Capítulo 16 - Sin obligación #2
Hasta entonces había podido distinguir con bastante claridad cada parte de su matrimonio.
El acuerdo protegía a los Fabii y ofrecía a Aelia una casa donde su voz tenía valor.
La convivencia exigía cortesía. El lecho compartido respondía a una obligación que Marcus había tratado con cuidado.
La atención que él prestaba a sus observaciones podía explicarse mediante respeto o buen juicio.
El beso no servía a ninguna de esas funciones.
No mejoraba la finca. No satisfacía a Lucius. No reparaba las cubiertas guardadas ni preservaba las apariencias ante Cornelia. Nadie había estado presente para exigirlo.
Marcus lo había querido.
Ella también.
Aelia apagó la lámpara antes de retirarse, aunque no le correspondía hacerlo. Necesitaba una acción sencilla que devolviera a sus manos alguna utilidad.
No la encontró.
A la mañana siguiente, Marcus estaba en el comedor antes que ella.
La luz entraba oblicua desde el patio y arrancaba reflejos pálidos al borde de la mesa. Habían dispuesto pan, queso, aceitunas y una jarra pequeña de vino aguado. Marcus tenía abierta una tablilla junto al plato. Al verla aparecer, la cerró.
—Buenos días —dijo.
Su voz sonó igual que cualquier otra mañana.
Aelia tomó asiento frente a él.
—¿Ha sobrevivido la finca hasta el amanecer?
—Hilarus no ha enviado noticias de su destrucción.
—Tal vez espere hasta una hora más decorosa.
Marcus sirvió vino en la copa de ella antes de llenar la suya. Era un gesto habitual. Lo había hecho otras mañanas sin que Aelia lo considerase más que una forma de cortesía doméstica.
Ahora siguió el movimiento de sus manos.
—Le he respondido —dijo él—. Le he indicado que explique a Sabinus y a Celsus que la revisión futura se limitará a las obligaciones de trabajo.
Aelia alzó la vista.
—Creí que solo habías aceptado una parte de mi propuesta.
—Esta es la parte que acepté.
—¿Y la otra?
—Hilarus no repetirá la explicación salvo que resulte necesario.
—Será necesario.
—Entonces podrá hacerlo sin que yo lo ordene por anticipado.
Aelia partió un trozo de pan.
La conversación era normal. Podrían haberla mantenido la mañana anterior. Marcus discrepaba con la misma serenidad, la escuchaba con la misma atención y dejaba el asunto abierto sin mostrar impaciencia.
Solo que Aelia conocía ahora el tacto de su boca cuando no existía obligación alguna.
Marcus acercó hacia ella el plato de queso. Sus dedos no llegaron a tocarse.
—Philemon ha encontrado un artesano que puede revisar los tejidos guardados —dijo—. Vendrá dentro de dos días para valorar qué merece la pena reparar.
—Cornelia querrá estar presente.
—Lo imaginé.
—¿Por qué?
—Porque me lo habría reprochado durante meses si permitiera que alguien decidiese sobre esas telas sin consultarla.
Aquello también era normal. Marcus recordaba las preferencias de su hermana, anticipaba su reacción y organizaba la casa para evitarle una pérdida que no estaba dispuesto a nombrar como tal.
—¿Haces lo mismo conmigo? —preguntó Aelia.
Él dejó la copa.
—¿Consultar qué tejidos quieres conservar?
—Anticipar lo que podría molestarme.
Marcus guardó silencio un instante.
—Cuando puedo.
—¿Porque soy tu esposa?
La pregunta quedó sobre la mesa con más claridad de la que Aelia había pretendido.
Marcus se recostó ligeramente en el asiento. No apartó la mirada.
—Eso me obliga a prestar atención a algunas cosas.
Era una respuesta cuidadosa. Demasiado.
—¿Y a las demás?
—No he encontrado todavía una norma que las ordene.
Aelia bajó la mirada hacia el pan. Podía preguntar si el beso pertenecía a las primeras o a las segundas. Sabía, sin embargo, que cualquier respuesta directa reduciría lo ocurrido a una definición que quizá ninguno de los dos estaba preparado para sostener.
—Deberías elaborar una tablilla —dijo—. Pareces confiar en ellas.
—No para todo.
La frase fue sencilla, pero la forma en que Marcus la pronunció hizo que Aelia volviera a mirarlo.
Él sostuvo sus ojos. Después tomó una aceituna, como si no hubiera dejado nada más entre ambos.
Cornelia entró en aquel momento acompañada por una esclava que cargaba un pequeño cesto de lana. Se detuvo al verlos.
—Espero no haber interrumpido una discusión.
—Marcus se ha rendido sobre las explicaciones de Hilarus —dijo Aelia.
—He aceptado que dé una —corrigió él.
Cornelia ocupó el asiento libre.
—Entonces Aelia ha ganado.
—No todas las diferencias producen un vencedor.
—Eso dicen quienes pierden —repuso Cornelia.
Marcus tomó la tablilla y se levantó.
—Debo salir.
Aelia observó cómo guardaba el punzón. La noche anterior había utilizado el mismo gesto como una excusa; aquella mañana lo hacía porque de verdad tenía asuntos fuera de casa. No existía ninguna diferencia visible entre ambas cosas.
Al pasar tras ella, Marcus apoyó los dedos en el respaldo de su asiento.
No la tocó.
—Volveré antes de la cena —dijo.
Podía dirigirse a las dos. Aelia no estaba segura.
—Philemon lo agradecerá —respondió Cornelia—. Ayer tuvo que mantener caliente tu comida demasiado tiempo.
Marcus miró a Aelia.
—Procuraré no hacerle esperar.
Ella entendió la frase que él había elegido no pronunciar.
—Hazlo —dijo.