Un pacto tentador (Pactos arriesgados nº 1)
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1
Spencer
Estaba claro que aquel no era mi día de suerte. Ni mi semana de suerte. Ni mi mes de suerte. Ni mi año de suerte, ya puestos. Porque la racha que arrastraba desde que Elliot me dejó merecía un récord Guinness de mala suerte.
De hecho, empezaba a sospechar que alguien, en algún lugar, había decidido convertir mi vida en un experimento social para comprobar cuántas desgracias podía soportar una persona antes de perder la cabeza. Porque la colección de catástrofes que llevaba acumulada empezaba a rozar lo ridículo.
Se suponía que aquella escapada a Hawái tenía que ayudarme a sanar mi corazón herido después de que el capullo de mi prometido me dejara a dos semanas de la boda, no provocarme otro colapso nervioso.
Pero, por si el universo tenía alguna duda sobre mi estado emocional, decidió ponerme a prueba desde el mismo instante en que salí de casa.
Primero, estuve a punto de perder el avión por culpa de un atasco monumental en la autopista Van Wyck, camino del aeropuerto JFK.
Después, las turbulencias fueron tan fuertes que acabé contándole toda mi vida a la ancianita que viajaba a mi lado, incluida la historia de mi compromiso fallido, el nombre de mi ex y una lista detallada de las razones por las que sospechaba que me había estado poniendo los cuernos.
Digamos que mi miedo a volar, una pastilla para la ansiedad y varias copas de vino habían eliminado cualquier barrera entre mis pensamientos y mi boca.
Por si eso fuera poco, cuando por fin llegué al aeropuerto descubrí con horror que habían perdido mi maleta.
Y, por último, por si aquello no fuera suficientemente humillante, nada más salir de la terminal una lluvia tropical se abatió sobre mí con la furia de un Dios enfadado.
En menos de treinta segundos estaba empapada, despeinada y sin ninguna posibilidad de cambiarme, porque toda mi ropa de recambio viajaba quién sabía dónde dentro de una maleta desaparecida.
Probablemente seca, cómoda y pasándoselo mucho mejor que yo.
Según internet, Hawái disfrutaba de más de trescientos días de sol al año. Evidentemente, yo había conseguido aterrizar durante uno de los otros sesenta y cinco restantes.
Sentí un poco de inquina hacia Piper, mi mejor amiga. Había sido ella la que había insistido en que aquello era justo lo que necesitaba. Que fuera a la casa de su familia. Que Hawái era un paraíso. Que unos días rodeada de playas, sol y océano me ayudarían a olvidar al capullo de mi ex.
¡Ja! Por ahora lo único que había conseguido era estar empapada, sin equipaje y con unas ganas tremendas de demandar al universo por ensañamiento.
Busqué un taxi con intención de llegar a la casa de la familia de Piper, darme una ducha, encontrar algo decente que ponerme y salir en busca de alguna tienda donde comprar ropa. Vi uno a pocos metros y aceleré el paso hacia él. La salvación estaba al alcance de mi mano.
O eso creía.
Porque, justo cuando iba a abrir la puerta, un imbécil apareció de la nada, se me adelantó y se coló en el asiento trasero.
Era alto, moreno y escandalosamente guapo. De esos hombres que parecen salir de un anuncio de colonia y que probablemente llevan toda la vida acostumbrados a salirse con la suya.
—¡Lo siento, tengo prisa! —gritó antes de cerrar la puerta.
Y se marchó.
Así, sin más.
Dejándome bajo la lluvia, empapada hasta los huesos y mirando cómo desaparecía mi taxi como si fuera la última balsa de salvación del Titanic.
Tardé cinco minutos en encontrar otro disponible, y para entonces el agua me chorreaba por la espalda, los zapatos hacían un desagradable ruido a chapoteo cada vez que daba un paso y mi dignidad se había disuelto por completo.
Cuando por fin conseguí subir al taxi, me dejé caer en el asiento trasero y cerré los ojos convencida de que lo peor ya había pasado.
Ja, ingenua de mí.
Tardamos poco más de media hora en llegar.
La casa de la familia de Piper se alzaba sobre una pequeña colina cubierta de vegetación tropical.
Era una construcción de madera blanca con amplios ventanales, una terraza que rodeaba parte de la vivienda y un tejado de color arena que parecía fundirse con el paisaje.
Palmeras, hibiscos y buganvillas llenaban el jardín de manchas de color, y al fondo, entre los árboles, podía verse una franja de océano azul.
Era el tipo de lugar que aparecía en los folletos turísticos. El tipo de lugar que prometía paz, tranquilidad y la oportunidad de olvidar todos tus problemas.
Por primera vez desde que había salido de Nueva York, sentí que quizá Piper tenía razón.
Quizá aquella isla paradisíaca conseguiría reparar mi corazón roto.
Quizá las cosas estaban a punto de mejorar.
Saqué la llave que Piper me había dado, la introduje en la cerradura y empujé la puerta.
Me extrañó que estuviera abierta.
Piper me había asegurado que la casa estaría vacía durante mi estancia, pero estaba tan agotada y tenía tantas ganas de darme una ducha caliente que no le di demasiada importancia. Quizá Piper había avisado a algún vecino para que pasara a ventilar.
Entré arrastrando los pies mojados sobre el suelo de madera y dejé escapar un suspiro de alivio.
Por fin.
Un techo. Una ducha. Y, con un poco de suerte, el final de aquel día infernal.
De nuevo, ¡JA! Cuanta ingenuidad.
Ni siquiera perdí tiempo en recorrer la casa. Ya lo haría después. En aquel momento solo me importaba una cosa: una ducha caliente.
Seguí el pasillo fantaseando con el glorioso momento en que dejaría de sentirme como una esponja humana.
Entonces abrí la puerta del baño y el vapor me golpeó la cara.
Parpadeé.
Volví a parpadear.
Porque allí, detrás de la mampara de cristal empañada, había un hombre.
Un hombre muy alto.
Un hombre muy desnudo.
El vapor del agua caliente emborronaba los bordes de su figura, pero no lo suficiente.
Mi mirada bajó sin permiso, casi por instinto, resbalando por el pecho ancho y mojado, por los abdominales marcados, y se detuvo justo ahí.
En su polla. Gruesa, pesada, semierecta, balanceándose ligeramente mientras él se pasaba una mano por el pelo.
Era imposible no fijarse. El tamaño, la forma, el modo en que el agua corría por ella como si la estuviera acariciando…
Mi cerebro tardó un segundo de más en procesar lo que estaba haciendo.
«Mierda».
Fue entonces cuando el resto de la información llegó de golpe: era el imbécil que me había robado el taxi en el aeropuerto. El mismo que había cerrado la puerta en mis narices con una sonrisa arrogante mientras yo me quedaba bajo la lluvia.
Durante un segundo nos quedamos inmóviles.
Él me miró.
Yo lo miré.
Y entonces grité.
Porque, al parecer, aquel día todavía no había terminado de arruinarme la vida.