Capítulo 21 - Qué quieres #2
—Esta venta se detiene con dinero —dijo—. No con otra conversación.
—El dinero no es lo único que se está decidiendo.
—Es lo que decidirá si una parte de la propiedad continúa en manos de los Fabii.
Aelia notó que empezaba a preparar respuestas para cada argumento, igual que hacía cuando vivía allí.
Podía discutir el valor de conservar un bien, las condiciones de la ayuda y la necesidad de que Lucius no contactara con intermediarios.
Pero el problema no cabía en aquella negociación.
Mientras siguiera respondiendo a los medios, su padre elegiría el objetivo.
—Te hablaré de esto antes de que hagas nada —dijo.
—¿Cuándo?
—Cuando sepa qué quiero pedirte.
Lucius la miró con evidente insatisfacción. Aelia esperó la orden, la advertencia o esa forma de asentimiento que daba por supuesto que terminaría obedeciendo. Su madre fue quien rompió el silencio.
—Has oído a tu hija.
—La he oído —respondió él.
No era una promesa. Aelia comprendió que tendría que volver sobre el asunto muy pronto y sostener algo más preciso que una petición de espera.
Marcus viajaría al amanecer. Los agentes seguían reuniendo documentos.
Lucius poseía los medios para intervenir antes de que cualquiera de los dos pudiera detenerlo.
La conversación terminó cuando entró un esclavo para anunciar que Titus necesitaba una respuesta de su padre. Lucius se levantó, pero antes de marcharse se detuvo junto a Aelia.
—No confundas el orgullo de tu marido con independencia.
—Ni tú confundas ayuda con autoridad.
La réplica hizo que Lucius demorara un instante la salida. Después tomó los rollos del escribiente y abandonó la sala.
Aelia Tertulla esperó hasta que sus pasos dejaron de oírse.
—Tu padre no permanecerá quieto mucho tiempo.
—Lo sé.
—¿Quieres que hable con él?
La oferta era tentadora. Su madre sabía contener a Lucius sin que la contención pareciera un desafío. Aelia había aprendido de ella a obtener espacio mediante frases que no obligaban a nadie a reconocer que lo cedía.
—No —respondió—. Esta vez tengo que hacerlo yo.
Marcella recogió la tela azul grisácea.
—Ven conmigo. Necesito comprobar cómo queda con luz del patio.
Era una excusa transparente. Aelia agradeció que su hermana la ofreciera sin anunciar que iban a hablar a solas.
Salieron al jardín por el corredor lateral. Varias hojas secas se habían acumulado en torno al canal estrecho que llevaba agua hasta una fuente pequeña. Marcella pasó junto a ellas sin prestar atención al tejido y se sentó en el borde de piedra, lejos de las ventanas de la sala.
—Padre cree que Marcus actúa por orgullo —dijo.
—No es el único.
—¿Tú también?
Aelia permaneció de pie.
—Marcus dice que no puede aceptar que mis bienes paguen los errores de su padre. Ha avanzado en la venta sin consultarme porque conocía mi respuesta.
—¿La conocía?
—Probablemente.
Marcella apoyó la tela sobre sus rodillas.
—Esa no era mi pregunta.
Aelia la miró. Su hermana no mostraba compasión ni indignación en su nombre. Esperaba.
—Yo habría ofrecido ayudar —admitió.
—Entonces acertó sobre la respuesta y decidió que no tenías derecho a darla.
—Eso le dije.
—¿Y ahora padre quiere comprar la parte que Marcus pretende vender sin comprarla realmente?
Aelia casi sonrió.
—Quiere administrar rentas a cambio de aportar los fondos.
—Una forma mucho más elegante de no salirse con la suya.
—Marcus no quiere aceptar sus condiciones.
—Eso ya lo he entendido. Tú has explicado con claridad lo que quieren ellos.
Marcella dobló la tela una vez, haciendo coincidir los bordes.
—¿Qué quieres tú?
La pregunta devolvió a Aelia a otra tarde en aquella misma casa.
Entonces había enumerado la conveniencia de Marcus, la honestidad de sus términos, la lógica de la alianza.
Marcella había tenido que preguntarle si quería casarse con él, y Aelia no había sabido responder sin convertir el deseo en una lista de razones.
Ahora las razones también existían. Podía hablar de la obligación próxima, del precio desfavorable, de las reparaciones y de las rentas. Ninguna explicaría por qué llevaba tres días contando las ocasiones en que Marcus no la tocaba.
—No quiero que mi padre compre una solución —dijo.
—Eso no es lo que quieres. Es lo que rechazas.
—No quiero abandonar a Marcus.
Marcella esperó.
—No quiero que venda por orgullo —continuó Aelia—, pero tampoco necesito que conserve cada parte de la propiedad para demostrarme nada. Si la venta es la mejor decisión, puedo aceptarla. Incluso si perdemos algo valioso.
—Sigues hablando de la propiedad.
Aelia se sentó junto a ella. La piedra conservaba el frío de la noche a pesar de que la tarde estaba avanzada.
—Quiero que decida conmigo.
—Eso sí parece tuyo.
—Quiero poder elegir qué doy, qué conservo y qué riesgo acepto. Quiero que Marcus pueda decirme que no está de acuerdo sin convertir ese desacuerdo en una decisión tomada por los dos. Y quiero decirle lo mismo a padre.
Marcella deshizo el pliegue de la tela.
—¿Y a Marcus?
Aelia contempló el agua que recorría el canal. No necesitaba otra lista. La respuesta llevaba días ocupando cada habitación de la casa Fabius, incluso cuando ambos hablaban con una cortesía perfecta.
—Lo quiero a él.
Pronunciarlo no alivió el dolor. Lo volvió exacto.
—No sé si él quiere lo mismo —añadió—. Puede que le baste con el matrimonio que acordamos al principio. Estos días ha respetado cada distancia que le he pedido. Podríamos vivir así durante años y nadie encontraría una falta en su conducta.
—Puede que sí —dijo Marcella—. También puede que no. No voy a explicarte a tu marido porque no vivo con él.
La respuesta era poco consoladora y, por eso mismo, resultaba útil.
—Entonces, ¿qué hago con lo que quiero?
—Dejas de tratarlo como una conclusión privada.
Aelia volvió la cabeza hacia ella.
—Eso es fácil de decir desde una casa en la que decides sola.
Marcella recorrió con un dedo el borde de la tela.
—Decidir sola no significa no perder nada. Significa que, cuando pierdo, sé al menos qué elección me ha llevado hasta allí.
No había sentimentalismo en sus palabras. Marcella no hablaba del matrimonio que había tenido ni de la viudez como si una experiencia explicara todas las demás. Le ofrecía la única certeza que podía darle: elegir no garantizaba conservar.
Aelia había querido proteger la vida construida con Marcus y, al hacerlo, había evitado nombrarla.
Había esperado que las decisiones compartidas, el deseo y los hábitos cotidianos revelaran por sí solos lo que ninguno decía.
Marcus no podía responder a una voluntad que ella mantenía oculta.
Eso no justificaba que la hubiera excluido de la venta, pero tampoco permitía que Aelia se refugiara para siempre en aquella razón.
—Si elijo quedarme —dijo—, quizá tenga que aceptar que vendamos.
—Sí.
—Y quizá tenga que aceptar que Marcus no quiera una vida distinta de la que pactamos.
—También.
—No ayudas mucho.
—No me has pedido ayuda. Me has dicho lo que quieres.
Aelia dejó escapar una risa breve, la primera que no había tenido que medir en varios días.
Marcella le entregó la tira de tela.
—Ahora dime si este azul sirve.
Aelia la sostuvo hacia la luz. Era sobrio, resistente, fácil de combinar con otros tonos. Habría podido justificarlo durante varios minutos.
—Sí —respondió—. Lo quiero.
Marcella sonrió y se levantó.
Cuando regresaron al interior, Aelia Tertulla ya no estaba en la sala. Un esclavo informó de que Lucius seguía en el tablinum con Titus. El carruaje de la casa Fabius aguardaba en la entrada, preparado para llevarla de vuelta antes de la cena.
Aelia no fue hacia él.
Atravesó el atrium y se detuvo donde podía ver a su padre inclinado sobre una mesa, rodeado de rollos, tablillas y nombres capaces de mover dinero antes de que terminara el día. Titus estaba de pie a su lado. Ninguno había reparado todavía en ella.
Ya no necesitaba convencerlos de que una solución era razonable. Tampoco iba a pedir que preservaran cada parte del patrimonio Fabius ni a permitir que uno de ellos comprara el derecho a decidir por Marcus.
Quería una vida con pérdidas que hubiera elegido antes que una seguridad construida sin su voz.
Esta vez sabía qué debía sostener cuando entrara en la habitación.