Un pacto tentador (Pactos arriesgados nº 1) 2
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Landon

¿Pero qué cojones hacía la pirada del avión en mi baño?

De todas las personas que podía haber esperado encontrar al otro lado de la mampara, aquella era probablemente la última de la lista.

No había podido pegar ojo en todo el vuelo por su culpa.

Durante más de seis horas había escuchado cómo le contaba a la pobre ancianita que viajaba a su lado todos y cada uno de los detalles de su ruptura.

Que si su prometido la había dejado dos semanas antes de la boda.

Que si sospechaba que le había sido infiel.

Que si los hombres eran idiotas. Que si nunca volvería a enamorarse.

También me enteré de que llevaban meses sin acostarse juntos, aunque esa era una información que jamás había pedido y que habría pagado por no conocer.

Y ahora aquella mujer estaba en mi casa.

Una pena que estuviera tan loca… porque estaba jodidamente buena.

La camiseta mojada se le pegaba al cuerpo como una segunda piel, marcando sin piedad sus curvas.

Pechos llenos y redondos, cintura estrecha y caderas generosas se adivinaban bajo los vaqueros empapados.

El pelo moreno le caía húmedo sobre los hombros, pegado al cuello y al escote, donde se le transparentaba el sujetador.

Tenía los labios gruesos entreabiertos por la sorpresa, rojos y brillantes, y unos ojos grandes y oscuros que ahora mismo me miraban con verdadera conmoción.

Por un instante, mi mente se fue completamente a la mierda imaginando cómo se verían esos labios alrededor de mi polla, o cómo se sentirían esas caderas moviéndose encima de mí.

Sacudí la cabeza mentalmente.

«Céntrate, Landon. Está loca. Muy loca».

Y entonces un pensamiento escalofriante me atravesó.

Le había robado el taxi. Vale, técnicamente no se lo había robado. Simplemente había llegado antes, pero ella no parecía el tipo de persona que apreciara los matices. Estaba pirada. ¿Y si quería venganza?

Lo que no entendía era por qué gritaba. ¿No debería hacerlo yo?

—¡Pervertido! ¡Voy a llamar a la policía! —chilló, sacando el móvil a toda velocidad.

La miré fijamente durante un segundo.

Luego cerré el grifo con toda la calma del mundo, cogí una toalla y me la anudé a la cintura.

—Perfecto. Así me ahorrarás tiempo de hacerlo yo.

—¿Perdón?

—Has entrado en mi baño mientras me estaba duchando. Creo que eso juega bastante a mi favor cuando llegue la policía.

Ella abrió la boca. La cerró. La volvió a abrir. Y, para mi inmensa satisfacción, no salió ni una sola palabra. Aunque solo duró dos segundos.

—¿Tu baño? No deberías estar aquí. Ni siquiera es tu casa. Es la casa de la familia de mi amiga.

Entrecerré los ojos mientras las piezas empezaban a encajar a toda velocidad.

Por supuesto.

Sabía perfectamente de qué amiga estaba hablando. Y lo sabía por qué esa amiga era mi hermana.

Hacía unos días, Piper, me había llamado para contarme que una de sus mejores amigas, una tal Spencer, acababa de sufrir una ruptura de compromiso bastante desastrosa.

Yo no la conocía.

Ni siquiera había visto una foto.

Pero, teniendo en cuenta que aquella mujer parecía capaz de convertir un vuelo de seis horas en una sesión grupal de terapia, empezaba a sospechar que estaba delante de ella.

—Espera un segundo —dije despacio—. ¿Tu amiga se llama Piper?

Me miró con recelo.

—¿Cómo sabes su nombre?

—Porque Piper es mi hermana.

El silencio que siguió fue tan absoluto que casi pude escuchar cómo ambos comprendíamos exactamente la magnitud del desastre.

—¿Tú eres Landon? ¿El hermano de Piper? ¿El señor importante que dirige una empresa tecnológica en Tribeca y que está tan ocupado conquistando el mundo que apenas encuentra tiempo para llamar a su propia hermana?

Arqueé una ceja.

—Y tú eres la mujer despechada a la que han plantado a dos semanas de la boda.

Sus ojos se abrieron como platos.

—¡Oye!

—¿Qué? Pensaba que estábamos describiendo las miserias del otro.

—Pues entonces hagámoslo bien. Tú eres un adicto al trabajo emocionalmente inaccesible.

—Y tú una mujer que convirtió un vuelo de seis horas en un podcast sobre su ruptura.

Sus ojos se agrandaron aún más.

—¿Estabas en mi mismo vuelo?

—Tres filas detrás de ti.

—¿Y me escuchaste? ¡Era una conversación privada!

—Créeme, fue en contra de mi voluntad. Hice todo lo posible por no escucharla.

—¡Claro!

—Incluso me puse los auriculares.

—¿Y?

—Aprendí que eres capaz de hablar más alto que la cancelación de ruido.

Puso los ojos en blanco y volvió a concentrarse en el teléfono.

—Esto es ridículo. Voy a llamar a Piper y explicarle la situación. Me dijo que podía quedarme aquí. En ningún momento mencionó que tendría que compartir casa con un desconocido.

—Espera.

Le arrebaté el móvil antes de que pudiera marcar.

—¡Eh!

—No lo hagas.

—¿Y se puede saber por qué?

—Porque nadie sabe que estoy aquí. Y preferiría que siguiera siendo así.

Frunció el ceño.

—¿Y eso por qué? ¿Te persigue la mafia?

—Peor. Mi socio. La mafia, a su lado, es un juego de niños.

Entrecerró los ojos.

—¿Y qué has hecho?

—No tienes por qué saberlo. No todos tenemos tu necesidad de compartir con el mundo nuestras desgracias personales.

La verdad era que no me apetecía lo más mínimo explicarle a aquella mujer el desastre que había provocado.

Porque sí, Henry tenía motivos para estar furioso.

Años atrás me había hecho prometer que, si algún día salía con su hermana, jamás le haría daño. Y yo había incumplido esa promesa.

No había habido infidelidades. No había habido mentiras.

Ni grandes dramas. Simplemente, un día me había dado cuenta de que ya no estaba enamorado.

El problema era que ella, sí. Y cuando una ruptura deja a una de las dos personas llorando, resulta bastante difícil defender que no eres culpable de nada.

Especialmente cuando el hermano de esa persona es tu socio, tu mejor amigo y un hombre perfectamente capaz de atravesar medio planeta para arrancarte la cabeza.

Así que había hecho lo único que se me ocurrió.

Desaparecer temporalmente.

No era mi plan más maduro.

Pero seguía siendo mejor que enfrentarme a Henry.

—No puedo ocultarle algo tan importante a Piper. No tiene por qué enterarse nadie más.

—Piper es la persona más bocazas que existe. Y más cuando se trata de Henry.

Henry era el crush «secreto» de mi hermana desde hacía años. Lo sabía yo, lo sabía ella y, probablemente, media costa este de Estados Unidos, porque Piper nunca había destacado precisamente por su discreción.

Antes de que pudiera seguir discutiendo, el móvil de Spencer empezó a sonar.

Contuve las ganas de poner los ojos en blanco al reconocer la melodía. Era una versión de I Will Survive.

Muy apropiado.

—Hola, Piper. Sí, ya he llegado.

Sus ojos se clavaron en los míos.

—¿Qué tal todo? —preguntó Piper al otro lado, lo bastante alto como para que pudiera oírla.

—Pues la verdad es que hay novedades. Y bastante... jugosas, por así decirlo.

Le lancé una mirada de pura súplica.

Ella sonrió disfrutando muchísimo.

—¿Ah, sí? ¡Cuéntamelo todo!

Vi cómo dudaba.

Literalmente podía ver el debate desarrollándose detrás de sus ojos.

Por un lado, la lealtad hacia su mejor amiga y el inmenso placer de arruinarme la vida. Por otro, la posibilidad de ayudarme y que le debiera un favor.

Gracias a Dios, ganó lo segundo.

—Pues nada, me han perdido la maleta, está cayendo el diluvio universal y un imbécil me ha robado el taxi en mis narices.

—Vaya desastre...

—Sí, pero ya sabes cómo soy. Seguro que mañana me río de todo esto.

Lo dudaba. No tenía cara de ser de las que se reían.

—Bueno, encontrarás ropa mía en el armario. Coge lo que quieras. Y si bajas a Honolulu, podrás comprar todo lo que necesites.

La conversación continuó un minuto más entre recomendaciones, indicaciones para llegar a la playa y advertencias sobre el clima impredecible de la isla.

Finalmente, Spencer colgó.

Guardó el móvil en el bolsillo y me miró con una seriedad que no presagiaba nada bueno.

—Vale. ¿Y ahora qué se supone que tenemos que hacer?

—¿A qué te refieres?

—A esto. —Hizo un gesto con la mano señalándonos a ambos.

Comprendí inmediatamente a qué se refería.

—La casa es enorme. Podemos convivir sin que sea un gran drama. Siempre que dejes de entrar en el baño cuando me estoy duchando. Y siempre que dejes de contar tu vida a voz en grito sin ningún tipo de filtro.

—Si no hay más remedio —masculló.

La dejé allí y salí del baño. Subí las escaleras hacia mi habitación preguntándome en qué momento exacto mi tranquila escapada a Hawái se había convertido en compartir casa con la mujer más escandalosa que había conocido en mi vida.

Y, lo que era peor, tenía la sensación de que aquello no había hecho más que empezar.