Un pacto en Roma (Bajo el águila de Roma nº 1) Capítulo 24 - Volvería a elegirte #2
100%

Capítulo 24 - Volvería a elegirte #2

El comprador de la vivienda de la Porta Capena había mantenido su interés.

Tras conocer la condición de Cornelia, redujo su oferta a cuarenta y un mil sestercios.

Marcus la había aceptado esa mañana. La venta de varias piezas de plata aportaría los tres mil restantes; las rentas de Aelia y la colaboración logística cubrirían la diferencia prevista.

El pago llegaría antes del vencimiento de la obligación.

La propiedad occidental continuaba en manos de los Fabii.

La casa menor dejaría de pertenecerles en cuanto el jurista completara las fórmulas y el comprador entregara la cantidad pactada.

Nada de aquello les devolvía la abundancia ni garantizaba que el muro resistiera sin nuevos gastos.

Sin embargo, la urgencia tenía una salida y ninguno había fingido que resultaba gratuita.

Titus terminó de leer la cláusula relativa a las rentas de Aelia.

—La restitución está suficientemente protegida —dijo—. Gnaeus Cornelius propone que la finca devuelva primero los gastos de los almacenes y, después, esta cantidad en plazos iguales.

Lucius miró a Marcus.

—¿La casa Fabius acepta ese orden?

—Sí. Nos permite mantener los pagos ordinarios mientras termina la obra.

El padre de Aelia pasó el pulgar por el canto de la tablilla. Sus facciones no mostraban aprobación, pero tampoco aquella impaciencia con la que solía anticiparse a una respuesta que consideraba evidente.

—¿Y tú, Aelia? —preguntó—. ¿Aceptas que tus rentas queden detrás de los gastos de transporte?

Durante un instante nadie habló. Aelia Tertulla, sentada al otro lado del tablinum, bajó los ojos hacia sus manos. El gesto apenas ocultó una satisfacción discreta.

—Sí —respondió Aelia—. Si la finca pagara antes mis dieciocho mil, podría quedarse sin recursos para devolver los servicios de los almacenes. Prefiero este orden.

—Aumenta el tiempo durante el que tu dinero permanecerá comprometido —señaló Lucius.

—Lo sé.

Lucius volvió a leer la cláusula.

—Entonces que quede así.

No había renunciado a advertirla. Tampoco había decidido en su lugar.

El cambio era pequeño y conservaba intacta su manera de entender el mundo: prever, proteger, reducir riesgos.

Aelia no necesitaba que se convirtiera en otro hombre para reconocer que había dejado un espacio donde antes solo había una solución.

Titus abrió el siguiente rollo.

—Marcus Tullius Felix confirma que el almacén de Ostia puede aplazar seis mil sestercios hasta la fecha acordada. Prisca ha revisado las rutas y asegura que los carros destinados al Lacio no perjudicarán los envíos del puerto.

—Mi sobrina asegura muchas cosas —dijo Lucius—. Por suerte, suele comprobarlas antes.

Aelia Tertulla sonrió.

—Se parece a alguien de esta casa.

Lucius no preguntó a quién. Marcus ocultó una sonrisa inclinándose hacia el documento. La ligereza duró poco, pero bastó para devolver al tablinum parte de su antigua familiaridad.

El rollo procedente de Ostia incluía una relación de rutas, espacios disponibles y gastos aplazados.

Aelia siguió las columnas mientras Titus explicaba qué copia conservaría cada casa.

Cerca del final, una nota breve remitía a un libro de cuentas anterior guardado aparte.

La numeración saltaba del registro decimoctavo al vigésimo.

Recordó los preparativos de la boda: la rapidez con la que Lucius había rechazado consultar documentos antiguos y la mirada de reconocimiento de su madre.

Volvió a leer la nota. No identificaba ninguna operación, ninguna cantidad ni el motivo por el que faltaba aquel libro.

Marcus Tullius Felix había utilizado la referencia para justificar un dato menor de almacenamiento.

Preguntar en ese momento habría desviado una reunión que ya había cumplido su propósito.

Aelia dejó el rollo junto a las demás copias. Conservó la anomalía en la memoria. Los silencios podían nacer del afecto, del orgullo, del miedo o de una decisión tomada años atrás; ya no los confundiría con respuestas. Aquel, sin embargo, tendría que esperar.

Lucius llamó a un escriba para que preparara las copias definitivas. Después miró otra vez a Marcus y a Aelia.

—Cuando estén listas, las revisaréis ambos antes de sellarlas.

No era una pregunta. Esta vez, Aelia no necesitó convertirla en una.

—Así lo haremos —dijo Marcus.

Lucius recogió las dos tablillas que ya no necesitaban correcciones y se las entregó al escriba.

—Si la venta menor se retrasa, quiero saberlo antes de que aceptéis una oferta peor por las tierras.

Marcus miró a Aelia. No cedía la respuesta; la compartía.

—Lo sabrás si decidimos pedir tu ayuda —dijo ella.

La boca de Lucius se endureció apenas. Aelia reconoció el impulso de discutir y también el instante en que eligió contenerlo.

—Entonces procuraré que la ayuda siga disponible —respondió.

No era una rendición. Era el comienzo de una relación en la que Lucius tendría que preguntar y Aelia tendría que responder sin esconderse. Para aquel día bastaba.

Lucius asintió. Aelia Tertulla se levantó y pasó junto a su hija camino del atrium. Sus dedos rozaron brevemente el hombro de Aelia, en el mismo lugar donde Cornelia la había tocado al terminar la larga noche de las cuentas.

Al regresar a la casa Fabius, Aelia encontró a Philemon en la estancia de los registros. Dos esclavos esperaban junto a una mesa estrecha, y varios rollos descansaban dentro de cestas para evitar que tocaran el suelo.

—El señor ha ordenado trasladar los documentos de uso diario a la habitación del lado oriental —explicó el liberto—. La luz es mejor y hay espacio para otra mesa.

Aelia miró a Marcus.

—¿Lo has ordenado?

—He ordenado que esperaran hasta que regresaras.

Philemon observó las cestas.

—Seguirán esperando con gran eficacia mientras decidís.

Salió con los dos hombres y cerró la puerta.

Aelia recorrió la estancia. Durante semanas, aquel lugar había pertenecido a Marcus: sus cuentas, sus sellos, su silencio.

Ahora seguía siendo el espacio más seco y seguro de la casa.

La habitación oriental recibía más sol, pero una de sus paredes mostraba una mancha de humedad después de la lluvia.

—Los documentos antiguos deben quedarse aquí —dijo ella.

—Eso propuse a Philemon. Los de uso diario pueden ir a la otra habitación.

—No junto a la pared exterior.

—Allí cabe el estante.

—Y allí volverá la humedad cuando llueva.

Marcus señaló el lado opuesto.

—Si colocamos el estante en ese muro, tapará parte de la ventana.

—Solo si conservas la mesa grande en el centro.

—La mesa grande es útil.

—Ocupa el espacio de tres personas y casi siempre trabajas solo.

Él la miró con una paciencia demasiado deliberada.

—Hasta ahora.

Aelia entró en la habitación oriental. Una franja de sol alcanzaba las losas. Desde allí podía verse una parte del peristilo y el paño azul del comedor, reparado de nuevo por orden de Cornelia.

—El estante irá en el muro interior —dijo—. La mesa grande puede quedarse aquí, cerca de la puerta. Tendremos luz sin exponer los rollos. La mesa pequeña permanecerá en la otra estancia para los sellos y los documentos antiguos.

—Habrá que llevar las cuentas de una habitación a otra.

—A seis pasos de distancia.

—Ocho.

—Podrás soportarlo.

Marcus midió el espacio con la vista.

—El banco no cabrá si colocamos la mesa donde dices.

—No necesitamos el banco.

—Philemon lo utiliza.

—Philemon prefiere estar de pie cuando cree que vamos a cambiarle un sistema.

—Eso explica su gran eficacia al marcharse.

Aelia esperó. Marcus volvió a observar la pared, la ventana y la mesa. Después arrastró una de las cestas hasta el lugar que ella había señalado.

—El estante interior —concedió—. La mesa junto a la puerta. Conservamos el banco hasta comprobar que estorba.

—Durante tres días.

—Siete.

—Cinco.

—De acuerdo.

La decisión estaba tomada. Marcus podía volver con Philemon y Aelia debía hablar con Cornelia sobre la plata. Ninguno se movió.

Marcus se apoyó en el marco de la ventana.

—Has conseguido que una habitación cambie por completo en menos tiempo del que necesitaste para corregir mi carta.

—La habitación no discutía.

—Yo tampoco discutía. Exponía objeciones.

—Entonces el estante acaba de aceptar las mías con mayor elegancia.

Marcus sonrió. Aelia se acercó y le rodeó el cuello.

—Queda una cuestión —dijo él.

—¿Cuál?

—Quién guarda la llave de esta estancia.

Aelia sacó del cinturón la llave que Philemon le había entregado y la sostuvo entre ambos.

—Hay dos.

Marcus miró el metal, después a ella.

—Entonces esa parte ya estaba resuelta.

—Solo faltaba que lo recordáramos.

Aelia lo besó antes de que planteara otra objeción. Afuera, Philemon ordenó dejar las cestas donde estaban. La casa continuó con sus tareas y sus pequeñas decisiones. Marcus la sostuvo por la cintura y respondió sin prisa.

El pacto había terminado mucho antes. Ellos eligieron quedarse.