Un pacto en Roma (Bajo el águila de Roma nº 1) Capítulo 17 - Lo que sucede después
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Capítulo 17 - Lo que sucede después

Cornelia había empezado a hablar de los tejidos antes de que Aelia y Marcus ocuparan sus asientos.

—Si el artesano pretende convencerme de que debemos reparar todas las piezas, lo mandaré de vuelta a su taller —dijo—. Alguien capaz de restaurar un bordado debería saber también distinguir entre una clienta y una mujer sin juicio.

Marcus apartó el asiento para que Aelia se acomodara.

—Quizá convenga que Aelia hable primero con él.

—Sin duda. Ella consigue decir lo mismo que yo sin provocar que los hombres salgan corriendo.

Aelia aceptó la copa que Marcus le ofrecía. Sus dedos se rozaron al intercambiarla y, durante un instante, ninguno la soltó.

Cornelia se sirvió una porción de verduras.

—¿Me he perdido algo?

Aelia consiguió retirar la mano sin precipitación.

—Marcus ha llegado antes de la cena.

—Ya lo veo.

—Al parecer, es un acontecimiento poco habitual.

—Antes de casarse, tu marido consideraba suficiente regresar el mismo día en que había salido.

Marcus tomó el pan y lo partió.

—Siempre he regresado cuando era necesario.

—También has creído siempre que eras tú quien decidía cuándo era necesario.

Aelia miró a Cornelia. La mujer había pronunciado la frase con naturalidad, sin intención aparente de iniciar una disputa. Marcus tampoco respondió como si lo considerase un reproche.

—Ahora Philemon puede calentarte la comida a una hora concreta —dijo Aelia.

—Una mejora extraordinaria para toda la casa —repuso Marcus.

Le ofreció el pan. Aelia tomó un trozo, aunque no tenía demasiado apetito.

La conversación continuó alrededor de la valoración de los tejidos, la probable resistencia de Cornelia a desprenderse de algunas piezas y la conveniencia de reparar primero las que pudieran utilizarse con frecuencia.

Aelia intervino cuando debía, hizo preguntas y sostuvo una breve diferencia con Cornelia sobre una cubierta bordada.

Todo resultaba normal.

Solo tenía que evitar mirar la boca de Marcus cuando él hablaba.

No lo consiguió siempre.

Él tampoco mantuvo la atención fija en el plato. En dos ocasiones, Aelia levantó la vista y encontró sus ojos sobre ella. Marcus no sonrió ni hizo ningún gesto que Cornelia pudiera interpretar, pero la segunda vez dejó la copa en la mesa sin haber bebido.

Aelia comprendió que el beso no había quedado encerrado en la noche anterior. Continuaba allí, entre las frases cotidianas, en cada contacto que no llegaba a producirse y en la conciencia de que ambos podían recordar exactamente cómo había comenzado.

Cuando terminaron de cenar, Cornelia se levantó.

—Me retiraré antes de que decidáis prolongar otra discusión hasta que se apaguen las lámparas.

—No estábamos discutiendo —dijo Marcus.

—Entonces la situación debe de ser más grave de lo que pensaba.

Cornelia se despidió de Aelia con una caricia breve en el hombro y salió del comedor. Philemon se acercó para preguntar si deseaban algo más.

—Nada —respondió Marcus.

Aelia miró la mesa. Quedaban dos copas, una lámpara encendida y una fuente con varias aceitunas que ninguno de los dos quería.

Casi la misma escena que la noche anterior.

Esta vez existía una razón para no permanecer allí.

Aelia se puso en pie.

—Buenas noches.

Marcus tardó un instante en responder.

—Buenas noches.

Ella salió sin volver la cabeza.

Atravesó el patio con un paso tranquilo, consciente de que Marcus podía observarla desde el comedor. No oyó que la siguiera. La decepción que sintió fue tan inmediata como injustificada.

Marcus no le había prometido nada.

El beso tampoco lo había hecho.

Helvia había preparado el aposento y encendido una lámpara junto a la cama. Sobre un arcón aguardaba una túnica limpia para la mañana siguiente. El cobertor estaba recogido y los almohadones colocados con una simetría que Aelia alteró en cuanto se sentó.

—Puedo ayudarte con las horquillas —dijo Helvia.

Aelia levantó las manos hacia el cabello y rozó la primera.

—Lo haré yo.

Helvia no se movió enseguida.

—¿Necesitas algo más?

—No. Puedes retirarte.

La joven inclinó la cabeza y salió. Cerró la puerta sin llegar a encajarla por completo.

Aelia retiró una horquilla y la dejó sobre el arcón. Después otra. El cabello empezó a caerle sobre los hombros.

No tenía sentido despedir a Helvia para quedarse a solas desenredando un peinado que ella habría deshecho en pocos minutos. Tampoco lo tenía permanecer sentada con la túnica de la cena, escuchando cada ruido de la casa.

Continuó retirando horquillas.

Oyó pasos en el corredor.

Esta vez no necesitó esperar para reconocerlos.

Marcus apareció en la puerta. Se había quitado el manto y llevaba el estuche que había utilizado aquella mañana. Al verla, se detuvo.

Aelia dejó la última horquilla junto a las demás.

—No esperaba que trajeras documentos.

Marcus miró el estuche, como si acabara de advertir que aún lo llevaba.

—Yo tampoco.

Lo dejó sobre una mesa próxima a la puerta. El objeto golpeó la madera con un sonido seco.

—¿Tienes que trabajar? —preguntó Aelia.

—No.

—Entonces podrías haberlo dejado en otro lugar.

—Sí.

Marcus no intentó explicar por qué no lo había hecho. Cerró la puerta y permaneció junto a ella, con las manos libres y la mirada fija en Aelia.

La lámpara iluminaba solo una parte del aposento. Más allá de la cama, las paredes se perdían en una penumbra cálida. Desde el patio llegaba todavía el murmullo de la fuente, más débil que en el comedor.

Aelia se puso en pie.

—Anoche dijiste que no estabas seguro de poder detenerte en el mismo punto.

La expresión de Marcus se volvió más contenida.

—Lo recuerdo.

—Esta tarde has dicho que tampoco lo estabas.

—Sí.

Aelia sintió el nerviosismo recorrerle el cuerpo, pero no se dejó inmovilizar por él. No era la noche de bodas. No esperaba que Marcus interpretara un silencio ni que dirigiera por ambos lo que debía suceder.

Se acercó hasta quedar frente a él.

—No quiero que te detengas en el mismo punto.

Marcus no la tocó.

—¿Estás segura?

—Sí.

—Aelia…

—No he llegado a esa respuesta porque seas mi marido.

Él sostuvo su mirada. Aelia pudo ver cómo respiraba, cómo su pecho se elevaba bajo la túnica y cómo sus dedos se cerraban una vez junto al cuerpo.

—Lo sé —dijo Marcus.

—Bien.

Aelia apoyó la mano sobre su pecho.

No tuvo que hacer nada más.

Marcus la besó.

La contención de la tarde desapareció en el primer contacto. Le sostuvo el rostro y la atrajo hacia él. Aelia sintió su cuerpo contra el suyo y respondió sin la cautela de la noche anterior.

Sabía ya cómo besaba Marcus cuando intentaba dejarle espacio. Aquello era distinto. Sus manos descendieron desde el rostro de Aelia hasta su cintura y la presión de sus dedos le hizo comprender cuánto esfuerzo había empleado durante la cena en no tocarla.

Ella pasó los brazos alrededor de su cuello.

Marcus interrumpió el beso apenas el tiempo necesario para respirar.

—Puedes pedirme que pare.

—También puedo pedirte que continúes.

Algo cambió en su mirada.

—Continúa —dijo Aelia.

Marcus volvió a besarla.

La condujo hacia la cama, aunque no decidió por ella el último paso. Aelia se sentó y tiró suavemente de la túnica de él para que se acercara. Marcus se inclinó, pero una de las horquillas que ella había dejado sobre el arcón cayó al suelo.

El sonido hizo que ambos miraran hacia allí.

Aelia soltó una risa breve.

—Creía haberlas retirado todas.

—Eso explicaría por qué siempre encuentro alguna en lugares imposibles.

—¿Has encontrado muchas?

—Una junto a mis tablillas. Otra dentro de un pliegue de mi manto.

—No puedo ser responsable de la segunda.

—Era de oro.

—Entonces sí.

La sonrisa de Marcus apareció sin reservas. Aelia no recordaba haberlo visto reír en un momento así. La primera noche, cada uno había vigilado demasiado sus gestos, temeroso de aumentar la incomodidad del otro.

Ahora Marcus recogió la horquilla y la dejó con las demás.

—¿Queda alguna? —preguntó.

Aelia inclinó la cabeza.

—Tendrás que comprobarlo.

Él deslizó los dedos entre su cabello. Lo hizo despacio, desde la sien hasta la nuca, separando los mechones antes de hundir la mano en ellos.

—Ninguna.

—Has tardado demasiado en averiguarlo.

—Quería estar seguro.

Aelia le rozó la mejilla.

—Siempre quieres estar seguro.

Marcus giró el rostro y besó la palma de su mano.

Después ya no hablaron durante un tiempo.

Aelia desató la fíbula que sujetaba la túnica de Marcus. Sus dedos no temblaban como en la noche de bodas, aunque el pulso le latía con fuerza. No esperaba inmóvil a que él decidiera qué hacer. Recorrió con las manos sus hombros, el pecho y la piel descubierta bajo la tela.

Marcus la observaba, pero no intentó apresurarla.

Cuando Aelia levantó los brazos para que le quitara la túnica, él dejó la prenda sobre el arcón en lugar de permitir que cayera al suelo.

—Eso ha sido propio de Philemon —murmuró ella.

—Philemon la habría doblado.

—Todavía estás a tiempo.

Marcus la miró.

—No.

Aelia volvió a reír, aunque la risa terminó convertida en un suspiro cuando él la besó en el cuello.

El contacto despertó un calor que se extendió por su pecho y su vientre. Marcus avanzó con mayor decisión que la primera noche, pero continuó atento a cada reacción. Aelia comprendió que esa atención ya no la hacía sentirse inexperta. Le permitía descubrir qué deseaba y mostrárselo.

Cuando él rozó un punto sensible bajo su pecho, Aelia cubrió su mano con la suya.

Marcus se detuvo.

Ella no la apartó. La guio.

—Así —dijo.

Los ojos de Marcus permanecieron sobre su rostro mientras obedecía.

Aelia sintió una oleada de vergüenza, no por lo que estaban haciendo, sino por la claridad con que había expresado su deseo. La sensación duró poco. Marcus volvió a besarla y el pudor cedió ante algo más fuerte.

También ella prestó atención. Descubrió la respiración que él no conseguía controlar, la forma en que tensaba la mandíbula cuando sus dedos recorrían su espalda y el sonido bajo que dejó escapar cuando Aelia lo atrajo contra sí.

No necesitaba conocer sus pensamientos para saber que no estaba cumpliendo una obligación.