Capítulo 20 - La venta #2
La objeción lo dejó callado. Aelia se inclinó para retirar de la mesa una de las cuentas abiertas. La necesidad de ordenar aquel pequeño espacio era absurda, aunque le permitió evitar que la cólera dictara la siguiente frase.
—No te pregunto por qué has considerado la venta —dijo—. Comprendo las cuentas. Te pregunto por qué no me consultaste antes de aceptar que siguiera adelante.
—Porque la obligación es de los Fabii.
—Las consecuencias no.
—La propiedad tampoco te pertenecía antes de casarte conmigo.
—Ahora vivo de ella. Trabajo para conservarla. Tú mismo me has pedido que participe en las decisiones que la afectan.
—En las que no exigen que pierdas lo que es tuyo para reparar lo que heredé yo.
Aelia lo observó. No había dureza visible en su postura. Aquello hacía más difícil reducir sus palabras a un arranque de orgullo del que pudiera retractarse.
—¿Eso es lo que crees que te propuse? ¿Perder mis recursos?
—Sé lo que ofreciste. Y sé lo que ya ha aportado tu familia.
—Bajo condiciones que acordamos los dos.
—Precisamente. No permitiré que esas condiciones se amplíen porque los Fabii no puedan responder por sus propias cargas.
—No te corresponde permitírmelo.
Marcus enderezó la espalda.
—Aelia...
—No. Has pasado semanas preguntándome qué pienso.
Me has enseñado las cuentas, has aceptado mis cambios, me has invitado a la finca para decidir sobre la obra.
Anoche me dijiste que hablaríamos hoy. Y hoy descubro por Philemon que ya has puesto en marcha una venta que puede cambiar esta casa y cuanto depende de ella.
—No cambiará tu seguridad.
—Ha cambiado mi lugar aquí.
—Intentaba protegerte.
La palabra cayó entre ellos casi con cansancio.
Aelia la había escuchado con voces distintas desde la infancia.
Lucius la pronunciaba antes de cerrar una negociación que afectaba a sus hijos, antes de ofrecer recursos cuya utilidad convertía la obediencia en sensatez.
Marcus hacía lo contrario: renunciaba a una parte de lo suyo para mantener intacto lo de ella.
El resultado era el mismo. Su voluntad desaparecía de la decisión.
—Mi padre decide por mí porque tiene recursos —dijo—. Tú decides por mí porque te niegas a aceptarlos. Cambian los motivos. Yo sigo sobrando.
Marcus retiró los brazos de las piernas.
—No eres una parte prescindible de esta casa.
—Entonces, ¿qué parte soy? ¿La que elige un paño? ¿La que organiza los carros y calcula cuánto puede recuperarse de una pared? ¿La que participa mientras la decisión no duele lo suficiente?
—No reduzcas lo que has hecho aquí.
—Lo has reducido tú. Me has dejado intervenir en todo aquello que estabas dispuesto a compartir. En cuanto has encontrado una carga que consideras verdaderamente tuya, has vuelto a decidir solo.
Marcus se levantó. Caminó hasta el extremo de la mesa y recogió la tablilla que había traído. No la abrió; la sostuvo por los bordes.
—El precio no es el que quería. Si espero, quizá obtenga más. También puedo perder esta oportunidad y llegar al vencimiento sin una salida que no dependa de tu padre.
—Hablas como si esas fueran las únicas posibilidades.
—Son las que existen ahora.
—Son las que has elegido examinar ahora.
—He examinado todas las cuentas contigo.
—Conmigo, sí. Sin mí has decidido qué sacrificio hacer.
Marcus dejó la tablilla de nuevo.
—No puedo aceptar que pagues los errores de mi padre.
—¿Y se te ocurrió que yo podía elegir hacerlo?
Él abrió la boca, pero no respondió de inmediato.
Desde el atrium llegó el chapoteo leve de un ave en el impluvium.
Aelia contó dos salpicaduras, luego el roce de alas.
Necesitaba que Marcus dijera algo capaz de demostrar que había considerado su voluntad y se había equivocado al medirla.
Una razón imperfecta habría dolido menos que aquel silencio.
—No habría sido justo pedírtelo —dijo al fin.
—No tenías que pedírmelo. Tenías que preguntarme.
—¿Para que te sintieras obligada a ofrecerlo?
—Para que pudiera responder.
—Conozco tu respuesta.
Aelia se quedó muy quieta.
—Eso mismo cree siempre mi padre.
Marcus recibió la frase sin apartarse. El color había desaparecido de su rostro, pero Aelia no intentó interpretar lo que callaba.
—No soy Lucius —dijo.
—No. Él habría comprado la solución y tú prefieres venderla. Ninguno de los dos me concede el derecho a decidir qué precio estoy dispuesta a pagar.
—Tu padre utiliza cada ayuda para conservar poder sobre ti.
—Lo sé mejor que tú.
—Entonces sabes por qué no quiero deberle más.
—No estamos hablando de lo que quieres deberle. Estamos hablando de que has elegido también por mí para evitarlo.
Marcus avanzó un paso hacia ella y se detuvo al otro lado de la mesa.
—Si aceptara tus recursos, dentro de unos meses podrías descubrir que has entregado una parte de tu independencia para sostener un patrimonio que quizá ni siquiera podamos conservar.
—Y si vendes sin mí, puedo descubrir hoy que nunca tuve independencia en este matrimonio.
La respuesta quedó bajo el paño azul. Aelia vio el remiendo de uno de sus bordes y recordó la noche anterior, segura de que aquella tablilla entraría en la vida compartida que acababa de reconocer.
Había esperado una conversación difícil. No aquella frontera.
—Creí que esto se estaba convirtiendo en otra cosa —dijo.
Marcus no preguntó a qué se refería. Su mirada descendió hacia las cuentas abiertas.
—También yo creía que habíamos construido algo que no dependía de cuánto dinero aportaras.
—No depende de mi dinero.
—Entonces la venta no debería destruirlo.
—La venta no. Que no me hayas consultado.
Él se pasó la mano por la nuca y la dejó caer enseguida.
Aelia había visto aquel gesto al final de jornadas agotadoras, cuando la obra o los acreedores lo obligaban a escoger entre opciones malas.
Durante semanas había querido aliviar ese peso.
Ahora comprendía que Marcus solo había aceptado su ayuda mientras podía distinguirla de la carga que se reservaba para sí.