Capítulo 16 - Sin obligación #3
Marcus inclinó apenas la cabeza y se marchó.
Cornelia se sirvió vino.
—Nunca avisaba de cuándo regresaría.
Aelia tomó una aceituna y separó la pulpa del hueso con más atención de la necesaria.
—Tal vez ahora Philemon se lo exige.
—Philemon lleva años exigiéndoselo.
Cornelia no añadió nada más. Tampoco miró a Aelia con esa curiosidad insistente que habría convertido la observación en una pregunta. Empezó a hablar de los tejidos y de una cubierta bordada que su madre había apreciado especialmente.
Aelia escuchó, formuló las preguntas necesarias y acordó con ella esperar la valoración del artesano. No obstante, una parte de su atención permaneció fija en la puerta por la que Marcus había salido.
No había sabido que antes nunca anunciaba su regreso.
Otra costumbre que había cambiado.
Otra conducta que podía explicarse de dos maneras.
Durante el resto de la mañana, Aelia se descubrió pensando en Marcus en momentos que no lo requerían.
Mientras revisaba con Philemon las provisiones, recordó la forma en que él había cerrado la mano sobre la suya.
Cuando acompañó a Cornelia al almacén donde se guardaban las cubiertas, volvió a sentir la presión contenida de unos dedos en su nuca.
Más tarde, al cruzar el patio, oyó pasos en el corredor y se volvió antes de reconocer que pertenecían a uno de los esclavos.
Aquella atención la irritaba porque no podía gobernarla mediante argumentos.
Había elegido casarse con Marcus después de considerar consecuencias, condiciones y riesgos.
Había elegido entrar en la casa Fabius y participar en sus decisiones.
Incluso la primera noche había podido ordenar sus temores dentro de una realidad comprensible.
El deseo carecía de aquella disciplina.
No le preguntaba si era prudente esperar los pasos de Marcus. Tampoco distinguía entre las atenciones de un esposo correcto y las de un hombre que la deseaba.
Aelia sabía ya que Marcus la deseaba. El beso había eliminado cualquier duda al respecto.
Lo que no sabía era qué significaba para él ese deseo cuando abandonaba el comedor.
Cerca de la hora de la cena, Aelia regresó al patio con una tablilla que no necesitaba consultar. La dejó sobre el borde de una mesa y se sentó junto a la fuente. El aire conservaba el frescor de la tarde. En algún punto de la calle, un vendedor pregonaba los últimos panes con una voz gastada.
Los pasos de Marcus sonaron en el corredor poco después.
Aelia no se volvió enseguida.
Él entró en el patio, entregó su manto a un esclavo y dijo algo a Philemon. Solo entonces se acercó a la fuente.
—He llegado antes de la cena.
—Eso parece.
—No quería hacer esperar a Philemon.
—Ha debido de impresionarte mucho su sufrimiento.
Marcus miró la tablilla cerrada.
—¿Trabajas?
—No.
—¿Esperas a alguien?
Aelia levantó el rostro.
—Sí.
Marcus se quedó inmóvil.
Ella dejó que el agua llenara el silencio durante un instante.
—Aunque ya ha llegado —añadió.
Marcus ocupó el asiento a su lado. No había nadie más en el patio, pero las puertas permanecían abiertas y en cualquier momento podía aparecer un esclavo o Cornelia. La cercanía no tenía nada de escandaloso. Eran marido y mujer.
Aun así, Aelia sintió la misma alteración de la noche anterior.
—Anoche te marchaste con mucha prisa —dijo.
—No fue prisa.
—Revisaste dos veces un estuche.
—Estaba mal cerrado.
—Lo habías cerrado tú.
Marcus miró el agua de la fuente.
—No estaba seguro de cuánto duraría mi prudencia.
La admisión fue más directa de lo que Aelia esperaba.
—¿Y ahora lo estás?
Él volvió el rostro hacia ella.
—No.
Aelia sintió que algo se liberaba bajo sus costillas. No era seguridad. La seguridad habría exigido saber qué lugar ocupaba ella en la vida de Marcus y qué significaba para él aquel matrimonio más allá de los pactos que lo habían hecho posible.
Pero la falta de seguridad ya no se parecía a la soledad.
Marcus apoyó una mano sobre el banco, entre ambos. La dejó allí, sin buscarla.
Aelia contempló sus dedos.
—No me arrepiento —dijo.
—Yo tampoco.
No era una declaración. No prometía nada para el día siguiente ni explicaba qué parte del cuidado de Marcus nacía del afecto y cuál de su sentido del deber.
Bastaba por el momento.
Aelia colocó su mano sobre la de él.
Marcus entrelazó los dedos con los suyos.
Desde el comedor llegó la voz de Cornelia reclamando que no pensaba esperar a nadie, por muy interesantes que fueran sus conversaciones.
Aelia sonrió.
—Tenemos una razón práctica para levantarnos.
—Por desgracia.
Marcus se puso en pie sin soltarla y la ayudó a levantarse. Aelia quedó frente a él, más cerca de lo necesario. Durante un instante creyó que volvería a besarla.
Marcus solo llevó su mano hasta los labios y rozó sus nudillos.
El gesto podía pertenecer a la cortesía.
La mirada con que lo acompañó, no.
Aelia entró con él en el comedor.
El beso de la noche anterior no había convertido su matrimonio en algo que pudiera nombrar. Tampoco le había dado certeza alguna sobre Marcus.
Había hecho algo más incómodo.
Había eliminado la obligación como única respuesta posible.