Un pacto en Roma (Bajo el águila de Roma nº 1) Capítulo 17 - Lo que sucede después #2
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Capítulo 17 - Lo que sucede después #2

El deseo de Marcus resultaba visible en cada interrupción demasiado breve, en la presión de sus manos y en el esfuerzo con que contenía sus movimientos cuando Aelia necesitaba otro ritmo.

Aelia no permaneció pasiva. Lo tocó, lo besó y le indicó sin palabras cuándo quería más. Hubo un instante de torpeza cuando intentaron moverse al mismo tiempo y Marcus quedó medio atrapado en el cobertor.

—No digas nada —advirtió él.

Aelia se mordió el labio para contener una sonrisa.

—No pensaba hacerlo.

—Estás sonriendo.

—Eso no es hablar.

Marcus tiró del cobertor y consiguió liberarlo.

—Recuérdame que pida a Philemon una cama mejor organizada.

—Philemon no aceptará la responsabilidad de esto.

—Es un hombre sensato.

La broma se perdió en otro beso.

Después no hubo espacio para el humor.

Marcus pronunció el nombre de Aelia contra su piel.

Ella lo rodeó con los brazos y dejó de medir el tiempo.

El placer creció de forma lenta y firme, alimentado por la confianza que no había existido durante la primera noche.

Cuando terminó por vencerla, Aelia ocultó el rostro en el hombro de Marcus y se aferró a él.

Marcus no se apartó.

Permaneció junto a ella mientras su respiración recuperaba un ritmo más tranquilo. Después la besó en la sien y acomodó el cobertor sobre ambos.

Aelia esperaba que se levantara.

La primera noche lo había hecho para buscar agua, ajustar la lámpara y ofrecerle una distancia que entonces ella había agradecido. Aquellos cuidados habían sido amables, pero también habían restablecido con rapidez la formalidad entre ellos.

Esta vez Marcus se limitó a estirar un brazo hacia la mesa y acercó la copa que habían dejado preparada.

Bebió primero y se la ofreció.

Aelia tomó un poco sin incorporarse del todo. Cuando devolvió la copa, él la dejó en el suelo.

—Philemon no aprobaría eso —dijo ella.

—No se lo diremos.

Marcus se acomodó de nuevo. Aelia permanecía apoyada contra su pecho, con la cabeza bajo su barbilla y una pierna rozando la de él. Podía haberse apartado. La cama ofrecía espacio suficiente.

No quiso hacerlo.

Marcus trazó con un dedo una línea distraída sobre su brazo.

El silencio no exigía una retirada ni una explicación. Aelia podía escuchar su respiración y el sonido lejano de una puerta cerrándose en otra parte de la casa.

—Fabia se reiría de ti —dijo Marcus.

Aelia levantó el rostro.

—¿Tu hermana?

—Tiene una opinión muy precisa sobre mi incapacidad para dejar objetos en lugares adecuados.

—No he tenido ocasión de hablar mucho con ella.

—Eso te ha protegido de varias historias falsas sobre mi infancia.

—Ahora tendré que invitarla.

—Sería imprudente.

Aelia apoyó la barbilla sobre su pecho.

—¿Qué historias cuenta?

Marcus contempló el techo.

—Cuando yo tenía doce años, aseguró a toda la casa que había elaborado un registro con las horas en que cada miembro de la familia podía utilizar el patio.

—¿Era falso?

—Por supuesto.

—Marcus.

—Solo había anotado las horas en que el sol daba sobre la mesa donde estudiaba.

—Eso no mejora demasiado la historia.

—Mi padre dijo lo mismo.

Aelia imaginó a un Marcus de doce años con una tablilla, intentando ordenar la luz del patio mientras Fabia convertía sus notas en un reglamento doméstico. La imagen resultaba demasiado fácil de creer.

—¿Y qué hizo Cornelia?

—Dejó que Fabia contara la historia durante la cena. Después me preguntó si también pensaba organizar las horas de lluvia.

Aelia rio.

—Ahora entiendo por qué no te atreves a discutir con ella sobre los tejidos.

—He aprendido a elegir mis derrotas.

—No lo parece.

Marcus le dio un leve tirón a un mechón de cabello.

—Tu hermano Publius también disfruta contando historias.

—Publius disfruta comprobando cuánto tarda alguien en interrumpirlo.

—Durante su visita hizo cuatro preguntas seguidas sin esperar respuesta.

—Eso significa que estaba observando quién elegía responder a cada una.

—Tú respondiste a tres.

—Conocía las respuestas.

—Yo también.

Aelia alzó una ceja.

—Entonces fuiste muy disciplinado.

—Intentaba no privarte del placer de hablar por ambos.

—Qué considerado.

Marcus deslizó la mano por su espalda. El gesto no exigía nada; parecía realizado solo porque ella estaba allí.

—Publius te miró después —añadió él.

—Lo hace cuando quiere saber si he cambiado de opinión sobre algo.

—¿Y la habías cambiado?

Aelia recordó a su hermano sentado en el pequeño comedor, contemplando la coordinación entre ella y Marcus con una curiosidad que había procurado disimular.

—Sobre algunas cosas.

Marcus no preguntó cuáles.

Aelia apoyó de nuevo la mejilla contra él. Bajo su oído, el corazón de Marcus latía con un ritmo regular.

—Quiero regresar a la finca —dijo.

—Lo sé.

—No solo para comprobar la conducción.

—También lo sé.

—No puedes saberlo todo sin preguntar.

—Dijiste que creías que regresarías.

—Creerlo no es decidirlo.

La mano de Marcus se detuvo en su espalda.

—¿Lo has decidido?

—Sí.

—Entonces volveremos.

La respuesta fue tan sencilla que Aelia tardó un instante en comprender que no contenía una condición ni una objeción sobre la incomodidad del viaje.

—¿Después de las primeras lluvias?

—Sería un buen momento. Podrías comprobar si Hilarus ha tenido que repetir la explicación.

—La habrá repetido.

—Es posible.

—Dos veces.

—No abuses de una victoria que todavía no has conseguido.

Aelia sonrió contra su piel.

Pensó en la finca bajo una estación distinta.

Imaginó la conducción llena, el patio húmedo, las vides despojadas de hojas y a Hilarus discutiendo con Marcus sobre una reparación.

Se vio recorriendo otra vez los campos, no como una visitante, sino con el conocimiento suficiente para reconocer los caminos y saludar a las personas por su nombre.

Marcus estaba en aquella imagen.

No como una figura necesaria para permitirle el viaje, sino caminando a su lado.