Capítulo 23 - Todo el problema #3
Durante unos instantes, Cornelia no se sentó. Marcus empezó por la obligación de Gaius. Dio las cifras completas, describió la oferta por la parte occidental y explicó la alternativa. No ocultó el uso previsto de las rentas de Aelia ni el riesgo de perder una oportunidad mejor.
Al oír el nombre de la casa de la Porta Capena, Cornelia cerró los dedos sobre el borde de su capa.
—Tu padre la compró el año en que nació Fabia.
—Lo sé.
—Decía que las rentas pagarían su dote.
—La dote se pagó —dijo Marcus—. Ahora la cubierta exige dinero y el edificio produce poco.
Cornelia miró a Aelia.
—¿Y para conservar las tierras utilizaréis lo que te corresponde?
—Una parte de sus rentas, con límites y devolución —contestó Marcus.
Aelia intervino antes de que él continuara.
—Si yo lo elijo y si el acuerdo me protege. Todavía tenemos que comprobarlo.
Cornelia volvió hacia su hijo.
—¿Se lo has contado todo?
Marcus tardó un instante.
—Sí.
—¿También cuánto queda si la obra cuesta más?
—También.
Cornelia se sentó al fin. Pasó una mano por la tablilla que conservaba el sello de Gaius, sin abrirla.
—Tu padre solía mostrarme las cuentas cuando ya había elegido la salida —dijo—. Pensaba que así me ahorraba la preocupación.
Marcus permaneció de pie.
—No quería que cargaras con sus errores.
—Lo sé. Él decía lo mismo.
Aelia no miró a Marcus. Observó la mano de Cornelia detenida sobre el sello y comprendió que aquella protección llevaba años recorriendo la casa, pasando de un hombre a otro como una obligación más de la herencia.
—¿Quieres conservar esa casa? —preguntó Aelia.
Cornelia levantó la vista. La respuesta inmediata no llegó.
—Quiero conservar lo que fuimos —dijo al fin—. Pero llevo demasiado tiempo viendo a Marcus intentar mantenerlo todo para fingir que cada pared vale lo que cuesta. Si hay que vender, prefiero perder una casa vacía antes que las tierras que sostienen a esta.
—No está vacía —señaló Philemon—. Vive allí el arrendatario con su esposa.
—Entonces la condición será que puedan permanecer hasta que termine el acuerdo vigente —dijo Cornelia—. El nuevo dueño podrá decidir después, pero no los echaremos para vender más deprisa.
Marcus tomó la tablilla limpia y anotó la condición.
—Eso puede reducir el precio.
—Lo reducirá —respondió Cornelia—. Inclúyelo en las cuentas.
Aelia vio aparecer en el rostro de Marcus una resistencia conocida. Esta vez no tachó la frase de su madre ni explicó qué convenía proteger. Escribió una cifra menor al lado de los cuarenta y cuatro mil y rehízo el cálculo.
—Con ese margen pueden faltar entre tres y cinco mil —dijo.
—Vendemos la plata que queda —propuso Cornelia.
—Querías conservarla para Fabia.
—Mi hija tiene una casa y una dote. No necesita que su hermano conserve una bandeja mientras vende tierras.
Philemon añadió el valor estimado de las piezas. La cuenta volvió a cerrarse, aunque con una reserva mínima.
Marcus repasó cada línea. Después acercó a Aelia la tablilla donde habían reunido la alternativa.
—Léela.
Ella lo hizo en voz alta. Cornelia corrigió el número de piezas de plata.
Philemon señaló que la respuesta al posible comprador de la casa debía salir al abrirse las puertas de la ciudad.
Aelia añadió que Titus no recibiría una petición de dinero, sino una propuesta escrita sobre las rentas reservadas y los servicios de transporte.
—La oferta principal queda suspendida durante diez días —concluyó Marcus—. Si la otra venta no avanza o las cifras empeoran, volveremos a abrirla.
Miró a Aelia antes de escribir la frase siguiente.
—Y no responderé sin que revisemos juntos las condiciones.
La decisión podía costarles la mejor salida disponible. Podían perder la casa menor, parte de la plata, dieciocho mil sestercios de las rentas de Aelia y, pese a todo, terminar vendiendo la parte valiosa de la finca. Conocía ahora cada riesgo. También sabía que no lo soportaría desde fuera.
—De acuerdo —dijo.
Marcus selló la instrucción para Philemon, pero dejó sin cerrar la carta destinada al comprador de la propiedad principal. Puso el sello de los Fabii junto a la mano de Aelia.
—Escribiré la respuesta —dijo.
—La leeremos antes de que la selles.
Marcus sostuvo su mirada.
—La leeremos.
Cornelia pidió a Philemon que la acompañara de regreso a su habitación. Al pasar junto a Aelia, apoyó una mano breve sobre su hombro. No pronunció ninguna gratitud. El gesto bastó.
La primera claridad se filtraba ya por el atrium. Marcus recogió los documentos uno a uno, pero no los devolvió al cofre. Los ordenó en dos grupos en el centro de la mesa, al alcance de ambos. Después acercó otro asiento al de Aelia y desenrolló una hoja limpia.
Quedaba por resolver lo que ninguna cifra podía medir. Aelia lo sabía. El silencio de Marcus y la forma en que había acercado el asiento no revelaban qué respuesta podía darle. Aquella conversación tendría que continuar.
Por el momento, él mojó el cálamo y escribió la primera línea. Cuando terminó, giró la hoja hacia ella antes de seguir.
Aelia leyó. Señaló una condición que quería cambiar.
Marcus preguntó por qué.
Ella se lo explicó.
Él no estuvo de acuerdo.
Y ninguno de los dos apartó el documento.