Capítulo 22 - La hija de Lucius #2
Lucius apartó la vista. Recorrió dos veces la misma línea de la tablilla sin tomar el punzón. Cuando habló, su voz había perdido la seguridad tranquila de la negociación.
—Te he dado una casa en la que nunca tuviste que temer por tu futuro.
—Lo sé.
—He procurado que pudieras rechazar hombres que otras familias habrían considerado aceptables.
—Lo sé.
—Y ahora me pides que permita que un Fabius venda sus bienes por orgullo mientras tú soportas las consecuencias.
Aelia se levantó. Aquel «no esperaba oír eso de ti» pesaba más que cualquier enfado. Despertaba en ella el impulso antiguo de demostrar que seguía siendo sensata, agradecida y digna de la confianza recibida.
—Te pido que me permitas vivir las consecuencias de lo que elija.
Lucius levantó los ojos.
—No esperaba oír eso de ti.
—Porque he procurado durante años que no tuvieras que oírlo.
La respuesta quedó entre ellos sin ninguna frase que la hiciera más amable. Aelia sintió la tentación de acercarse, besar la mejilla de su padre y prometer que encontraría una salida capaz de satisfacerlos a todos. Permaneció junto al asiento.
—Si necesito ayuda, te la pediré —dijo—. No voy a rechazarla solo porque proceda de los Valerii. Pero necesito poder aceptar las condiciones, no descubrirlas después de que hayas actuado.
—Siempre buscas condiciones razonables.
—Esta vez también. La diferencia es que serán razonables para mí, no solo soportables.
Lucius abrió la mano sobre la mesa. La cerró después alrededor del punzón, aunque no escribió.
—¿Marcus te ha pedido que vengas a decirme todo esto?
—No sabe que estoy aquí.
—Sin embargo, lo defiendes después de que te haya apartado de la negociación.
—No defiendo lo que ha hecho.
—Rechazas una solución que preservaría su patrimonio.
—Porque no quiero sustituir su error por el tuyo.
Lucius dejó el punzón otra vez. La madera golpeó la mesa con un sonido seco.
—Desde que entraste en esa casa, justificas decisiones que antes habrías considerado poco prudentes.
Aelia pensó en los gastos aplazados, en los tejidos guardados, en la viga sostenida con puntales y en Marcus sentado durante horas ante cuentas que no alcanzaban. También recordó la mano de él apartándose de la suya durante los últimos días. No había nada sencillo que justificar.
—Desde que entré en esa casa conozco consecuencias que antes solo veía desde aquí —respondió—. Eso no convierte todas las decisiones de Marcus en correctas. Me obliga a decidir cuáles estoy dispuesta a compartir.
—Eres una Valeria.
—Y su esposa.
—No deberías tener que escoger entre ambas cosas.
—No estoy escogiendo entre mi familia y mi marido. Estoy escogiendo que ninguna de las dos casas hable en mi nombre cuando yo estoy presente.
La dureza del rostro de Lucius se mantuvo, pero su siguiente respuesta tardó en llegar.
—Hablas como si esta familia hubiera intentado borrarte.
—Esta familia me ha dado un lugar seguro. También me enseñó a ocuparlo sin causar molestias. Las dos cosas pueden ser ciertas.
—Tu madre no ha vivido sin voz en esta casa.
—No. Pero ha tenido que aprender cuándo usarla para que tú estuvieras dispuesto a oírla.
Aelia no sabía si su madre habría aprobado aquella frase. No la utilizó como reproche en su nombre. Era una verdad aprendida al observar durante años cómo Aelia Tertulla escogía el momento, el tono y la puerta por la que una idea debía entrar para que Lucius la aceptara como propia.
—Yo también sé hacerlo —añadió—. Lo he hecho toda mi vida. Ahora necesito saber que puedo hablar aunque no encuentre la forma de hacerte cómoda la respuesta.
—No enviaré ninguna instrucción esta noche.
No era aprobación. Tampoco una promesa de permanecer al margen para siempre.
—Es suficiente.
—Espero que Marcus comprenda lo que estás arriesgando por defender su independencia.
—No lo hago por su independencia.
Lucius arqueó ligeramente las cejas.
—Lo hago porque no quiero que ninguno de los dos decida por el otro.
Aelia rodeó la mesa. Al pasar junto a su padre, se detuvo. Lucius no inclinó la cabeza para recibir el beso con el que ella solía despedirse. La distancia era pequeña, pero exigía que uno de los dos la cruzara.
Aelia besó su mejilla.
—Buenas noches, padre.
Lucius tardó un instante en responder.
—Buenas noches, hija.
No añadió que estuviera de acuerdo. Aelia salió del tablinum sin pedirlo.
Titus esperaba junto al escribiente en el corredor lateral. Al verla, dejó la tablilla que estaba revisando.
—¿Debo cancelar algo? —preguntó.
—Esta noche no harás ninguna gestión relacionada con los Fabii.
Titus dirigió una mirada hacia el tablinum.
—¿Eso ha dicho padre?
—Eso ha decidido.
Su hermano estudió su rostro, quizá buscando la prudencia acostumbrada que le permitiera confirmar la orden sin provocar otra discusión.
—Entonces no haré nada.
Aelia agradeció que no preguntara más. Atravesó el atrium y encontró a su madre junto a la puerta de la sala. Marcella ya se había marchado.
Aelia Tertulla miró hacia el corredor por el que acababa de salir su hija.
—¿Has conseguido que te escuche?
—Sí.
—No te he preguntado si te ha dado la razón.
Aelia ajustó el pliegue del manto sobre el hombro.
—Entonces la respuesta sigue siendo sí.
Su madre le sostuvo la mirada y después llamó al esclavo que debía acompañarla hasta el carruaje.
—Ve antes de que la cena de los Fabii se convierta en otro motivo de disputa.
—Llegaré tarde.
—Llegar tarde puede explicarse. Callar durante años requiere más trabajo.
Aelia sonrió apenas y se despidió de ella.
La noche había caído cuando el carruaje se detuvo ante la casa Fabius. Las ruedas dejaron un rastro oscuro en la calle húmeda. No había llovido, pero el aire traía olor a piedra mojada desde las fuentes y a humo de los braseros encendidos en las casas.
Philemon recibió a Aelia en el vestíbulo.
—Señora. Habíamos empezado a preocuparnos.
—Lo siento. Necesitaba hablar con mi padre.
El liberto tomó el manto que ella le entregaba. Detrás de él, el atrium estaba casi vacío. Las lámparas permanecían encendidas y el agua del impluvium temblaba con cada corriente que cruzaba la abertura del techo.
—¿Han cenado? —preguntó.
—Cornelia Prisca se ha retirado hace poco. Marcus Fabius pidió que dejaran comida para usted.
—¿Dónde está él?
Philemon bajó un poco la voz.
—En la estancia de los registros. Ha ordenado preparar su salida antes del amanecer.
Junto a una columna aguardaban dos sacos de viaje y una capa gruesa doblada. Solo había equipaje para una persona. Aelia había pedido que fuera así. No podía reprochar a nadie que hubiese cumplido su decisión.
—¿Ha llegado algún mensaje nuevo de la finca?
—Ninguno desde esta mañana.
—¿Y de la venta?
Philemon mantuvo las manos unidas sobre el borde del manto.
—No me corresponde responder.
—No te he pedido que lo hagas. Gracias.
Aelia cruzó el atrium. En otra noche habría subido primero a cambiarse, habría comido lo que le habían guardado y habría esperado una hora más conveniente. La conveniencia había servido demasiadas veces para aplazar lo que deseaba decir.
La puerta de la estancia de los registros estaba entornada.
Marcus se encontraba ante una mesa estrecha, de espaldas a la entrada.
Había tres tablillas abiertas, un rollo sujeto con pesas y la caja de madera donde guardaban los sellos de la casa.
Vestía aún la túnica de la jornada; la capa de viaje no estaba allí.
Aelia llamó con los nudillos.
Marcus se volvió. Su mirada pasó del rostro de Aelia a la puerta, como si comprobara que había regresado sola.
—Es tarde.
—Sí.
—Philemon dijo que volverías antes de la cena.
—Eso pensaba.
Marcus dejó la tablilla que sostenía.
—¿Ha ocurrido algo en casa de tu padre?
—Lucius conocía la venta. Iba a intervenir.
La mano de Marcus quedó apoyada junto a los documentos.
—¿Qué ha hecho?
—Nada. Le he pedido que no lo haga.
—No tenías que enfrentarte a él por una decisión mía.
—No lo he hecho por ti.
Marcus alzó la vista.
Aelia entró y cerró la puerta, sin echar el pasador. El silencio de la estancia no se parecía al de los últimos días. Allí estaban las cuentas, la oferta y los sellos que habían quedado fuera de su alcance. También estaba Marcus, inmóvil al otro lado de la mesa.
—Lo he hecho porque no quiero que mi padre decida por nosotros —dijo—. Y porque tampoco voy a aceptar que tú lo hagas.
Marcus no apartó los documentos.
—Aelia...
—Necesito hablar contigo antes de que salgas mañana.
—Podemos hacerlo.
—No quiero otra explicación en la que tú elijas qué parte debo conocer.
Él observó las tablillas abiertas. Después miró la puerta cerrada y volvió a ella.
—¿Qué quieres saber?
Aelia se acercó a la mesa.
—Todo.