tú misma.
Y sin más, dio la vuelta de nuevo y se fue, esta vez sin detenerse ante mis protestas.
Lo odiaba, era un hecho.
Odiaba a Landon con todas mis fuerzas.
Y odiaba aún más la idea de que hubiera aunque sea una mínima posibilidad de que tuviera razón.