Un pacto en Roma (Bajo el águila de Roma nº 1) Capítulo 19 - Casi una vida
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Capítulo 19 - Casi una vida

Titus llegó antes de que retiraran el pan y las aceitunas del desayuno. Traía polvo en el borde de la túnica, una tablilla bajo el brazo y la expresión de quien había pasado la primera hora del día discutiendo con tres hombres que preferían no alterar sus costumbres.

Aelia lo vio cruzar el atrium mientras Cornelia terminaba de explicar a una esclava dónde debía recibir al artesano de los tejidos. Su suegra interrumpió la frase, miró la tablilla y después a Aelia.

—Parece que hoy el pan tendrá que esperar.

Unas semanas atrás, Cornelia habría llamado primero a Marcus. Aquella mañana apartó un puesto junto a la mesa y ordenó que trajeran otra copa.

—Siéntate, Titus —dijo Aelia—. Marcus está en el despacho.

—Lo sé. Me ha hecho llegar dos mensajes desde que salió el sol.

—Solo uno —corrigió Marcus al entrar por el corredor—. El segundo era una pregunta.

—Escribiste «responde cuanto antes».

—Una pregunta urgente.

La réplica seca hizo que Cornelia ocultara una sonrisa en la copa. Aelia sintió que la tensión con la que había despertado cedía lo suficiente para permitirle respirar con normalidad. Titus dejó la tablilla sobre la mesa y señaló tres líneas marcadas en la cera.

—Uno de los agentes de nuestro padre tiene dos carros que vuelven casi vacíos desde Roma dos veces en los próximos ocho días. Otro puede desviar uno de los transportes que pasan por el Lacio, aunque exige que la carga esté preparada cuando llegue. No esperará mientras Hilarus reúne hombres.

Marcus no tomó la tablilla. Miró a Aelia.

—¿Cuál de los dos consideras más seguro?

La pregunta era sencilla y, sin embargo, alteró el modo en que Titus se acomodaba en el asiento.

Aelia repasó las notas. Conocía al primer agente; había escuchado su nombre muchas veces en la domus Valeria, casi siempre acompañado por quejas sobre su rigidez con los horarios.

Del segundo solo sabía que trabajaba con rutas más largas y que detestaba transportar mercancía sin tener asegurada la siguiente carga.

—Los dos carros que ya regresan vacíos —respondió—. El desvío puede parecer más rápido, pero dependería de que Hilarus tuviera preparada la producción y de que el agente no encontrara una carga mejor antes de llegar. Con el primero conocemos el día y el espacio disponible.

Titus apoyó un dedo junto al nombre.

—Eso mismo he dicho yo.

—Después de defender el otro durante media hora —observó Marcus.

—Necesitaba saber por qué era peor.

Aelia levantó la vista hacia su hermano.

—Y ahora necesitas que alguien más cargue con la elección.

—Ahora necesito desayunar.

Cornelia empujó hacia él la fuente de aceitunas.

—En esta casa intentamos no discutir negocios con el estómago vacío. No siempre lo conseguimos.

Titus aceptó el alimento con una inclinación agradecida. Marcus acercó por fin la tablilla, pero la dejó entre Aelia y él.

—Escribiré al primer agente —dijo—. Si Hilarus confirma hoy que puede dividir la reparación, reservaremos el segundo carro para los materiales.

—¿Y si necesita los dos? —preguntó Aelia.

—Entonces aplazaremos el traslado de una parte de la producción.

No era una gran decisión. Tampoco una concesión que resolviera el desacuerdo del día anterior. Marcus podía haberla tomado solo y comunicarla después. En cambio, la había mirado antes de elegir, y Titus lo había visto.

La respuesta de Hilarus llegó al día siguiente, poco después de la hora sexta.

El administrador había escrito con letra apretada para aprovechar la cera: uno de los apoyos podía sustituirse antes de desmontar la parte más dañada de la cubierta; la madera de una estructura secundaria serviría para el apuntalamiento; varias tejas almacenadas seguían enteras.

Los artesanos aceptaban trabajar en dos fases si recibían el primer cargamento a tiempo.

Marcus leyó el mensaje en voz alta en el pequeño despacho.

Aelia ocupaba ya, sin que nadie hubiera tenido que colocarla aquella vez, el asiento junto al suyo.

Sobre la mesa se acumulaban la respuesta de Titus, dos notas de proveedores y las cuentas que la víspera habían parecido cerrarse sobre ellos como una puerta.

—Eso reduce el gasto inmediato —dijo ella.

—Y retrasa una parte —precisó Marcus—. No la elimina.

—Pero permite atender el vencimiento sin aceptar la administración de mi padre.

Marcus pasó a la segunda cara de la tablilla.

—Si los transportes cuestan lo previsto, si no llueve antes de que aseguren el muro y si la estimación de Hilarus no aumenta durante la obra.

—Tres condiciones.

—Cinco. Los proveedores deben mantener el precio y el almacén tiene que disponer de espacio.

Aelia tomó el estilo y escribió los dos nuevos riesgos debajo de los otros. Marcus siguió el movimiento de su mano.

—¿Te resulta más tranquilizador que sean cinco?

—Me resulta más útil que no finjamos que son tres.

Él acercó la lámpara, aunque aún entraba luz suficiente por la ventana.

—Entonces esperaremos a que sean cuatro.

La confirmación del almacén llegó antes de la noche.

Durante los tres días siguientes, la casa adquirió un ritmo distinto.

Los mensajes continuaron entrando; Philemon los colocaba en una bandeja del despacho y separaba los que requerían respuesta inmediata de aquellos que podían esperar.

Marcus no dejó de trabajar ni pareció confiar en la buena fortuna, pero ya no cerraba la puerta cuando examinaba las cuentas.

A veces mandaba llamar a Aelia. Otras veces la encontraba antes de hacerlo, sentada junto a la ventana con una tablilla sobre las rodillas.

La primera carga de madera salió de Roma en uno de los carros de los Valerii.

El proveedor mantuvo el precio porque el agente de Lucius reunió el pedido de los Fabii con otros dos encargos.

Hilarus confirmó que el muro había sido descargado del peso más peligroso.

Una mañana llovió apenas lo suficiente para oscurecer las losas del patio y dejar en el aire olor a tierra húmeda.

Aelia observó el agua resbalar desde el tejado y esperó el mensaje que no llegó.

Al mediodía, Marcus recibió una nota: el apuntalamiento había resistido.

—Quedan cuatro condiciones —dijo ella cuando él se lo contó.

Marcus se apoyó contra el marco de la puerta.

—Esa cuenta mejora con demasiada lentitud para mi gusto.

—Podría inventar que solo quedan dos.

—Eso te convertiría en una administradora muy apreciada por los hombres que desean dormir bien.

—Y muy poco apreciada al llegar los vencimientos.

La sonrisa de Marcus apareció sin esfuerzo y permaneció mientras le entregaba la tablilla. Aelia la leyó. Hilarus añadía una relación breve de los materiales recuperados y prometía una estimación más precisa en dos días.

—¿Quieres responder tú? —preguntó Marcus.

Ella levantó los ojos.

—Es tu administrador.

—Y la organización de los transportes ha sido tu propuesta. Pregúntale qué debe estar listo para el segundo carro.

Aelia escribió la respuesta en la misma mesa donde, al llegar a aquella casa, había sentido que cada objeto conservaba la memoria de una familia a la que ella no pertenecía. Marcus corrigió el nombre de uno de los agentes. No modificó nada más.

El artesano de los tejidos llegó esa tarde acompañado por un muchacho que cargaba un cesto de agujas, madejas y pequeñas herramientas. Cornelia lo condujo hasta la estancia donde guardaban las piezas que ya no se utilizaban. Aelia acudió cuando oyó abrir los arcones.

Había mantos con los bordes gastados, cubiertas demasiado pesadas para la estación y un paño azul que el tiempo había apagado sin destruir. El artesano extendió este último sobre una mesa y localizó dos zonas debilitadas.

—Puede repararse —dijo—. No recuperará el color original, pero resistirá.

Cornelia pasó la mano cerca del borde, sin tocarlo.

—Mi madre lo eligió para esta casa.

Aelia aguardó. La antigua prudencia le habría aconsejado permanecer callada ante un recuerdo que no le pertenecía.

—La pared del comedor recibe poca luz —dijo—. Allí el azul parecería más profundo. Y las partes reparadas quedarían lejos del paso.

Cornelia observó el tejido y después la abertura de la puerta, como si pudiera ver desde allí la pared propuesta.

—Habrá que retirar la pieza que está ahora.

—Podría colocarse en la estancia pequeña. Está mejor conservada de lo que parece y el tono no se perdería con tanta sombra.

El artesano esperaba con las manos cruzadas. Cornelia tardó poco en asentir.

—Hazlo como propone Aelia.

No dijo que aquella fuera ya su casa. Ordenó, sencillamente, que una elección de Aelia modificara dos habitaciones.

Cuando el paño regresó reparado al día siguiente, Cornelia estuvo presente mientras lo colgaban. Corrigió la altura una vez y dejó que Aelia decidiera el espacio entre el borde y la lámpara. Al terminar, ambas retrocedieron para observarlo.

—Mi madre habría pedido que lo subieran otra vez —dijo Cornelia.

—¿Demasiado bajo?

—Nunca lo supe. Siempre encontraba un motivo para mover las cosas después de haberlas colocado.

Aelia sonrió.

—Entonces esperaremos hasta mañana antes de considerarlo definitivo.

Cornelia la miró de lado.

—Empiezas a conocer esta familia.

La visita de los Valerii se produjo dos días después.

Aelia Tertulla llegó con Lucius y Titus poco antes de la comida.

Su madre recorrió el atrium con una atención discreta que se detuvo en las flores recién cortadas, en la puerta abierta hacia el patio y en el esclavo que acudió a recibir sus mantos sin buscar instrucciones en Cornelia.

—Has cambiado algunas cosas —dijo al quedarse junto a Aelia.

—Algunas.

—Te sientan bien.

La frase podía referirse a las flores o a ella. Aelia no necesitó pedir una precisión.

Lucius examinó el paño azul durante el trayecto hacia el comedor.

—No recordaba esa pieza.

—Porque no pertenece a los Valerii —respondió Cornelia—. Aunque ahora mi nuera ha encontrado dónde debía estar.