Un pacto en Roma (Bajo el águila de Roma nº 1) Capítulo 23 - Todo el problema
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Capítulo 23 - Todo el problema

—Todo.

Marcus mantuvo la vista sobre ella. Detrás de él, la lámpara proyectaba la sombra de su cuerpo sobre los estantes. Las tablillas abiertas ocupaban apenas una esquina de la mesa; Aelia comprendió que, pese a su desafío, seguía viendo solo la parte que él había elegido dejar allí.

—No cabe en una respuesta breve —dijo.

—No te he pedido brevedad.

Marcus miró hacia el rollo sujeto con pesas.

—Parto antes del amanecer.

—Entonces tendrás que retrasar la salida.

Ella había pronunciado la frase sin elevar la voz, pero el antiguo impulso de justificarla acudió enseguida. Podía hablar de la hora, del cansancio o de la conveniencia de esperar a que regresara de la finca. No añadió nada. Marcus conocía la razón.

—¿Quieres que suspenda la venta? —preguntó él.

—Quiero que dejes de escoger mi respuesta antes de escucharla.

—La escuché cuando revisamos las primeras cuentas. Estabas dispuesta a utilizar recursos de los Valerii.

—Estaba dispuesta a considerar esa posibilidad. También habría considerado la venta si me hubieras enseñado la oferta.

Marcus apoyó las manos en el borde de la mesa.

—La parte que pretenden comprar produce una renta segura. El precio es inferior al que pedí. No hay una razón para que tú prefieras esa salida.

—No sabes qué preferiría después de conocer todas las alternativas.

—Sé que no permitirías una pérdida semejante mientras tuvieras medios para evitarla.

—Eso no es conocerme. Es sustituirme.

La palabra lo hizo enderezarse. Aelia no intentó suavizarla.

—No te exijo que conserves cada palmo de la propiedad —continuó—.

Tampoco que gastes mi dinero ni que aceptes la solución de mi padre.

Ni siquiera te pido que adoptes la que yo propuse.

Quiero conocer la obligación, la obra, las rentas, la oferta, lo que perdemos con cada opción y lo que puede ocurrir si nos equivocamos.

—La obligación la asumió mi padre.

—Y tú puedes sentirte responsable de pagarla. No puedes fingir que la forma de hacerlo solo te afecta a ti.

—La propiedad pertenecía a los Fabii antes de nuestro matrimonio.

—La casa también. Sin embargo, me has pedido que decida sobre sus gastos, que hable con Hilarus y que ocupe un lugar en ella.

Si vendes una parte que sostiene sus rentas, viviré con esa pérdida.

Si utilizas todo lo disponible para pagar a los herederos del acreedor, viviré con esa escasez.

Si aceptamos ayuda de mi familia, viviré con sus condiciones.

No existe una decisión que puedas tomar solo y cuyas consecuencias no crucen la puerta de mi habitación.

Marcus bajó la vista hacia las tablillas. La llama tembló al otro lado de la mesa, movida por una corriente que entraba bajo la puerta.

—No quería que tuvieras que pagar por lo que hizo mi padre.

—Y Lucius no quiere que yo pague por lo que haces tú. Esta tarde estaba dispuesto a detener la venta y a administrar parte de tus rentas para protegerme. Le he impedido actuar.

Marcus alzó la cabeza.

—Podrías haber aceptado.

—Sí.

—Habría conservado la propiedad.

—Y habría decidido por ti. No voy a pedirte que renuncies al control mientras entrego el nuestro a mi padre.

La distancia entre ambos seguía ocupada por la mesa, los documentos y tres días de palabras medidas. Aelia apoyó los dedos sobre la madera. Deseaba acercarse, pero no quería que el contacto convirtiera aquella conversación en una reconciliación antes de que existiera un cambio real.

—Podría cumplir el acuerdo con el que nos casamos —dijo—. Podría ocuparme de la casa, respetar tus obligaciones y mantener separados nuestros asuntos. Seríamos correctos. Nadie tendría motivos para censurarnos.

Marcus no se movió.

—Pero ya no quiero ese matrimonio.

El silencio le permitió oír el agua del patio y los pasos de alguien que apagaba las lámparas de las estancias próximas.

Aelia sostuvo la mirada de Marcus. No pronunció la palabra que había reconocido en el jardín de Marcella.

Aquel no era el momento de ofrecerle su amor para obtener acceso a unas cuentas.

Había dicho algo que también la dejaba expuesta: deseaba una vida con él que el pacto inicial no podía contener.

Marcus apartó las manos de la mesa.

—Espera aquí.

Salió antes de que Aelia pudiera preguntarle adónde iba.

La puerta quedó abierta. Ella observó las tablillas que él no había recogido.

Podía leerlas sin impedimento: una contenía la relación de materiales enviados a la finca; otra, los gastos ordinarios de la casa; la tercera registraba rentas atrasadas.

No tocó ninguna. Había exigido que Marcus compartiera el problema, no que su ausencia se convirtiera en permiso.

Oyó voces en el corredor. Marcus regresó con Philemon.

Entre ambos llevaban un cofre bajo de madera oscura. El liberto lo depositó sobre un banco y abrió dos cierres de bronce. Dentro había rollos, tablillas atadas por pares y pequeñas etiquetas de madera.

—Falta la estimación más reciente de Hilarus —dijo Philemon—. Sigue con el mensajero que debía salir al amanecer.

—Que no salga hasta que la añadamos —respondió Marcus.

El liberto miró a Aelia. No pareció sorprendido de encontrarla allí, aunque sus ojos se detuvieron un instante en la puerta abierta.

—¿Preparo otra lámpara?

—Dos —dijo ella—. Y algo de comer, si queda.

Marcus no discutió la orden.

Philemon colocó el cofre junto a la mesa antes de retirarse.

Marcus sacó el primer rollo, rompió el cordel que lo mantenía cerrado y lo extendió hasta ocupar casi toda la superficie.

Después añadió una tablilla con el sello de su padre, dos cuentas de la finca y la oferta que había dejado boca abajo la noche de la visita de los Valerii.

No había escogido un documento capaz de tranquilizarla. Había traído el cofre.

—Empieza por la obligación —dijo Aelia.

Marcus señaló la tablilla sellada.

—Mi padre recibió setenta y dos mil sestercios. Necesitaba cubrir gastos de la finca después de dos cosechas peores de lo previsto y atender compromisos que había aplazado. La devolución vence dentro de pocos días.

—¿Intereses?

—Están incluidos en esa cantidad. Pagó una parte mientras vivía. Esto es lo que queda.

—¿Por qué no puede ampliarse el plazo?

—El hombre que le prestó el dinero murió. Sus herederos aceptarían una prórroga si garantizo la deuda con una parte productiva de la propiedad. No quiero convertir un pago limitado en un derecho sobre las rentas durante años.

Aelia recorrió las líneas de la tablilla. La escritura de Gaius Fabius era más ancha que la de su hijo. Junto a la cifra final, otra mano había registrado los pagos parciales.

—¿Philemon ha comprobado el cálculo?

—Dos veces. Yo también.

—Quiero verlo después.

Marcus asintió y acercó otra cuenta.

—La reparación necesita dieciocho mil sestercios más si Hilarus puede recuperar todos los materiales que ha señalado. Si el muro cede al desmontar la parte alta, serán más.

—¿Cuánto más?

—No lo sabe. Ha reservado un margen de cinco mil en la estimación anterior.

—Entonces inclúyelo.

Marcus tomó el punzón y añadió la cantidad en la cera de una tablilla limpia.

—Quince mil deben permanecer disponibles para pagar a los trabajadores, mantener la casa y no detener las labores de la finca mientras llegan las siguientes rentas —continuó—. En total, necesitamos disponer de ciento diez mil.

—¿Cuánto hay?

Él colocó ante ella dos registros.

—Cuarenta y dos mil que puedo utilizar sin dejar ninguna obligación ordinaria sin atender.

Aelia hizo la resta sobre la cera.

—Faltan sesenta y ocho mil.

—Sí.

Marcus abrió la oferta. El nombre del comprador pertenecía a una familia que Aelia conocía de actos públicos, aunque nunca había hablado con ninguno de sus miembros.

La descripción delimitaba una zona de la finca situada al oeste del camino, con sus construcciones y derechos de paso. Aelia leyó despacio.

—Ofrecen ciento treinta y ocho mil.

—Pedí ciento sesenta mil cuando consulté la posibilidad de vender.

—¿Qué rentas produce?

—Algo más de doce mil en un año normal.

La venta proporcionaba mucho más de lo necesario para el vencimiento inmediato.

También arrancaba de la finca una renta que habría ayudado a evitar la siguiente crisis.

Aelia entendió por qué Lucius había llamado desfavorable al precio y por qué Marcus lo había considerado aceptable.

Uno veía la pérdida futura; el otro, la liberación inmediata.

—¿Quién vive allí? —preguntó.

—Tres familias ocupan las viviendas y trabajan esas tierras mediante acuerdos con la casa. La venta mantendría sus obligaciones, pero responderían ante otro propietario.

—Eso también es una consecuencia.

—Sí.

Marcus no la había incluido al explicar la oferta tres noches atrás. Esta vez no apartó la tablilla.

Philemon volvió con dos lámparas, pan, queso, aceitunas y una jarra de agua. Colocó la bandeja en el extremo libre de la mesa. Marcus le pidió que se quedara.

—Aún existe la casa de alquiler junto a la Porta Capena —dijo Aelia, al encontrar la anotación en una de las cuentas—. La mencionaste al hablar de los gastos que podían reducirse.

Philemon miró a Marcus antes de responder.

—Necesita reparar la cubierta antes del invierno. La renta apenas compensa ahora el mantenimiento.

—Hubo un interesado —añadió Marcus—. Ofreció cuarenta y cuatro mil hace tres meses.

—¿Por qué lo rechazaste?

—Mi padre la compró cuando nació Fabia.

El edificio tenía poco valor para la estrategia de la casa, pero formaba parte de la historia que Marcus intentaba mantener completa.

—Has preferido vender la parte que produce más antes que una casa que te recuerda a tu familia.

La mandíbula de Marcus se tensó.

—La primera venta resuelve todo el problema y deja una reserva. La otra no.

—Pero reduce lo que falta a veinticuatro mil.

Marcus miró la cifra escrita por Aelia.

—Si el interesado mantiene la oferta.

—¿Qué más has descartado?