Capítulo 17 - Lo que sucede después #3
La visión se extendió sin que Aelia la buscara.
Otros regresos. Más cenas en el comedor pequeño.
Cornelia discutiendo por unos tejidos que ya habrían sido reparados.
Fabia de visita, contando historias falsas sobre su hermano.
Publius apareciendo sin avisar y haciendo preguntas que nadie debía responder.
Incluso un niño cruzando el patio detrás de la fuente, demasiado deprisa para que Helvia pudiera alcanzarlo.
Aelia cerró los ojos.
La imagen no era un deseo inmediato ni una promesa. No sabía si algún día tendría hijos con Marcus ni qué clase de padre sería él. Sin embargo, por primera vez la posibilidad no surgió como una consecuencia exigida por el matrimonio o por la continuidad de dos familias.
Formaba parte de un futuro que ella quería imaginar.
Aquello la asustó más que el beso.
—¿En qué piensas? —preguntó Marcus.
Aelia abrió los ojos.
—En que deberías avisarme cuando vayas a regresar tarde.
—¿Eso estabas pensando?
—Es una conclusión útil.
—Intentaré hacerlo.
—No quiero que se convierta en otra obligación.
—¿Qué quieres que sea?
Aelia recorrió con un dedo la pequeña cicatriz junto a su pulgar.
Podía responder que quería que fuese una elección. También podía decirle que deseaba ocupar un lugar en sus pensamientos cuando él estaba fuera de casa. Ninguna de las dos frases le pareció todavía segura.
—Una costumbre —dijo.
Marcus cerró la mano alrededor de la suya.
—Puedo aceptar eso.
El silencio volvió a instalarse entre ellos. Esta vez Aelia no lo utilizó para esconderse. Permaneció junto a Marcus, consciente del calor de su cuerpo y de la facilidad con que hablaban de hermanos, viajes y horarios después de haber compartido algo tan íntimo.
Quizá aquello fuese la verdadera diferencia.
El deseo podía existir sin obligación. La cercanía, en cambio, necesitaba todo lo que ocurría después: no apartarse, no recuperar de inmediato una distancia correcta, permitir que la conversación continuara cuando ya no quedaba nada que demostrar.
Aelia empezaba a querer más de aquellos momentos.
Y no sabía si Marcus los imaginaba prolongándose tanto como ella.
Llamaron a la puerta.
Fueron dos golpes discretos, separados por una pausa.
Marcus levantó la cabeza.
—¿Sí?
—Soy Philemon —respondió la voz al otro lado—. Ha llegado un mensajero de la propiedad.
La mano de Marcus se inmovilizó sobre la de Aelia.
—¿A esta hora?
—Dice que Hilarus le ordenó entregar la tablilla sin demora.
Marcus apartó el cobertor y se levantó.
La intimidad no desapareció de golpe, pero el frío ocupó enseguida el espacio que había dejado su cuerpo. Aelia se incorporó y ajustó la tela sobre el pecho mientras Marcus recuperaba la túnica.
—Que espere en el patio —dijo él—. Saldré enseguida.
Los pasos de Philemon se alejaron.
Marcus se vistió sin llamar a ningún esclavo. Aelia observó cómo anudaba la túnica y se colocaba la fíbula. Sus movimientos habían recuperado la rapidez precisa de las horas de trabajo.
—¿Quieres que vaya contigo? —preguntó.
Marcus miró hacia ella.
La noche de bodas, Aelia habría esperado que él dijera que no era necesario. En la finca, habría tenido que explicar por qué un asunto podía afectarla aunque ella no conociera todos los detalles.
Esta vez Marcus asintió.
—Sí.
Aelia se puso la túnica con su ayuda. Él recogió una de las horquillas del arcón y se la ofreció, pero ella negó con la cabeza.
—No necesito arreglarme para leer un mensaje de Hilarus.
Marcus dejó la horquilla en su sitio.
Salieron juntos.
El patio estaba iluminado por dos lámparas. Philemon aguardaba junto a la fuente con una tablilla sellada. El mensajero permanecía cerca de la entrada, cubierto de polvo y con la túnica oscurecida por el sudor del viaje.
Marcus tomó el mensaje.
—Dale agua y algo de comer —ordenó—. Que descanse antes de regresar.
Philemon acompañó al hombre fuera del patio.
Aelia esperó mientras Marcus rompía el sello. Él se acercó a una lámpara y leyó la tablilla.
No hizo ningún comentario.
La luz proyectaba la sombra de sus pestañas sobre el rostro. Aelia vio cómo volvía al principio del mensaje y lo leía una segunda vez. La mano con la que sostenía la tablilla se tensó. Después su expresión quedó vacía de todo lo que había mostrado en el aposento.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó.
Marcus bajó la tablilla.
Durante un instante, Aelia creyó que volvería a recurrir a una respuesta destinada a tranquilizarla sin informarla.
—Una reparación que esperaba aplazar ya no puede esperar —dijo.
—¿La conducción?
—No. Es otro asunto.
—¿Es grave?
Marcus miró de nuevo el mensaje.
—Lo suficiente para cambiar mis cálculos.
Aelia se acercó. No intentó leer la tablilla desde su mano.
—¿Afecta a la propiedad?
—Sí.
—Entonces también afecta a esta casa.
Marcus levantó los ojos hacia ella.
—Sí.
No le pidió que regresara al aposento. Tampoco aseguró que resolvería el problema solo.
Aelia permaneció a su lado mientras el agua de la fuente seguía cayendo y la tablilla proyectaba una sombra estrecha sobre el suelo.
Lo que había ocurrido entre ellos aquella noche no desapareció.
Pero la obligación acababa de encontrar el camino hasta su puerta.