Capítulo 23 - Todo el problema #2
Durante la hora siguiente revisaron cada salida.
La plata que quedaba podía venderse, aunque su valor no cubría más que una parte pequeña y Cornelia ya había permitido desprenderse de varias piezas.
Aplazar la segunda fase de la reparación aumentaba el riesgo de perder el edificio durante la cosecha.
Aceptar la prórroga de los herederos cambiaba una urgencia por una garantía demasiado amplia.
Exigir por adelantado rentas futuras a las familias de la finca trasladaba la falta de dinero a quienes menos podían soportarla.
Aelia tachó esa posibilidad antes de que Marcus terminara de explicar por qué la había rechazado también.
La ayuda de Lucius cubría todas las cifras, pero concedía a los agentes Valerii autoridad sobre ingresos Fabius durante un periodo sin fecha. Marcus guardó silencio. Aelia escribió al lado: control ajeno.
—Quedan mis recursos —dijo.
Marcus dejó el pan que apenas había probado.
—No.
—Prometiste enseñarme todas las alternativas.
—Esta no es necesaria si vendemos.
—Eso no la elimina.
Él abrió el acuerdo matrimonial que descansaba en el fondo del cofre. Aelia reconoció las correcciones discutidas antes de la boda, las cláusulas que limitaban la intervención de Lucius y las rentas reservadas para su seguridad y sus gastos.
—Podrías disponer de una parte de los ingresos que te corresponden —dijo Marcus—. El principal y las garantías de restitución no se tocarían. Habría que dejar por escrito la cantidad, su uso y la forma de devolverla. Titus tendría que comprobarlo con el jurista que preparó el acuerdo.
—¿Cuánto sin comprometer mi seguridad?
—Dieciocho mil.
—Entonces no faltan veinticuatro mil. Faltan seis.
—No aceptaré que entregues dieciocho mil para conservar una propiedad que no es tuya.
—No los entregaría. Los prestaría a la casa y quedarían registrados. Y la propiedad puede no ser mía, pero sus decisiones forman parte de mi vida.
Marcus cerró el acuerdo con cuidado.
—Si la casa de la Porta Capena se vende por menos, si la obra supera el margen o si las rentas se retrasan, tus dieciocho mil no bastarán.
—Entonces volveremos a decidir.
—Podrías perderlos.
—Sí.
La respuesta pareció irritarlo más que una discusión. Marcus dio un paso hacia el extremo de la mesa y volvió.
—Hablas como si aceptar el riesgo lo hiciera razonable.
—Hablo como alguien que conoce el riesgo porque acabas de explicárselo. Eso es lo que te pedía.
Philemon fingió concentrarse en una cuenta. Aelia se sirvió agua y bebió antes de continuar.
—Los carros y el almacén de los Valerii aplazan gastos de transporte y depósito —dijo—. ¿Cuánto?
El liberto respondió esta vez sin mirar a Marcus.
—Cerca de seis mil hasta que termine la obra, si las rutas se mantienen.
—La finca tendrá que devolverlos.
—Sí, señora. Pero no antes del vencimiento.
Aelia escribió la última cifra.
La combinación encajaba sin dejar holgura: venta de la casa menor, uso temporal y documentado de parte de sus rentas, y colaboración logística de los Valerii con devolución posterior.
Permitía conservar la zona productiva de la finca y atender la obligación.
También dependía de que el antiguo comprador siguiera interesado, de que Hilarus no encontrara daños mayores y de que las siguientes rentas llegaran a tiempo.
—Es más arriesgado que aceptar la oferta —dijo Marcus.
—Sí.
—Y perderemos la casa de la Porta Capena.
—Sí.
—No garantiza que conservemos la otra parte dentro de un año.
—No.
Marcus apoyó la punta del punzón sobre la cifra final sin escribir.
—¿Y aun así elegirías esto?
Aelia observó el registro de las rentas, la obligación de Gaius y la oferta abierta.
Por primera vez podía medir lo que aceptaba.
La solución de Marcus era más segura para el presente y más costosa para el futuro.
La suya protegía la parte principal, pero dejaba a la casa expuesta a cualquier nuevo contratiempo.
—Elegiría intentarlo con un límite —dijo—.
Pedimos diez días para detener la venta principal, no para rechazarla definitivamente.
Philemon comprobará mañana si se mantiene la oferta por la casa menor.
Titus preparará el uso de mis rentas sin tocar el principal ni permitir que Lucius administre las tuyas.
Los transportes seguirán registrados como un servicio que la finca devolverá.
Si falta dinero después de eso, revisaremos otra vez la venta. Los dos.
—Diez días pueden hacer que retiren la oferta.
—Lo sé.
—Y si la retiran, la siguiente podría ser peor.
—También lo sé.
Marcus dejó el punzón.
—Entonces debemos hablar con mi madre antes de vender la casa.
No había dicho que aceptara. Sin embargo, había utilizado la primera persona del plural.
La noche estaba próxima a terminar. Un esclavo cruzó el patio con un brasero y el olor a carbón llegó hasta la estancia. Philemon fue a buscar a Cornelia. Marcus ordenó que deshicieran el equipaje y que el mensajero comunicara a Hilarus el retraso de la visita. No iría a la finca al amanecer.
Cornelia entró con una capa sobre la túnica y el cabello recogido sin adornos. Miró el cofre abierto, las cuentas extendidas y a Aelia sentada junto a Marcus.
—Supongo que nadie me ha despertado para decirme que todo está resuelto.
—No —respondió Marcus—. Queremos explicarte lo que hemos decidido considerar.