Capítulo 24 - Volvería a elegirte
—La condición debe mencionar a las tres familias —dijo Aelia—. No basta con hablar de los derechos de paso y de las construcciones.
Marcus dejó el cálamo sobre el borde del tintero.
—La oferta está suspendida. Si al final no vendemos esa parte, la condición carecerá de efecto.
—Y si dentro de diez días tenemos que venderla, el comprador sabrá desde ahora que no trata solo con tierras.
La claridad del amanecer había convertido las dos lámparas en luces innecesarias.
A través de la puerta abierta llegaban el roce de una escoba sobre las losas y el primer murmullo de la casa.
Llevaban toda la noche inclinados sobre cifras, plazos y propiedades.
Aelia tenía los dedos manchados de cera y los ojos cansados, pero no deseaba que aquella conversación terminara con una carta bien redactada.
Marcus volvió a leer la línea.
—Podría interpretar que estamos imponiendo condiciones nuevas para ganar tiempo.
—Eso es exactamente lo que hacemos.
Él levantó la vista. Durante un instante, el cansancio le quitó parte de la severidad al rostro.
—Tienes una manera poco tranquilizadora de describir una negociación.
—Y tú una forma demasiado tranquilizadora de ocultar un riesgo.
Marcus rozó con el pulgar una pequeña mancha de tinta y añadió la referencia a los acuerdos de las familias. Cuando terminó, giró la hoja hacia Aelia. Ella leyó la carta completa, corrigió una repetición y se la devolvió.
—Ahora sí.
Él no tomó el sello.
Los documentos seguían divididos en dos grupos, al alcance de ambos. Una noche atrás, Aelia habría interpretado aquel silencio, habría escogido la explicación menos dolorosa y la habría guardado como si bastara. Ya no quería construir su matrimonio con respuestas que Marcus no había dado.
—Queda otra cosa —dijo.
—Lo sé.
La respuesta llegó tan pronto que Aelia se quedó quieta.
Marcus empujó la carta hacia un lado y se sentó frente a ella, sin la mesa entre ambos.
Había hecho lo mismo con el asiento unas horas antes; ahora la proximidad tenía otro peso.
Aelia podía distinguir la línea más clara que el polvo de cera había dejado en la manga de su túnica.
—Cuando Lucius propuso el matrimonio —comenzó él—, pensé que podía ofrecerte seguridad, respeto y el cumplimiento exacto de cuanto acordáramos. Me pareció suficiente.
—A mí también.
—No lo es.
Marcus apoyó los antebrazos sobre las rodillas. No había preparado un discurso. Aelia lo reconoció en las pausas, en la forma en que buscaba términos capaces de soportar lo que quería decir.
—Espero tu opinión incluso cuando sé que vas a discutir la mía.
Cuando no estás, noto qué habitaciones permanecen en silencio.
He empezado a pensar en esta casa según el lugar que ocupas en ella, y en la finca según lo que preguntarías al verla.
Durante tres días compartimos la mesa, las cuentas y las obligaciones.
Todo era correcto. También era insoportable.
La palabra, dicha con su sobriedad habitual, alcanzó a Aelia con más fuerza que cualquier promesa brillante.
—Podrías habérmelo dicho.
—Podría haber hecho muchas cosas de otra manera.
—Eso no responde.
—No. —Marcus sostuvo su mirada—. Tenía miedo de que quisieras marcharte si te contaba toda la verdad.
Aelia había supuesto orgullo, vergüenza y el deseo de cargar solo con los errores de Gaius.
No había considerado el miedo con aquella forma concreta: la posibilidad de perderla.
Marcus había elegido mal por una razón que no reparaba el daño, pero al menos dejaba de esconderla bajo palabras como obligación o prudencia.
—Querer protegerme no te permite decidir por mí —dijo.
—No.
—Ni siquiera si temes mi respuesta.
—Tampoco.
—Volveremos a discutir.
Una leve sombra de humor cruzó sus ojos gris verdosos.
—Eso parece seguro.
—Y quizá vuelvas a intentar resolver algo antes de preguntarme.
Marcus miró los documentos extendidos.
—No voy a prometerte que acertaré siempre. Te prometo que la próxima vez preguntaré antes de convertir mi miedo en una decisión para los dos.
Era una promesa limitada, como las que él acostumbraba a hacer. Precisamente por eso Aelia creyó en ella.
—Yo tampoco volveré a callar hasta que mi silencio resulte cómodo para todos —dijo—. Aunque lo que quiera te decepcione.
—Preferiré oírlo.
—No siempre.
—Probablemente no.
Aelia acercó las manos a las de él, sin tocarlas todavía.
Había formulado aquella pregunta muchas veces durante los últimos días y, cada vez, la respuesta posible había cambiado.
Ya no preguntaba si Marcus cumpliría el pacto, ni si la trataría con respeto, ni si sería capaz de compartir una cuenta.
Preguntaba por la elección que quedaba cuando la necesidad dejaba de servirles de excusa.
—Si mañana desaparecieran la deuda, la reparación y todo cuanto convirtió nuestro matrimonio en una solución conveniente, ¿volverías a casarte conmigo?
Marcus no apartó la vista.
—Sí.
No pidió tiempo. No añadió una condición. Aelia sintió que el cansancio de la noche se concentraba de pronto en la garganta.
—¿Sabiendo cómo discuto tus cuentas?
—Especialmente sabiéndolo.
—¿Y que puedo comprometer dieciocho mil sestercios en una solución que consideras demasiado arriesgada?
—Preferiría que no lo hicieras. Volvería a elegirte de todos modos.
Marcus volvió las manos y enlazó sus dedos con los de ella.
—¿Y tú? —preguntó—. Si tu familia no necesitara una alianza conveniente y la mía no necesitara tiempo, ¿volverías a elegirme?
Aelia pensó en la primera reunión, en las condiciones pronunciadas con cuidado, en la boda y en la casa desconocida que había aprendido a recorrer.
Pensó también en la oferta escondida, en la mesa vacía de los últimos días y en aquel cofre abierto.
Conocía ahora el orgullo de Marcus y la forma en que su sentido de la responsabilidad podía convertirse en una puerta cerrada.
Él conocía su prudencia, sus silencios y la obstinación que aparecía cuando por fin decidía hablar.
—Sí —respondió—. Volvería a elegirte.
Los dedos de Marcus se cerraron en torno a los suyos.
—Te quiero, Aelia.
Ella había esperado aquellas palabras y, aun así, le sorprendió que sonaran tan sencillas. No explicaban las seis semanas anteriores ni corregían por sí solas lo ocurrido. Daban nombre a algo que ambos habían sostenido con gestos, deseo, trabajo y demasiada cautela.
—Yo también te quiero.
Decirlo no la dejó desarmada, como había temido durante los días de distancia. Al contrario: ordenó cuanto hasta entonces había intentado demostrar sin nombrarlo. Aelia acarició con el pulgar los nudillos de Marcus.
—Lo supe antes de encontrar la oferta —dijo—. Por eso dolió de esa manera. Si solo hubiéramos sido dos personas cumpliendo un acuerdo, habría bastado con recordarte las condiciones.
—¿Cuándo?
La pregunta tenía la precisión con la que él habría solicitado la fecha de una cuenta. Aelia estuvo a punto de reír.
—No puedo darte un día.
—Resulta poco propio de ti.
—Quizá en la finca. O cuando volviste a dejar una lámpara encendida porque sabías que yo seguiría leyendo. Tal vez cuando empezaste a pedirme opinión sobre asuntos que ya habías resuelto y fingías no haberlo hecho.
—Nunca he fingido bien.
—Lo suficiente para que tardara en descubrirlo.
Marcus levantó la mano de Aelia y rozó sus dedos con los labios.
—Yo tampoco puedo darte un día —admitió—. Sí puedo decirte cuándo dejé de pensar que esta casa seguiría siendo la misma si te marchabas. Fue antes de la venta. Por eso intenté resolverla deprisa.
—Y casi conseguiste exactamente lo que temías.
—Sí.
No buscó defenderse. Aelia agradeció que el amor no se convirtiera en una justificación más.
—No quiero ocupar tu casa hasta que tus problemas terminen —dijo—. Quiero que sea nuestra mientras existan. También cuando no sepamos resolverlos.
—Quiero lo mismo.
—Entonces tendrás que acostumbrarte a que algunas de mis decisiones te parezcan equivocadas.
—Ya he empezado.
—Y yo a que algunas de las tuyas lo sean de verdad.
Esta vez Marcus sí sonrió. La expresión le cambió el rostro con una familiaridad que Aelia había echado de menos más de lo que deseaba admitir.
Marcus se inclinó, pero se detuvo antes de besarla. La pregunta estaba en la pausa. Aelia respondió acortando la distancia.
El beso conservó el cansancio y la aspereza de la conversación.
No pretendía borrar nada. Marcus le sostuvo el rostro con una mano; la otra permaneció entrelazada con la suya sobre la tela de su vestido.
Aelia recordó los tres días en que habían evitado tocarse y lo acercó por la nuca hasta que aquella reserva dejó de tener sentido.
Cuando se separaron, Marcus apoyó la frente contra la de ella.
—Deberíamos dormir.
—En eso sí estoy de acuerdo.
—Me preocupa la facilidad con la que empiezas a concederme victorias.
Aelia sonrió y se puso en pie. Marcus cerró las lámparas antes de acompañarla por la casa, ya despierta. Al llegar a su habitación, él volvió a esperar. Ella abrió la puerta y tiró suavemente de su mano.
Aquella mañana no hubo obligaciones separadas ni una cortesía dictada por el acuerdo. Solo dos personas cansadas que habían vuelto a elegirse después de conocer el coste.
Cinco días más tarde, la domus Valeria recibía la luz de una tarde limpia.
Las lluvias habían cedido y el agua descendía tranquila por los canalones del atrium.
Aelia ocupaba un asiento junto a Marcus en el tablinum de su padre.
La disposición habría resultado insignificante para cualquier visitante; para ella, resumía una diferencia.
No estaba detrás de Lucius ni aguardaba en una estancia próxima.
Delante de ella descansaban las copias de los acuerdos que afectaban a ambas casas.