Capítulo 18 - El precio de conservar
La tablilla permaneció entre las manos de Marcus mientras el agua de la fuente seguía cayendo con una regularidad que a Aelia le resultó casi ofensiva.
El mensajero había desaparecido tras Philemon hacia las dependencias del servicio, donde recibiría comida y un lugar en el que dormir.
En el patio solo quedaban ellos, las lámparas bajas y el olor del polvo que el hombre había traído consigo desde el camino.
Marcus volvió a recorrer las líneas grabadas en la cera.
—¿Qué reparación es? —preguntó Aelia.
Él alzó la vista. Había perdido la serenidad cálida con la que había hablado en el dormitorio, pero no intentó apartar la tablilla cuando ella se acercó.
—La viga que vimos junto al edificio de prensado. Hilarus ordenó apuntalarla después de nuestra visita. El daño se ha extendido al apoyo del tejado.
Aelia recordó la madera oscurecida, el cobertizo sostenido con una resistencia que entonces le había parecido antigua, no inmediata. Recordó también la manera en que Marcus había pasado la mano por una grieta antes de preguntar cuánto tiempo llevaba allí.
—Dijiste que podía esperar.
—Hasta después de reorganizar las rentas. Ya no. Si llegan las lluvias y cede el apoyo, perderemos el edificio durante la parte de la cosecha que necesita ese trabajo. Repararlo entonces costará más y produciremos menos.
La respuesta era clara. Demasiado clara para dejar espacio a una solución sencilla.
—Has dicho que cambia tus cálculos.
Marcus dejó la tablilla sobre el borde de piedra de la fuente, lejos de las salpicaduras.
—Hay un pago que vence pronto. Una obligación que asumió mi padre y que pasó a mí con el resto del patrimonio.
—¿Una deuda?
—Una obligación conocida —precisó—. No ha aparecido esta noche, ni la ocultó mi padre. La asumió cuando aún creía que las mejoras de la propiedad aumentarían los ingresos con rapidez. Yo contaba con disponer de más margen antes del vencimiento.
Aelia miró la cera marcada. La luz temblaba sobre los surcos sin permitirle leerlos desde donde estaba.
—Y ese margen iba a salir de las nuevas rentas.
—En parte.
—Pero ahora tendrá que emplearse en la reparación.
Marcus no respondió enseguida. Pasó el pulgar por el borde de madera de la tablilla, una vez.
—Ahora debo decidir qué pago primero sin permitir que lo segundo se convierta en una pérdida mayor.
Un carro avanzó por la calle más allá de los muros. Las ruedas golpearon las losas y el sonido se alejó hacia una zona de Roma que seguía despierta. Aelia había imaginado, poco antes, años enteros dentro de aquella casa. La obligación había bastado para reducir el futuro a unas semanas.
—¿Cuándo vence?
—Antes de que la reorganización pueda dar resultado.
—Eso no es una fecha.
Marcus la observó en silencio.
—No —admitió—. Mañana te enseñaré los documentos.
La promesa impidió que Aelia insistiera. No porque bastase, sino porque él la había hecho sin que ella tuviera que reclamarla dos veces.
—¿Y esta noche?
—Esta noche escribiré a Hilarus. Que mantenga el apuntalamiento, despeje el edificio y busque a los artesanos que ya han trabajado en la finca. Necesito saber cuánto material puede recuperarse.
—Entonces me quedaré contigo.
Marcus miró hacia el corredor que conducía al dormitorio. Después volvió a mirarla a ella.
—No es necesario.
—Eso ya lo sé.
La comisura de su boca cambió apenas, aunque la preocupación no abandonó su rostro.
—Será una carta poco interesante.
—Puedo soportarlo.
Entraron juntos. Aelia no volvió a ver la tablilla hasta la mañana siguiente, cuando la encontró abierta sobre la mesa del pequeño despacho de Marcus, junto a otras dos y a un rollo de cuentas. Él había cumplido su palabra. También había pasado buena parte de la noche escribiendo.
La luz temprana entraba oblicua por la ventana y dejaba una franja clara sobre la mesa.
Marcus señaló el asiento colocado a su lado, no enfrente.
Aelia se sentó y leyó primero el mensaje de Hilarus.
Las palabras eran breves. El apoyo se había desplazado.
Dos piedras del muro superior habían cedido.
Si el tejado recibía mucha agua, nadie garantizaba que resistiese.
Hilarus recomendaba reparar antes de las lluvias.
Las otras tablillas contenían cuentas que Aelia podía seguir, aunque tuvo que preguntar por dos abreviaturas.
Marcus contestó sin impaciencia. No había una cifra única que explicara el problema.
Había jornales, madera, tejas, transporte, trabajo perdido y una suma que debía entregarse conforme al acuerdo heredado de Gaius.
Separados, todos los gastos parecían razonables.
Juntos, ocupaban el mismo espacio en un momento en el que la casa no podía atenderlos a la vez.
—¿Quién debe recibir el pago? —preguntó.
—Los representantes del hombre con quien mi padre cerró el acuerdo. Él murió el año pasado. Sus herederos han respetado el plazo, pero no tienen motivo para ampliarlo.
—¿Podrían hacerlo?
—Podrían. No lo harán sin pedir algo a cambio.
Marcus deslizó hacia ella la copia del acuerdo. Aelia reconoció fórmulas, nombres y fechas; el resto exigía una experiencia que no poseía. No fingió lo contrario.
—¿Qué pedirían?
—Una garantía mayor sobre la propiedad o condiciones que reducirían sus ingresos durante demasiado tiempo.
—¿Y qué parte conocía mi padre?
Marcus bajó la mano hasta otra tablilla.
—La suficiente para escribirme antes del amanecer.
Aelia dejó de mirar las cuentas.
—¿Has hablado con él?
—Le envié un mensaje anoche. Ha respondido esta mañana. Puede recibirnos después de la hora sexta.
El plural llegó tarde, añadido quizá al ver su expresión. Aelia leyó de nuevo la frase grabada por el escribiente de Lucius. Decía que esperaba a Marcus. Solo a Marcus.
—¿Cuándo decidiste que yo iría?
—Cuando te prometí enseñarte los documentos.
—No es lo mismo.
Marcus apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Aelia, tu padre puede proporcionar una solución rápida. Antes de hacerte participar en una discusión que quizá no sea necesaria, quería saber qué pretende ofrecer.
—Una discusión sobre la propiedad en la que vivo, los ingresos de esta casa y los recursos de mi familia.
—Precisamente por eso.
Aquellas tres palabras la dejaron inmóvil. Las había oído con voces distintas durante toda su vida. Precisamente porque era hija, precisamente porque era mujer, precisamente porque deseaban evitarle una preocupación. Las razones cambiaban; la puerta cerrada era la misma.
—Iré después de la hora sexta.
—Puede que tu padre prefiera hablar primero conmigo.
—Entonces tendrá ocasión de decírmelo.
Marcus mantuvo su mirada. No intentó sonreír ni suavizar lo que acababa de ocurrir.
—Vendré a buscarte.
—No hace falta. Estaré preparada.
La domus Valeria recibió a Aelia con la familiaridad de algo que había dejado de pertenecerle por completo sin resultar todavía ajeno.
Uno de los esclavos de la entrada la saludó con la misma inclinación que cuando vivía allí, aunque añadió el nombre de los Fabii al anunciarla.
El cambio fue pequeño. Aelia lo oyó entero.
Lucius los esperaba en su despacho. Sobre la mesa había un rollo abierto, varias tablillas y un estuche de sellos. El aire olía a cera templada y al aceite de la lámpara que ardía pese a la claridad de la tarde. Su padre miró a Marcus y después a ella.
—No era necesario que vinieras.
—Eso me han dicho.
Lucius dirigió una mirada breve a Marcus. Aelia cerró la puerta antes de ocupar el asiento que quedaba junto a su esposo.
—He leído las cuentas —añadió—. No todas con la misma facilidad, pero sí lo suficiente para saber qué está en juego.
Su padre se acomodó en la silla.
—Lo que está en juego es la forma más conveniente de resolver una falta temporal de dinero. Marcus puede devolverlo cuando la propiedad recupere el rendimiento previsto.
Lucius presentó la ayuda como una operación, del modo en que solía apartar de sus conversaciones cualquier apariencia de favor.
—¿A cambio de qué? —preguntó Marcus.
—De garantías razonables. Los Valerii pagarían la reparación y atenderían el vencimiento. Durante un periodo acordado, una parte de las rentas de la finca pasaría por nuestra administración.
Marcus no se movió.
—No.
Lucius apoyó un dedo sobre el rollo.
—Aún no has oído las condiciones.
—He oído lo esencial.
—Lo esencial es que conservarías la propiedad y evitarías una pérdida de ingresos. No pretendo adquirirla.
—Pretendes decidir sobre sus rentas.
—Hasta recuperar lo aportado.
La voz de Lucius no subió. La de Marcus tampoco. Aelia conocía aquella clase de enfrentamiento: dos hombres cuidadosos podían convertir la cortesía en un muro más sólido que una discusión abierta.
—¿De dónde saldría la suma? —preguntó ella.
Su padre tardó un instante en responder.
—De los recursos de la familia.
—¿De cuáles?
—Hay una parte reservada para tu seguridad que puede emplearse sin perjudicarte. Tu casa es ahora la de los Fabii. Proteger su estabilidad también te protege a ti.
Marcus giró la cabeza hacia Lucius.
—Los recursos destinados a Aelia no pagarán las decisiones de mi padre.
—No serían un regalo.
—Tampoco una elección de ella, por lo que veo.
Aelia volvió el rostro hacia Marcus. La defensa habría podido agradarle si no hubiese contenido la misma exclusión con palabras distintas.
—¿Y tú cuándo pensabas preguntarme? —dijo.
Él sostuvo su mirada.
—No pienso aceptar la propuesta.
—Eso tampoco responde.
Lucius apartó el rollo unos dedos, como si necesitara recuperar un espacio despejado en la mesa.
—Aelia, nadie pretende disponer de nada que te pertenezca. Estoy buscando una forma de evitarte las consecuencias de una situación que no has creado.
—Y Marcus intenta evitar que mis recursos se utilicen para resolverla.
—Exacto —dijo Marcus.
La coincidencia, pronunciada con tanta seguridad, acabó con la paciencia que Aelia había conservado desde la mañana.
—Resulta curioso —dijo—. Dos hombres capaces de discrepar sobre cada condición han encontrado por fin algo en lo que están completamente de acuerdo: decidir qué asuntos deben preocuparme.