Un pacto en Roma (Bajo el águila de Roma nº 1) Capítulo 22 - La hija de Lucius
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Capítulo 22 - La hija de Lucius

Aelia entró en el tablinum antes de que su padre pudiera enviar ninguna orden.

Lucius alzó la vista desde una tablilla cubierta de cifras. Titus se encontraba al otro lado de la mesa, con un rollo abierto entre las manos y el extremo apoyado sobre una pesa de bronce. La estancia recibía la última claridad del atrium; en los nichos del fondo ya habían encendido dos lámparas.

—Creía que habías regresado a casa —dijo Lucius.

—El carruaje sigue esperando.

Aelia avanzó hasta la mesa. Entre las cuentas de los Valerii reconoció nombres de agentes, rutas hacia Ostia y marcas utilizadas para distinguir cargamentos.

No buscó el asunto de los Fabii. Bastaba con saber que su padre podía mover hombres, dinero y mercancías antes de que Marcus llegara a la finca.

—¿Has dado alguna instrucción sobre la venta? —preguntó.

Lucius dejó el punzón.

—Todavía no.

La respuesta admitía una continuación. Aelia miró a Titus. Su hermano enrolló despacio el documento, sin decidir por ellos si debía quedarse.

—Quiero hablar con padre a solas.

Titus aseguró el rollo con el cordel.

—Estaré con el escribiente.

Lucius no intentó retenerlo. Esperó a que la cortina de la entrada volviera a quedar inmóvil y señaló el asiento frente a la mesa.

—Siéntate.

Durante años, Aelia había obedecido indicaciones así antes de preguntarse si quería hacerlo. Aquella tarde ocupó otro asiento, el que quedaba junto al lateral de la mesa y no frente a la autoridad de su padre.

—No intervengas en la negociación.

Lucius entrelazó las manos.

—Eso ya lo has dicho.

—También te he dicho que hablaría contigo antes de que hicieras nada. He venido a hacerlo.

—Bien. Entonces hablemos de una solución real.

Movió la tablilla de cifras hacia un lado. Debajo había una nota breve, escrita por otra mano. Aelia distinguió la marca del agente que supervisaba algunas operaciones de Titus, pero no trató de leer el contenido.

—Puedo cubrir el pago que vence —continuó Lucius—. También la parte de la obra que los ingresos de la finca no alcancen a sostener. Marcus conservará el bien que pretende vender y dispondrá de tiempo para reorganizar las rentas.

—A cambio de que tú las administres.

—Temporalmente.

—¿Durante cuánto tiempo?

—El necesario para recuperar lo aportado y comprobar que las obligaciones futuras se atienden sin nuevas urgencias.

—Eso no es un plazo.

—Porque no tengo las cuentas completas.

—Y aun así estás dispuesto a decidir.

Lucius se recostó apenas en el asiento.

—Estoy dispuesto a impedir una pérdida evitable.

—No sabes si lo es.

—Sé que el precio está por debajo de la primera petición. Sé que la parte ofrecida produce rentas y que Marcus prefiere venderla antes que aceptar recursos de esta casa. No necesito conocer cada cifra para reconocer una mala posición negociadora.

Aelia conocía aquel tono. Su padre no elevaba la voz cuando estaba seguro de dominar un asunto. Ordenaba los hechos, eliminaba lo accesorio y dejaba una única salida que cualquier persona sensata debería aceptar.

—Puede que la venta sea una mala decisión —dijo—. También puede que sea necesaria.

—No lo es mientras exista otra salida.

—Tu salida tiene un precio.

—Todo lo tiene.

—Entonces no la presentes como si solo Marcus tuviera que abandonar el orgullo. Le pides que entregue el control de una parte de su casa para conservar la propiedad.

—Le pido garantías.

—Tú las llamas garantías. Él las llamaría dependencia.

—¿Y tú cómo las llamas?

La pregunta llegó sin suavidad, pero era la primera que Lucius formulaba sin incluir la respuesta. Aelia sostuvo la mirada de su padre.

—Una ayuda que no quiero aceptar en esas condiciones.

Lucius permaneció inmóvil durante un instante.

—No corresponde solo a Marcus aceptarla. Eres su esposa.

—Precisamente.

—Tu seguridad depende de las decisiones que tome.

—Y las decisiones que yo tome también afectan a su casa. Eso no te da derecho a convertirla en una prolongación de la nuestra.

—Nadie ha hablado de eso.

—Si administras sus rentas, decides qué se paga primero, cuánto puede reservarse y cuándo consideras recuperado lo que has puesto. Los agentes de Marcus tendrían que responder ante los tuyos. Cada dificultad de los Fabii terminaría en esta mesa.

Lucius miró los rollos y las tablillas que los rodeaban. Uno de sus pulgares pasó por el borde de su anillo antes de volver a quedar quieto.

—Alguien debe asegurarse de que no vuelvan a llegar a la misma situación.

—Ese alguien no tienes que ser tú.

—¿Prefieres que pierdan una parte valiosa de su patrimonio?

—Prefiero que Marcus y yo podamos decidir qué estamos dispuestos a perder.

—Él ya ha decidido sin ti.

La frase encontró el lugar exacto donde podía herirla. Lucius conocía la discusión por los hechos que le habían llegado, no por lo que Aelia había callado durante tres días. Aun así, había visto lo suficiente para utilizar la exclusión de Marcus como argumento a favor de otra exclusión.

—Y estaba equivocado —respondió—. No voy a corregir una decisión tomada sin mí permitiendo que tú tomes otra sin él.

—No son situaciones iguales.

—No. Marcus pretende renunciar a algo suyo para protegerme. Tú pretendes comprar el derecho a dirigirlo para conseguir lo mismo.

Lucius apartó la mano del anillo.

—No compraría ningún derecho. Evitaría que tu marido sacrificara una propiedad por no aceptar que necesita ayuda.

—Aunque él no la quiera.

—Aunque ahora no sea capaz de reconocer qué le conviene.

Aelia se quedó mirando a su padre. Había escuchado una versión menos directa de aquella frase muchas veces. Cuando Lucius consideraba que una elección era evidente, el desacuerdo se convertía en falta de información, juventud o temor. Nunca en una voluntad que mereciera existir por sí misma.

—Eso mismo has hecho conmigo.

La acusación no fue alta. Lucius la recibió sin moverse.

—Te ofrecí un matrimonio que podías rechazar.

—Sí.

—Modifiqué el acuerdo cuando lo pediste. No te obligué a aceptar ninguna condición.

—También es cierto.

La tensión de su rostro cedió un poco, como si aquellas concesiones devolvieran la conversación a un terreno ordenado.

Aelia no había ido a negarlas. Su padre la había querido, la había escuchado más que otros hombres de su posición y le había permitido negociar.

Nada de eso anulaba lo que todavía necesitaba decir.

—Nunca he dudado de que me quieres —añadió.

Lucius no respondió.

—Ni cuando buscaste este matrimonio ni cuando reservaste bienes para mi seguridad. Sé que intentabas protegerme. El problema no ha sido tu intención.

—Entonces no entiendo qué pretendes reprocharme.

—Que has confundido demasiadas veces mi silencio con estar de acuerdo.

—No acostumbras a callarte cuando algo te parece injusto.

—Hablo cuando encuentro una forma de no decepcionar a nadie.

El sonido de un carro entró desde la calle y se perdió detrás de los muros.

Lucius dirigió un momento la vista hacia el atrium.

Aelia podía haber aprovechado la pausa para suavizar sus palabras.

Sabía cómo hacerlo: bastaba con recordar que agradecía todo lo recibido, presentar su desacuerdo como una diferencia menor y ofrecer una solución que permitiera a su padre conservar la última decisión.

No lo hizo.

—Desde niña he intentado comprender lo que esperabas antes de que tuvieras que pedírmelo —continuó—. Cuando algo me incomodaba, buscaba otra manera de aceptarlo. Si dos deseos podían enfrentarse, apartaba el mío hasta que dejaba de parecer importante. Eso te ha facilitado protegerme.

Lucius se levantó y caminó hasta la abertura que daba al atrium. La luz gris dibujó el borde de su toga. Aelia esperó sin seguirlo. Había aprendido de él que una pausa no obligaba a retirar una propuesta.

—¿Crees que he utilizado tu obediencia? —preguntó al fin.

—Creo que te has acostumbrado a ella.

Lucius se volvió.

—Eres mi hija.

—Seguiré siéndolo cuando no haga lo que deseas.

—No sabes lo que puede ocurrir si esa venta se cierra en malas condiciones.

—No. Y quiero saberlo. Quiero conocer lo que Marcus conoce, discutir las alternativas y asumir las consecuencias de lo que decidamos. Puede que terminemos vendiendo. Puede que perdamos rentas. Puede que dentro de un año pensemos que nos equivocamos.

—Y yo debo quedarme mirando cuando puedo evitarlo.

—Debes dejarme elegir antes de evitarlo por mí.

Lucius regresó a la mesa. Esta vez no se sentó. Apoyó las puntas de los dedos junto a la nota del agente.

—La casa Fabius no es un lugar donde puedas permitirte aprender mediante errores.

—Tampoco lo era esta casa. Tú cometiste algunos.

El gesto de Lucius se endureció.

—¿Cuáles?

—Dar por supuesto que yo deseaba siempre lo que conseguía aceptar.

Las lámparas empezaban a dominar la estancia. La llama más cercana se inclinó cuando alguien cruzó el atrium, aunque nadie entró. Aelia pensó en su madre aguardando en otra sala, capaz de contener a Lucius con una frase precisa. Podría haber pedido su presencia. No la necesitaba como escudo.

—¿Qué esperas que haga? —preguntó su padre.

—Nada esta noche. No escribas al intermediario, no ofrezcas dinero al comprador y no envíes a Titus a averiguar qué precio haría detener la venta.

—Eso solo aplaza el problema.

—Lo aplaza hasta que Marcus y yo hablemos.

—Marcus parte al amanecer.

—Entonces hablaremos antes.

Lucius recogió la nota, la dobló una vez y la dejó bajo la tablilla de cifras.

—¿Y si se niega a mostrarte las cuentas?

—Decidiré qué hago después.

—¿Y si insiste en vender?

—Decidiré con la verdad delante.

—¿Y si decide que tu opinión no cambia nada?

Aquello era lo que Aelia no podía asegurar.

Podía regresar a la casa Fabius, hablar con Marcus y descubrir que la distancia de los últimos días no había sido una pausa, sino la forma de matrimonio que él prefería conservar.

Su padre esperaba una respuesta que convirtiera ese riesgo en una razón para obedecer.

—También será una respuesta —dijo—. Y será mía la decisión que tome después.