Un pacto en Roma (Bajo el águila de Roma nº 1) Capítulo 20 - La venta #3
87%

Capítulo 20 - La venta #3

—Podía habértelo dicho anoche —admitió—. Debí hacerlo.

—¿Habría cambiado algo?

Marcus tardó demasiado.

—Habríamos discutido antes.

—No te he preguntado eso.

—La oferta tenía que responderse.

—¿Habría cambiado algo, Marcus?

Él apoyó ambas manos en la mesa.

—No habría aceptado que pusieras tus bienes en riesgo.

La claridad de la respuesta terminó con la última defensa que Aelia había conservado. Marcus corregía el silencio, no la decisión. Aunque la hubiera escuchado antes, acababa de admitir que habría hecho lo mismo y llamado cuidado a negarse en su nombre.

—Entonces no querías consultarme —dijo—. Querías informarme con tiempo suficiente para que la exclusión pareciera una conversación.

—Quería evitar que pagaras una deuda que no contrajiste.

—Yo tampoco contraje este matrimonio por amor.

Las palabras salieron antes de que pudiera suavizarlas. Marcus se irguió muy despacio.

Aelia notó cómo su frase arrastraba el principio de ambos hasta aquella mesa.

Podría haber añadido que ya no era cierto, que el pacto había dejado de bastarle.

Pero una confesión no podía convertirse en el precio exigido para que Marcus reconociera su voz.

No le diría que lo amaba para comprar el derecho a ser consultada.

—Lo acepté —continuó— porque se me permitió elegir dentro de unas condiciones estrechas. Después decidí quedarme de verdad. No por las cuentas ni por la casa. Pensé que tú también entendías la diferencia entre aceptar un pacto y construir una vida.

Marcus rodeó la mesa. Quedó a poca distancia, sin tocarla.

—La entiendo.

—No cuando importa.

—Esto importa precisamente por eso.

—No puedes defender nuestra vida excluyéndome de ella.

Él dejó caer la mirada hacia sus manos. Cuando habló, lo hizo con una calma que ya no parecía control, sino agotamiento.

—Si la venta se completa, la obligación desaparece. Las obras pueden terminarse. Nadie podrá decir que conservé lo mío consumiendo lo tuyo.

—¿Y eso bastará?

—Resolverá lo inmediato.

—No te pregunto por las cuentas.

Marcus alzó la vista. No hubo respuesta.

Aelia comprendió que podía seguir discutiendo hasta que anocheciera.

Podía proponer soluciones intermedias y plazos aún negociables.

Marcus contestaría con cifras, riesgos y el nombre de su padre.

Nada alcanzaría el centro del conflicto mientras él creyera que conocer la respuesta de Aelia le concedía el derecho a no escucharla.

Recogió la lista del viaje.

—No iré a la finca contigo.

—Aelia...

—Querías que opinara sobre el almacenamiento y los gastos de la obra. Puedes pedírselo a Philemon. La parte importante ya la has resuelto.

—No era mi intención apartarte de la administración.

—Pero sí de la decisión que puede determinar qué quedará por administrar.

Marcus hizo ademán de acercarse. Aelia no retrocedió; bastó con que mantuviera la lista entre ambos para que él se detuviera.

—¿Qué esperas que haga ahora? —preguntó.

Durante un instante, ella estuvo a punto de exigirle que detuviera la venta. Habría repetido el error desde el lado contrario. No quería obligarlo a conservar una propiedad a cualquier precio. Quería que la elección de ambos existiera antes del sacrificio.

—Nada que yo tenga que exigirte para ser escuchada.

—Puedo suspender las conversaciones hasta que revisemos la propuesta.

—¿Y aceptarías una decisión distinta si la tomáramos juntos?

Marcus no contestó.

—Eso pensaba —dijo Aelia.

Pasó a su lado. Al llegar a la entrada, la voz de Marcus la detuvo.

—No quise hacerte daño.

Aelia volvió la cabeza.

—Tampoco mi padre quiere hacérmelo cuando decide qué me conviene.

No esperó otra defensa. Cruzó el atrium sin apresurarse y entregó a Philemon la lista del viaje. El liberto la recibió con una pregunta silenciosa que ella no respondió.

—No será necesario preparar mi equipaje —dijo—. El señor Marcus decidirá quién lo acompaña.

La fórmula era correcta. También lo había sido el pacto con el que comenzó su matrimonio: dos casas aliadas, obligaciones delimitadas, cortesía suficiente.

Al entrar en su habitación, Aelia encontró sobre un arcón la llave pequeña que Cornelia le había dado para los registros domésticos.

La tomó y la guardó en el estuche donde conservaba sus objetos personales.

Seguiría cumpliendo cuanto le correspondía.

No entregaría las llaves en un arrebato ni abandonaría la casa para obligar a Marcus a seguirla. Su lugar no dependía de una escena.

Pero tampoco fingiría que elegir cortinas, provisiones y rutas de carros equivalía a compartir una vida.

Desde el corredor llegaban voces apagadas.

Marcus había llamado a Philemon. Poco después se oyó abrirse la caja de tablillas y el sonido seco de varias piezas colocadas sobre la mesa.

Tal vez hablaran de suspender la negociación.

Tal vez continuaran preparando los documentos. Aelia no se acercó a escuchar.

La noche anterior había creído que podían dejar las cuentas abiertas entre ambos.

Ahora sabía que Marcus siempre había conservado una tablilla vuelta hacia abajo.