Capítulo 18 - El precio de conservar #2
El silencio modificó la habitación. En el corredor, alguien pasó con pasos rápidos y después todo volvió a quedar quieto.
Lucius la contempló como si buscara en su rostro a la hija que solía permitirle terminar los razonamientos. Marcus retiró una mano de la mesa.
—No he dicho que no debas conocerlo —respondió él.
—Has querido averiguar primero qué ofrecía mi padre para decidir después cuánto de esta conversación era necesario para mí.
Marcus no replicó.
Aelia miró a Lucius.
—Y tú has reservado una parte de tus recursos para mi seguridad, pero consideras innecesario preguntarme si quiero emplearlos. Uno quiere protegerme de recibir ayuda. El otro, de tener que decidir sobre ella. El resultado se parece demasiado.
Su padre se echó hacia atrás. La madera de la silla produjo un leve crujido.
—¿Quieres que entregue esa suma a los Fabii?
La pregunta era una trampa involuntaria o una prueba deliberada. Con Lucius, ambas cosas podían adoptar la misma forma.
—Quiero que dejéis de reducir el problema a aceptar o rechazar dinero.
—El vencimiento no aceptará buenas intenciones.
—Tampoco exige que paguemos hoy la totalidad de la reparación —contestó Aelia—. Hilarus ha pedido que se actúe antes de las lluvias. ¿Qué parte del gasto debe hacerse de inmediato?
Marcus miró las notas que había llevado consigo.
—Asegurar el muro, sustituir el apoyo y desmontar la parte dañada de la cubierta. Después habrá que reponer las tejas y revisar el mecanismo de prensado.
—¿El material y el transporte están incluidos en la estimación?
—Sí.
—¿Cuánto representa el transporte?
Marcus nombró una proporción, no una suma. Aelia la comparó con lo que había oído durante años en las conversaciones de sus hermanos sobre carros que regresaban vacíos, mercancías retenidas por falta de espacio y agentes que conseguían mejores condiciones al reunir encargos.
—Los Valerii pagan ya rutas entre Roma, Ostia y propiedades del Lacio —dijo—. Algunos carros hacen parte del regreso sin carga. Podrían transportar madera y tejas para la finca sin abrir una ruta nueva.
Lucius negó despacio.
—Si coinciden las fechas y los recorridos.
—Titus o uno de tus agentes puede comprobarlo mañana. También pueden preguntar a los proveedores con los que compramos para los almacenes. Una casa que encarga más material obtiene un precio distinto de una finca que compra sola.
—No todo proveedor de Ostia servirá para una obra rural.
—No. Por eso he dicho que deben preguntar.
Marcus bajó la vista hacia las cuentas. Aelia no intentó adivinar qué pensaba. Había aprendido a desconfiar de todo lo que su silencio permitía imaginar.
—Si reducimos el coste inmediato —dijo él al fin— y Hilarus consigue conservar parte de la madera, podría separar la reparación en dos fases sin poner en peligro el edificio.
—Seguirías teniendo el vencimiento —señaló Lucius.
—Pero no tendría que elegir entre pagarlo y abandonar la obra.
Aelia acercó hacia sí una tablilla en blanco.
—¿Qué ingresos se perderían mientras el edificio no pudiera utilizarse?
Marcus respondió con cautela. Dependía del tiempo, de la lluvia y de qué parte de la producción necesitara trasladarse. No podían calcularlo con exactitud.
—Los almacenes Valerii podrían recibir temporalmente lo que no deba quedarse allí —propuso Aelia—.
No gratis. La finca pagaría por el espacio y el trabajo cuando recupere margen, en las mismas condiciones que otro cliente favorecido.
Mi padre conservaría una garantía comercial, no el control de las rentas.
Lucius apoyó los antebrazos en la mesa.
—Estás reuniendo varias posibilidades inciertas para evitar una solución inmediata.
—Estoy reuniendo recursos que ya existen para evitar entregar una suma mayor y exigir a cambio una parte de la administración Fabius.
—El tiempo cuesta dinero.
—También lo cuesta controlar una propiedad que no conoces. Tendrías que destinar hombres, revisar cuentas y discutir cada decisión con Marcus. No parece una forma barata de ayudar a tu yerno.
La mirada de Lucius se detuvo en ella. Después bajó hacia las tablillas y repasó las cuentas antes de responder. Aelia conocía aquella pausa: su padre había dejado de buscar una réplica inmediata.
—Las rutas deben revisarse —dijo él.
—Sí.
—Y los almacenes no pueden prometer espacio sin consultar el movimiento previsto.
—También.
—La obligación seguirá venciendo en el mismo plazo.
Marcus recogió la tablilla que Aelia había acercado.
—Estudiaré qué parte de la propuesta puede aplicarse. Si la reducción es suficiente, podré afrontar el pago sin ceder la administración. Si no lo es, volveremos a hablar.
Lucius lo miró con una paciencia endurecida por años de negociación.
—Habrás perdido días.
—Dos —dijo Aelia—. Mañana podremos saber si hay carros, proveedores y espacio. Al siguiente, Hilarus tendrá una estimación dividida por fases. Si no funciona, tu propuesta seguirá existiendo.
—Con las mismas condiciones —advirtió Lucius.
—Entonces las discutiremos los tres.
Su padre guardó silencio. Después tomó la tablilla en blanco y escribió tres nombres de agentes. La punta del estilo raspó la cera con golpes cortos.
—Titus sabrá cuál de ellos tiene carros en la ruta adecuada. Que Marcus envíe a alguien antes del anochecer.
La concesión quedaba limitada a comprobar si el plan podía funcionar.
Aelia aceptó la tablilla que le tendía.
—Gracias.
Lucius apoyó el estilo.
—Aún no hemos resuelto nada.
—Hemos decidido quién estará presente mientras lo intentamos.
Por un instante, su padre pareció dispuesto a responder. En lugar de hacerlo, miró a Marcus.
—Dos días.
—Dos días —aceptó él.
Salieron de la domus Valeria cuando la tarde empezaba a perder color.
En la calle, un vendedor recogía los últimos higos de su puesto y dos muchachos empujaban un carro cargado de ánforas entre peatones que no les cedían espacio.
Marcus esperó hasta que dejaron atrás la entrada y el esclavo que los acompañaba se situó a una distancia prudente.
—Tu padre no suele cambiar el orden de una negociación.
—No lo ha cambiado. Solo ha permitido que otra persona se siente a la mesa.
—Eso ya es un cambio.
Aelia sostuvo la tablilla con los nombres de los agentes contra los pliegues de la estola.
—¿Estás molesto porque he intervenido?
—No.
La respuesta llegó sin vacilación.
—Entonces, ¿por qué pareces estar preparando una objeción desde que hemos cruzado la puerta?
Marcus miró hacia el carro que bloqueaba media calle. La condujo hacia el lado protegido por los soportales antes de contestar.
—Porque tu propuesta utiliza la organización de los Valerii, y eso tiene valor. No quiero que la dificultad de mi casa consuma recursos que deberían servirte a ti.
—La organización de mi familia no se gasta como una bolsa de monedas.
—El trabajo de sus hombres, el espacio y los transportes sí cuestan.
—Por eso he propuesto pagarlos.
—Más adelante.
—Cuando la finca recupere margen. Como se hace en otros acuerdos.
Marcus redujo el paso. Aelia hizo lo mismo.
—Te agradezco lo que has hecho —dijo él—. Has encontrado una posibilidad que ninguno de nosotros estaba considerando.
—Pero.
—Pero no quiero que creas que debes salvar lo que heredé.
El ruido de la calle ocupó el espacio entre ambos: pregones lejanos, sandalias sobre la piedra, el rebuzno impaciente de un asno.
Aelia miró al hombre que la noche anterior había permanecido a su lado sin refugiarse en una obligación.
Ahora volvía a ofrecerle protección con una mano mientras con la otra intentaba mantenerla fuera del peso que compartían.
—No creo que deba salvarlo —respondió—. Creo que debo poder decidir qué parte estoy dispuesta a sostener.
Marcus inclinó la cabeza, atento.
—Y si la respuesta es ninguna, también será mía. Pero no puedes defender mi libertad de elegir tomando la decisión antes que yo.
La tablilla pesaba poco entre sus manos. El asunto escrito en ella alcanzaba la finca, las cuentas de los Valerii, el nombre de Gaius y la casa a la que Aelia regresaba cada noche. Pesaba mucho más.
Marcus extendió la mano. No para quitarle la tablilla, sino para rozar con los dedos el dorso de la suya.
—Tienes razón en eso.
Aelia esperó. La precisión importaba.
—¿Solo en eso?
La gravedad de Marcus cedió un instante.
—De momento.
Ella habría podido aceptar la respuesta como una broma y dejar que el resto se disolviera en el alivio de haber conseguido dos días. No lo hizo.
—Mañana escucharé lo que diga Titus sobre las rutas. Y después revisaré contigo la respuesta de Hilarus.
—Sí.
—Aunque las noticias sean malas.
—Aunque sean malas.
Reanudaron el camino. Marcus no retiró de inmediato la mano, y Aelia permitió que aquel contacto la acompañara unos pasos.
La cercanía no resolvía el desacuerdo más difícil.
Él seguía actuando como si amar una casa significara soportar su peso sin repartirlo; ella empezaba a comprender que pertenecer a ella exigía que nadie decidiera, ni siquiera por cariño, cuánto podía cargar.
Los dos días concedidos por Lucius no garantizaban que pudieran conservar nada.
Pero Aelia ya había ocupado su lugar en el precio de intentarlo.