Un pacto en Roma (Bajo el águila de Roma nº 1) Capítulo 21 - Qué quieres
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Capítulo 21 - Qué quieres

Durante los tres días siguientes, Marcus no tomó ninguna decisión por Aelia.

Le preguntó a qué hora deseaba comer, si necesitaba el carruaje y qué habitaciones quería que se revisaran antes de que llegara el frío.

Cuando Philemon llevó noticias de la finca, Marcus dejó el mensaje junto al plato de Aelia para que pudiera leerlo.

Al recibir una nueva cuenta de la obra, esperó a que ella estuviera presente antes de abrirla.

No volvió a mencionar la venta.

La corrección habría resultado impecable ante cualquier visitante.

Desayunaban en la misma estancia, se informaban de sus horarios y compartían las cuestiones necesarias para el funcionamiento de la casa.

Marcus no intentaba rozarle la mano al pasar ni alargaba las conversaciones cuando se retiraban las lámparas.

Si Aelia pedía estar sola, él asentía. Si ella hablaba, la escuchaba sin interrumpirla.

Cada atención delimitaba con más precisión la distancia entre ambos.

La primera mañana, Aelia había creído que Marcus buscaría una continuación de la discusión.

La segunda dejó de esperar que entrara en el comedor con la tablilla de la oferta.

En la tercera, comprendió que podían sostener aquella convivencia durante mucho tiempo.

La casa ya sabía organizarse alrededor de silencios: Cornelia se ocupaba de sus asuntos, Philemon llevaba los mensajes a la persona adecuada y los esclavos aprendían pronto qué puertas no debían cruzar sin llamar.

Marcus había respetado el espacio que ella marcó. No había nada que reprocharle en ese respeto, salvo la facilidad con la que parecía adaptarse a él.

Aelia removió con la cuchara la miel que había añadido a una copa de agua caliente. Marcus leía una tablilla al otro lado de la mesa. La lluvia que temían no había llegado, pero el cielo permanecía cubierto y en el atrium la luz parecía la de una hora más temprana.

—Hilarus confirma que la madera estará descargada hoy —dijo Marcus—. La estimación de la segunda fase llegará cuando terminen de revisar el muro.

—Bien.

Él dejó la tablilla junto a ella.

—Puedes leer el mensaje.

Aelia no necesitaba hacerlo. Hilarus rara vez empleaba dos frases cuando una bastaba, y Marcus acababa de darle toda la información relevante. Aun así, tomó la pieza y recorrió las líneas. Devolverla sin leer habría convertido una herida concreta en una sucesión de rechazos menores.

—Pregunta si debe mantener preparado el alojamiento para dos personas —dijo.

—Le responderé que iré solo.

Marcus no añadió que ella podía cambiar de opinión. Tampoco preguntó por qué no lo hacía. Aelia dejó la tablilla entre ambos.

—¿Cuándo sales?

—Mañana al amanecer, si el camino continúa transitable.

—Hablaré con Cornelia sobre lo que necesite durante tu ausencia.

—Philemon conoce los pagos que vencen esta semana.

—También yo.

—Lo sé.

Las palabras no fueron ásperas. Precisamente por eso dolieron.

Hasta hacía pocos días, una discrepancia como aquella habría provocado en Marcus una réplica seca y en ella el deseo de llevar la conversación un paso más allá.

Ahora ambos podían escoger la frase correcta, entregar la información necesaria y terminar el desayuno sin acercarse a nada que importara.

Marcus dobló el paño que tenía junto al plato.

—El carruaje estará disponible esta tarde. Philemon me ha dicho que pensabas visitar a tu madre.

—Es una visita habitual.

—No he dicho lo contrario.

Aelia miró hacia el paño azul del comedor. El remiendo se distinguía bajo aquella luz apagada. Lo había elegido porque una pieza reparada podía seguir ocupando un lugar visible. Ahora la idea le parecía demasiado fácil. Las cosas no se conservaban solo por mostrar sus costuras.

—Volveré antes de la cena —dijo.

Marcus asintió.

No le pidió que regresara pronto.

La domus Valeria la recibió con los sonidos que conocía desde niña: el golpeteo de un escribiente en el tablinum, las órdenes de una esclava encargada de la ropa, los pasos precipitados de Decimus en un corredor por el que aún parecía incapaz de caminar.

Nada había cambiado durante su ausencia y, sin embargo, Aelia cruzó el atrium como una visitante que recordaba demasiado bien el camino.

Su madre la esperaba en una sala abierta al jardín.

Marcella estaba con ella, reclinada en un asiento bajo mientras examinaba una tira de tela teñida.

Vestía sin luto ostentoso, con la sobriedad cuidada que había adoptado desde que administraba su propia casa y sus bienes sin tener que acomodar cada decisión al gusto de un marido.

—Llegas a tiempo para impedir que tu hermana elija un color espantoso —dijo Aelia Tertulla.

Marcella extendió la tela hacia Aelia.

—Nuestra madre llama espantoso a todo lo que no ha escogido ella.

—Llamo espantoso a ese verde porque lo es.

Aelia rozó el tejido con los dedos. El tono recordaba a las hojas de olivo cubiertas de polvo.

—Serviría para una cubierta que nadie tuviera que mirar.

Marcella soltó una risa breve.

—Dos contra una —dijo Aelia Tertulla—. Al menos el matrimonio no ha arruinado tu criterio.

La frase era ligera. La mirada de su madre no. Se posó en el rostro de Aelia y permaneció allí el tiempo suficiente para advertir el cansancio que ni el agua fría de la mañana había borrado.

—¿Has comido? —preguntó.

—Sí.

—Entonces no insistiré en alimentarte. Marcella puede confirmarte que estoy haciendo esfuerzos por respetar la voluntad de mis hijas.

—Solo cuando coincide con la tuya —dijo Marcella.

La conversación continuó alrededor de asuntos pequeños.

Aelia habló de Cornelia, del tejido azul ya colocado y de la madera llegada a la finca.

Su madre le contó que Publius había partido de nuevo y que Decimus se consideraba ofendido porque nadie había pedido su opinión sobre el itinerario.

Marcella rechazó el verde y eligió un azul grisáceo sin pedir un segundo parecer.

Durante unos minutos, Aelia pudo descansar en aquella familiaridad. Nadie pronunció el nombre de Marcus. No tuvo que explicar por qué había acudido sola ni por qué la visita terminaba antes de la cena.

Lucius acabó con la tregua.

Apareció en el umbral acompañado por un escribiente que sostenía dos rollos. Despidió al hombre con una indicación y esperó a que se alejara antes de entrar.

—No sabía que venías hoy.

—No era necesario organizar nada —respondió Aelia—. He venido a ver a mi madre y a Marcella.

—Aun así, podrías haberme avisado.

Lucius besó la frente de su hija y saludó a las otras dos mujeres.

Después ocupó el asiento que quedaba frente a Aelia.

La disposición parecía casual; ella conocía demasiado bien la casa para creerlo.

Desde allí su padre podía verla sin girarse y bloquear con su presencia la salida más directa hacia el jardín.

—Me han dicho que Marcus parte mañana hacia la finca —dijo.

Aelia dejó la copa en la mesa.

—¿Quién te lo ha dicho?

—Los carros que hemos puesto a su disposición no se mueven sin que nuestros agentes conozcan las fechas.

La explicación era razonable y no respondía del todo.

—Irá solo.

Lucius observó a su hija antes de dirigirse a Aelia Tertulla.

—Necesito hablar con ella.

Su madre no se levantó.

—Ya estás hablando con ella.

—De la propiedad Fabius.

—Entonces quizá necesite que la escuches, no que despejemos la sala.

Lucius apretó dos dedos sobre el brazo del asiento. Marcella dejó la tela doblada a un lado. Aelia podía haber permitido que su madre librara aquella pequeña batalla, pero no había ido allí para esconderse detrás de otra voz.

—Puedes hablar delante de ellas.

Su padre aceptó la condición con una inclinación mínima de cabeza.

—Marcus ha decidido vender una parte valiosa de la propiedad por menos de lo que debería aceptar.

Aelia sostuvo su mirada.

—¿Cómo lo sabes?

—La gente que compra bienes importantes no actúa sin comprobar quién tiene interés en conservarlos. Uno de los intermediarios consultó esta mañana a un hombre que trabaja con Titus.

Los nombres importaban poco. La red de Lucius convertía casi cualquier conversación patrimonial de Roma en una noticia que podía llegar a su mesa.

—La venta no se ha completado —dijo Aelia.

—Ha avanzado lo suficiente para que preparen documentos. Marcus está dispuesto a aceptar un precio desfavorable con tal de no recurrir a nosotros.

—No sabes cuál será el precio final.

—Sé reconocer el orgullo cuando empieza a resultar caro.

Marcella se acomodó en el asiento, sin intervenir. Aelia Tertulla mantuvo las manos sobre el regazo. Ninguna de las dos rescató a Aelia de la conversación.

—¿Qué pretendes hacer? —preguntó ella.

—Resolver lo que él se empeña en complicar. Mi oferta continúa disponible. Puedo cubrir el vencimiento y las reparaciones sin obligarlo a desprenderse de una parte productiva del patrimonio.

—A cambio de controlar temporalmente sus rentas.

—A cambio de garantizar que el dinero se administra con criterio.

La respuesta no había cambiado. Lucius seguía presentando el control como la consecuencia natural de disponer de la solución.

—Marcus ya rechazó esas condiciones.

—Marcus no está en posición de rechazar una salida razonable solo porque proceda de mí.

—Es su patrimonio.

—Y tú eres su esposa. Lo que pierda ahora afectará a tu seguridad durante años.

Aelia reconoció la estructura antes de que Lucius concluyera la frase.

Marcus había decidido vender para evitar que ella arriesgara sus recursos.

Su padre quería impedir la venta para proteger la seguridad de Aelia.

Uno renunciaba; el otro compraba. Ambos convertían la voluntad ajena en un obstáculo menor frente a lo que consideraban sensato.

—No hagas nada —dijo.

Lucius frunció el ceño.

—No voy a permitir que su obstinación te perjudique.

—No te he pedido que lo permitas. Te he dicho que no actúes sin hablar antes conmigo.

—No podemos esperar a que Marcus cambie de opinión.

—No he dicho que esperes a Marcus.

El silencio atrajo la mirada de su madre. Lucius examinó a Aelia como si buscara el significado exacto de aquella distinción.