Un pacto en Roma (Bajo el águila de Roma nº 1) Capítulo 20 - La venta
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Capítulo 20 - La venta

La tablilla seguía en el comedor cuando Aelia entró a la mañana siguiente.

Estaba cerrada junto a las cuentas de la reparación, con la cara escrita contra la mesa. La lámpara se había consumido, pero alguien había ordenado las copas y retirado los restos de fruta. Solo aquel rectángulo de madera conservaba la posición exacta en que Marcus lo había dejado.

Aelia no lo tocó.

Había bajado antes que Cornelia para revisar con Philemon los preparativos del viaje a la finca.

Dispuso la lista que había redactado la víspera: mantas para cubrir los materiales, una caja para las muestras de tejas y espacio en un carro para traer los registros de Hilarus.

Marcus quería comprobar la obra; ella, evitar otro problema de almacenamiento.

—Falta decidir quién irá con nosotros —dijo, mientras alisaba el papiro con dos pesas pequeñas—. Si Cornelia se queda, no necesitamos llevar a dos esclavas de la casa.

Philemon comprobó la lista desde el otro lado de la mesa.

—El viaje aún no está fijado, señora.

—Lo sé. Pero Hilarus tendrá que organizar a los hombres y no conviene avisarlo cuando el carro ya esté delante de la puerta.

—Enviaré un mensaje en cuanto el señor Marcus confirme el día.

La respuesta sonó más cauta de lo habitual. Aelia levantó la vista. El liberto llevaba varios minutos trasladando tablillas de un lugar a otro. Su eficacia no solía necesitar tanto movimiento.

—¿Ha salido ya?

—Antes de amanecer.

—¿Al Foro?

Philemon ajustó la tapa de la caja.

—Tenía asuntos que atender.

No era una insolencia. Tampoco una respuesta. Aelia miró la tablilla cerrada de la mesa grande y recordó el mañana de Marcus. Había supuesto que se refería a una conversación entre ambos, no al momento en que él reanudaría el asunto sin ella.

Apartó la impresión. Marcus había salido muchas veces antes del amanecer. El estado de las cuentas no permitía convertir cada ausencia en un misterio.

—Deja aquí los registros de la obra —dijo—. Quiero comparar el primer cálculo de Hilarus con los materiales que ya se han recuperado.

Philemon abrió la caja y separó varias piezas. Las clasificó con rapidez: jornales, madera, transporte, provisiones. Aelia fue recibiéndolas y formando una hilera. Cuando él llegó a la última, comprobó el rótulo grabado en el canto y volvió a guardarla.

—Esa también —indicó Aelia.

—No corresponde a las reparaciones.

—Entonces la has traído a la mesa equivocada.

—La necesitaré para preparar la relación de rentas y cargas que han pedido para la venta.

Philemon lo dijo mientras buscaba un cordel entre los compartimentos de la caja. Tardó un instante en advertir que Aelia no había respondido. Sus dedos se detuvieron sobre el ovillo.

—¿Para qué venta? —preguntó ella.

El liberto dejó el cordel en su sitio.

—Señora, quizá sea mejor que habléis de ello con el señor Marcus.

—Eso haré. Pero tú acabas de decir que han pedido documentos. ¿Quién los ha pedido?

Philemon cerró la caja. Esta vez no hubo ninguna apariencia de actividad que mitigara el silencio.

—No me corresponde explicarlo.

—No te he preguntado qué te corresponde.

La severidad de su voz la sorprendió. Philemon la recibió sin retroceder.

—El señor Marcus os dará una respuesta más completa que la mía.

La frase confirmaba cuanto se negaba a decir. Existía una venta; otra parte había solicitado documentos; Marcus había dado instrucciones suficientes para que Philemon empezara a reunirlos. Nada de aquello pertenecía ya a una consulta antigua que pudiera permanecer una noche sobre una mesa.

Aelia sintió la presión de las pesas bajo las yemas. Las retiró del papiro antes de que el borde se marcara.

—¿Marcus te pidió que me lo ocultaras?

Philemon alzó la cabeza con rapidez.

—No.

—¿Te dijo que ya me lo había comunicado?

El liberto no respondió.

No hacía falta. Aelia recogió su lista y la enrolló despacio.

—Prepara los registros que te haya solicitado. No quiero que faltes a tus obligaciones por esta conversación.

—Señora...

—Y no envíes todavía el mensaje a Hilarus. El viaje puede esperar a que Marcus y yo hablemos.

Philemon inclinó la cabeza. Antes de marcharse, tomó la tablilla cerrada del comedor y la guardó en la caja.

Aelia siguió el movimiento. Habría bastado una orden para que la dejara.

Cornelia le había entregado llaves; los esclavos aceptaban ya sus instrucciones; aquella casa reconocía su autoridad en cuestiones que semanas atrás le habrían sido ajenas.

Podía pedir los documentos, interrogar al mensajero, revisar los sellos conservados por Philemon.

Podía averiguar casi todo antes de que Marcus regresara.

No lo hizo.

La herida no estaba en la información que le faltaba, sino en el lugar desde el que se la habían apartado.

—Philemon.

El liberto se volvió desde la entrada.

—No has cometido ninguna falta al mencionarlo.

En el rostro de él apareció un alivio contenido, seguido de una incomodidad que no intentó disimular.

—Gracias, señora.

—Cuando vuelva Marcus, avísame antes de que reciba a nadie.

—Sí, señora.

Aelia se quedó sola bajo el paño azul. Desde allí veía parte del atrium, la lámina de agua quieta en el impluvium y la puerta de la estancia pequeña donde ahora colgaba el tejido antiguo.

La sustitución había sido una decisión menor, pero Marcus la había dejado elegir.

También le había pedido que redactara una respuesta para Hilarus, que juzgara las condiciones de los Valerii, que lo acompañara a la finca.

Había interpretado esos gestos como la forma paciente de una confianza nueva.

Se sentó ante las cuentas que sí podía leer, aunque no avanzó mucho.

Cada cifra conducía a la misma ausencia: la madera, los jornales, la obligación heredada que se acercaba sin necesidad de nombrar el día.

La venta podía encajar en aquellos huecos.

Eso no la hacía inevitable. Habían considerado alternativas y aceptado ayuda limitada de su padre bajo condiciones precisas.

Marcus conocía los recursos que ella podía aportar y el modo en que deseaba hacerlo.

Conocía también su respuesta a que otros decidieran por ella.

Cornelia apareció cuando el sol ya alcanzaba el borde del impluvium. Se detuvo al ver la mesa cubierta de cuentas.

—Pensé que hoy descansarías de los números.

—Pensé lo mismo.

Su suegra se acercó y examinó la lista enrollada, las tablillas abiertas y el lugar vacío donde había estado el mensaje.

—¿Ha ocurrido algo?

Aelia podía haber preguntado si ella conocía la venta. No quiso colocarla entre Marcus y una conversación que les pertenecía.

—Marcus y yo tenemos que resolver un asunto.

Cornelia mantuvo la vista en ella unos instantes y luego señaló la lista.

—¿Quieres que me ocupe de los preparativos de la finca?

—Todavía no hay fecha.

—Entonces no hay nada que preparar.

La sencillez de la respuesta aflojó algo en el pecho de Aelia. Cornelia no pidió detalles ni ofreció explicaciones en nombre de su hijo.

—Comeré en mi habitación —dijo Aelia—. Si Marcus vuelve antes, que Philemon me avise.

—Lo hará.

El día adquirió una duración áspera. Aelia contestó dos mensajes de la casa Valeria y revisó con una esclava la ropa que debía remendarse. Cada tarea dejaba espacio para imaginar la conversación.

No quiso ensayarla. Había pasado demasiados años preparando palabras capaces de sobrevivir a la voluntad de su padre. Con Marcus había empezado a hablar sin convertir cada frase en una defensa previa. Se aferró a esa costumbre incluso cuando oyó abrirse la puerta principal avanzada la tarde.

Philemon llamó poco después.

—El señor Marcus ha regresado.

—¿Está solo?

—Sí, señora. Ha preguntado por vos.

Aelia dejó la tablilla en la que fingía leer.

—Dile que lo espero en el comedor.

Eligió aquel lugar porque allí habían hablado de las reparaciones y del viaje, y porque la noche anterior Marcus había prometido mañana. No quería una explicación pronunciada mientras uno de los dos se marchaba.

Marcus entró pocos minutos después. Traía polvo en el borde de las sandalias y una tablilla distinta bajo el brazo. La dejó sobre la mesa auxiliar antes de aproximarse.

—Philemon me ha dicho que querías verme.

—También te habrá dicho por qué.

Marcus permaneció de pie.

—Sí.

No intentó fingir que el liberto había entendido mal. Aelia agradeció aquella mínima honestidad y la odió por ser tan insuficiente.

—¿Qué has vendido?

—Nada todavía.

—Philemon está preparando documentos para una venta.

—He aceptado que continúen las conversaciones y que examinen las rentas y las cargas. Aún faltan condiciones que cerrar.

—¿Sobre qué?

Marcus apoyó una mano en el respaldo del asiento frente a ella, pero no se sentó.

—Una parte importante de la propiedad.

Aelia esperó. No añadió un nombre, una extensión ni una explicación que ella pudiera convertir en asunto práctico.

—¿La respuesta a la consulta antigua llegó anoche?

—Sí.

—Y esta mañana has aceptado avanzar.

—He hablado con el agente. La propuesta no alcanza lo que pedimos al principio, pero es suficiente.

—¿Suficiente para qué?

Marcus arrastró el asiento y se sentó al fin. El ruido de la madera sobre el pavimento resultó excesivo en la habitación vacía.

—Para atender la obligación cuando venza. Para terminar las reparaciones sin seguir trasladando pagos. Para dejar margen en las cuentas y no depender de otro envío de los Valerii.

Enumeraba las consecuencias con la precisión de quien revisaba un contrato. Aelia conocía todos los problemas; había leído las mismas cifras.

—¿Cuándo pensabas decírmelo?

—Cuando supiera si las condiciones podían sostenerse.

—Es decir, después de decidir que la venta avanzara.

—Después de saber si había algo concreto que discutir.

—Ya era concreto anoche. Me pediste que esperara hasta hoy.

Marcus miró un instante hacia la mesa en la que había dejado el mensaje. Cuando volvió a ella, su voz conservaba el mismo tono bajo.

—Necesitaba comprobar la oferta.

—Podías haberme dicho eso.

—No quería presentarte una solución que quizá no existiera.

—Pero sí presentársela al agente.