Un pacto en Roma (Bajo el águila de Roma nº 1) Capítulo 19 - Casi una vida #2
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Capítulo 19 - Casi una vida #2

No había desafío en su voz, pero Lucius volvió el rostro hacia Aelia.

Su mirada descendió un instante hasta el manojo de llaves que ella llevaba sujeto al cinturón.

Cornelia se las había entregado aquella mañana para que revisara con Philemon los almacenes domésticos antes de la visita. Aelia había olvidado que seguían allí.

Durante la comida hablaron de la reparación.

Titus informó de que el segundo carro estaría disponible.

Marcus explicó qué parte del trabajo podía iniciarse y qué costes seguían sin cubrir.

Cuando Lucius preguntó si el almacén de Roma aceptaría recibir la producción el tiempo suficiente, Marcus no contestó de inmediato.

—Aelia ha revisado esa parte con Titus —dijo—. Ella puede explicarla mejor.

El silencio de su padre fue breve, pero Aelia lo percibió. Lucius apoyó dos dedos en el borde de la copa y esperó.

Aelia describió el espacio reservado, el trabajo que exigiría descargar y volver a trasladar las mercancías, y la forma en que la finca devolvería ese coste cuando las rentas permitieran hacerlo.

No adornó la previsión. También señaló que la ventaja desaparecería si la estancia se necesitaba antes de lo calculado.

—No se necesitará —dijo Titus—. He revisado las entradas previstas.

—Las conocidas —matizó Aelia.

—Las conocidas —aceptó él.

Lucius tomó un sorbo de vino.

—Habéis pensado en más dificultades de las que incluía la propuesta inicial.

—Han aparecido más dificultades —respondió Aelia.

—Y, aun así, parece que funciona.

Marcus dejó el pan que acababa de partir.

—Parece.

La cautela habría podido devolver la mesa al peso de los días anteriores, pero Cornelia preguntó a Aelia Tertulla por Marcella y la conversación se desvió hacia la familia.

Titus contó que Publius había prometido regresar a Roma antes del cambio de estación y que Decimus sostenía, en una carta reciente, que los caminos mejoraban cuanto más lejos se encontraba uno de las personas que podían contradecirlo.

Aelia no supo si la frase pertenecía de verdad a su hermano pequeño o a la versión que Titus prefería de él. Se rio con los demás.

Más tarde, en el patio, Aelia encontró a Lucius junto a la fuente. Marcus y Titus discutían a poca distancia sobre el momento adecuado para enviar el segundo carro. Aelia Tertulla permanecía con Cornelia bajo el pórtico.

—Marcus te consulta —dijo su padre.

—Sí.

—Y Cornelia te ha entregado las llaves.

Aelia rozó el metal que pendía de su cinturón.

—Solo algunas.

—Al principio nunca entregan todas.

La observación la sorprendió. Lucius contemplaba el agua, no a ella.

—¿Te preocupa? —preguntó Aelia.

—Me preocuparía que confundieras una dificultad temporal con una vida entera.

El antiguo impulso de tranquilizarlo apareció con la rapidez de una costumbre. Aelia lo dejó pasar.

—Y a mí me preocuparía confundir una vida segura con una vida elegida.

Lucius volvió la cabeza. No discutió. Miró hacia Marcus, que escuchaba a Titus con una tablilla abierta entre ambos. Después observó la casa: el paño azul visible al fondo, Cornelia junto a Aelia Tertulla, los esclavos que retiraban las copas.

—La solución aún puede fracasar —dijo.

—Lo sé.

—Mi oferta sigue en pie.

—También lo sé.

Lucius asintió una sola vez. Cuando Marcus se acercó para pedir la opinión de Aelia sobre el envío, su padre se apartó sin intentar responder en su lugar.

Al caer la tarde, después de que los Valerii se marcharan, la casa quedó extrañamente silenciosa. Cornelia se retiró a descansar. Philemon supervisaba el cierre de las puertas y, desde la cocina, llegaba el golpe amortiguado de las vasijas que volvían a sus estantes.

Aelia encontró a Marcus en el comedor, bajo el paño azul. Había dejado la túnica formal y sostenía dos higos que debían de haber sobrado de la comida.

—Tu hermano se ha llevado las últimas aceitunas —dijo.

—Titus considera que cualquier alimento servido en una casa de la familia le pertenece en parte.

Marcus le ofreció uno de los higos.

—Debí incluirlo en las condiciones del matrimonio.

—Habría exigido una cláusula para el pan.

Comieron de pie, sin llamar a nadie para que preparara una mesa. La luz de las lámparas hacía que el tejido reparado pareciera, en efecto, más oscuro. Aelia distinguía todavía las marcas del tiempo, pero ya no daban la impresión de un deterioro que hubiera que esconder. Formaban parte de la pieza.

—Tu padre lo ha visto —dijo Marcus.

—¿El paño?

—Que estás aquí.

Aelia bajó la vista al higo abierto entre sus dedos.

—Llevo semanas aquí.

—No me refería a la casa.

Marcus no añadió nada. Se acercó para retirar con el pulgar una gota de jugo que había quedado junto a la base de su mano. El contacto fue breve, doméstico, más íntimo por no reclamar ninguna respuesta.

—Hilarus cree que, si no llueve con fuerza, la primera fase terminará antes de que salgamos hacia la finca —dijo él.

—¿Saldremos?

—Pensaba ir. Quería preguntarte si deseas acompañarme.

Otra decisión compartida. Otra frase que no daba por hecho ni su presencia ni su ausencia.

—Sí —respondió—. Quiero ver qué han hecho. Y hablar con Hilarus sobre el almacenamiento antes de que lleguen más carros.

—Esperaba que dijeras lo primero.

—Has preguntado demasiado tarde para obtener una respuesta sencilla.

Marcus se inclinó y besó su frente. Aelia cerró los ojos solo el tiempo que duró el contacto.

Después apoyó la mejilla contra su pecho.

Él la rodeó con un brazo y permanecieron bajo el paño que ella había elegido colocar allí, en una casa cuyos ruidos empezaba a reconocer incluso cuando no prestaba atención.

Podía imaginar el viaje a la finca. El regreso.

A Cornelia cambiando de nuevo la altura del tejido.

A Marcus dejando las cuentas abiertas para que ella añadiera una pregunta en el margen.

Podía imaginar otro otoño y la siguiente primavera sin que esas estaciones formaran parte de una obligación negociada por sus familias.

El pacto inicial les había ofrecido una salida clara si la convivencia no llegaba a convertirse en nada más. Hasta entonces, Aelia había conservado aquella posibilidad como quien conserva una puerta sin intención de cruzarla todavía.

Ya no podría atravesarla sin perder algo que deseaba.

La casa, la propiedad del Lacio y el lugar que había empezado a ocupar ante ambas familias importaban porque todos conducían a la misma persona.

A Marcus esperándola antes de decidir, permitiendo que su humor apareciera en medio del cansancio, sosteniéndola sin convertir el gesto en una promesa que ninguno de los dos se atrevía aún a pronunciar.

Aelia se había enamorado de él.

Las palabras interiores encajaron con una precisión incómoda. Marcus no podía conocerlas solo porque ella hubiera apoyado la cabeza contra su pecho. Y Aelia seguía sin saber qué nombre daba él a la vida que construían.

Unos pasos rápidos cruzaron el atrium. Philemon apareció en la entrada con una tablilla cerrada.

—Ha llegado un mensajero de la propiedad.

Marcus soltó a Aelia con lentitud y recibió la tablilla. El sello no pertenecía a Hilarus. Ella lo sabía porque había visto el del administrador en demasiados mensajes durante aquellos días.

—¿Otra dificultad? —preguntó.

Marcus examinó la marca antes de romperla.

—Una respuesta a una consulta antigua.

Aelia conocía la existencia de preguntas sobre posibles ventas. Marcus se las había mencionado al explicarle las cuentas, como una salida que no deseaba tomar con prisa. Observó cómo leía las primeras líneas. Sus dedos se detuvieron en el borde de la tablilla.

—¿Debemos revisarla? —preguntó ella.

Él alzó la vista.

—No esta noche. La reparación no cambia por esto.

Era una respuesta exacta a una pregunta que Aelia no había formulado. Antes le habría bastado para detectar una omisión. Aquella noche, después de varios días de decisiones compartidas, le pareció una petición de tiempo.

—Entonces mañana —dijo.

Marcus dejó la tablilla sobre la mesa, con la escritura hacia abajo.

—Mañana.

Philemon seguía esperando en la entrada.

—Necesitaré que te quedes un momento —le indicó Marcus.

Aelia recogió las dos copas que nadie había utilizado y se dirigió hacia Cornelia. Al alcanzar el corredor, miró atrás. Marcus permanecía bajo el paño azul, una mano apoyada junto al mensaje. Philemon cerró las puertas del comedor.

Ella continuó caminando sin inquietud. Habían aprendido a dejar las cuentas abiertas, a compartir las noticias malas, a decidir juntos qué parte de una carga podía sostener cada uno.

Creyó que aquella tablilla tendría que entrar también en la vida que acababa de elegir.