Un pacto en Roma (Bajo el águila de Roma nº 1) Capítulo 16 - Sin obligación
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Capítulo 16 - Sin obligación

Aelia no supo cuánto tiempo permanecieron así.

El agua seguía cayendo en la fuente del patio con un ritmo tan regular que parecía medir el silencio. Una de las lámparas crepitó. La llama se inclinó dentro del pequeño pico de barro y volvió a erguirse, dejando un hilo oscuro en el aire.

La cena había terminado. La tablilla estaba apartada. No quedaban decisiones que tomar ni mensajes que responder aquella noche.

Marcus podía levantarse.

Ella también.

La mano de Aelia descansaba sobre el asiento, a poca distancia de la suya. Había sido fácil dejarla allí mientras hablaban. Retirarla ahora habría sido una decisión demasiado visible.

Marcus bajó la mirada hacia el espacio que las separaba.

—Parece que hemos agotado el asunto —dijo.

—No del todo. Sigues creyendo que Hilarus no debería explicar nada.

—Creo que no debería explicar demasiado.

—Una diferencia considerable.

—Según quién escuche.

Aelia contuvo una sonrisa.

—Sabinus escuchará lo que más le convenga.

—Y Celsus lo que más le preocupe.

—Entonces será mejor que Hilarus diga lo mismo dos veces.

—Eso convertiría una aclaración en un discurso.

—No es necesario que todos los hombres capaces de pronunciar tres frases crean estar dando un discurso.

Marcus volvió la cabeza hacia ella. La luz suavizaba la línea severa de su rostro, pero no ocultaba el cansancio acumulado en torno a los ojos. Aelia había aprendido a reconocerlo sin que él lo mencionara. También había aprendido que señalarlo solo conseguía que Marcus enderezase los hombros.

—Me sorprende que aún quieras prolongar esta discusión —dijo él.

—No la estoy prolongando. Estoy disfrutándola.

La respuesta salió antes de que Aelia pudiera examinarla. No era una confesión, ni siquiera una frase especialmente comprometida. Sin embargo, una vez dicha, alteró algo en el pequeño comedor.

Marcus no contestó de inmediato.

Su mano seguía junto a la de ella. Bastaba un movimiento de cualquiera de los dos para eliminar aquella cercanía o convertirla en contacto.

—Eso explica muchas cosas —dijo al fin.

—¿Cuáles?

—Tu empeño en encontrar defectos en mis decisiones.

—No necesito empeñarme demasiado.

La sonrisa de Marcus apareció apenas, más clara en los ojos que en los labios.

Aelia conocía ya aquella expresión. La había visto durante el viaje, en la finca y en las conversaciones nocturnas de los últimos días. Siempre había desaparecido con rapidez, como si perteneciera a una parte de él que no convenía mostrar durante demasiado tiempo.

Aquella noche no desapareció enseguida.

Marcus giró la mano y dejó la palma hacia arriba entre ambos.

No la tocó.

Aelia observó sus dedos, las callosidades discretas que no correspondían del todo a un hombre criado para administrar tierras y documentos, y la pequeña cicatriz junto al pulgar.

Recordó aquella misma mano sosteniendo la suya en la finca.

Entonces había existido una razón: ayudarla a cruzar el terreno irregular, impedir que perdiera el equilibrio, conducirla bajo una viga baja.

Ahora no había ninguna.

Apoyó las yemas de los dedos en su palma.

Marcus cerró la mano con lentitud.

El contacto resultó más perturbador que el de la noche de bodas.

Entonces Aelia había sabido qué se esperaba de ambos.

Había sentido nervios, curiosidad y una inquietud que Marcus se había esforzado por no aumentar, pero el camino estaba trazado de antemano.

El matrimonio exigía una consumación. Podían tratarla con cuidado o con torpeza, aplazarla o afrontarla, pero su significado era reconocible.

Aquello no lo era.

Marcus acarició una vez el lateral de su dedo índice. Después se inclinó hacia ella.

No lo hizo de forma brusca. Tampoco cubrió la distancia entera.

Se detuvo cuando aún quedaba entre ambos espacio suficiente para que Aelia volviera el rostro o retirara la mano. Ella percibió su respiración, el olor tenue del vino y el aire frío que había quedado prendido en su túnica al cruzar el patio.

Marcus esperó.

La pausa fue breve, pero inequívoca.

Aelia pudo apartarse.

No lo hizo.

Levantó el rostro y redujo ella misma la última distancia.

El primer contacto de sus labios fue leve, casi una pregunta. Marcus no aumentó la presión hasta que Aelia sujetó con mayor firmeza su mano. Entonces volvió a besarla.

No se parecía a lo ocurrido ante los testigos de la boda. Tampoco a los besos inseguros y contenidos de la primera noche. No había voces al otro lado de una puerta, familiares aguardando una señal ni obligación alguna que pudiese justificarlo después.

Marcus llevó la mano libre hasta el rostro de Aelia. Le rozó la mejilla con los dedos y la sostuvo bajo la mandíbula. El gesto tenía una cautela que no disminuía el deseo; lo hacía más claro.

Aelia cerró los ojos.

El beso se demoró. Marcus inclinó el rostro y ella sintió que la mano que la sujetaba se tensaba. Podía escuchar la fuente, la llama de la lámpara y el golpe irregular de su propia respiración, pero todo parecía haberse alejado del lugar donde estaban.

Cuando Marcus se retiró, no llegó muy lejos.

Aelia abrió los ojos. Él la miraba desde una distancia que todavía no era prudente. Su pulgar permanecía junto a la curva de su mandíbula.

—Aelia —dijo.

Ella no quería que pronunciara una explicación. Mucho menos una disculpa.

Sujetó el borde de su túnica y volvió a besarlo.

Esta vez no hubo pregunta.

Marcus respondió de inmediato. La mano que retenía la de ella se deslizó hasta su muñeca, mientras la otra descendía desde su rostro hasta la nuca. Aelia percibió la firmeza contenida de sus dedos y la forma en que él parecía medir cada movimiento incluso cuando ya no podía fingir indiferencia.

Ella tampoco quiso medir el suyo.

Se acercó más. El asiento resultaba demasiado estrecho para la distancia que habían mantenido hasta entonces y demasiado amplio para la que deseaba ahora. Su rodilla quedó junto a la de Marcus. La tela de las túnicas apenas amortiguó el contacto.

Aelia sintió el impulso de avanzar todavía más.

Marcus interrumpió el beso.

Permaneció inmóvil, con la frente casi apoyada contra la de ella. Respiró una vez, profundamente, antes de retirar la mano de su nuca.

La pérdida del contacto resultó inmediata.

Aelia dejó que la tela de la túnica escapara de sus dedos.

—Parece que también hemos agotado este asunto —dijo, porque callar habría hecho demasiado evidente cuánto la había alterado.

Marcus soltó una exhalación que podía haber sido una risa.

—No emplearía ese verbo.

—Has sido tú quien se ha apartado.

—Sí.

No ofreció ninguna explicación. Su mano continuaba alrededor de la muñeca de Aelia, pero la presión había disminuido.

Ella miró hacia la lámpara. La llama se había estabilizado. Fuera del comedor, la casa guardaba el silencio atento de las horas en que los esclavos procuraban no hacerse notar y aun así permanecían al alcance de una llamada.

—Hilarus espera una respuesta —dijo Marcus.

La vuelta repentina a la finca fue tan poco hábil que Aelia lo miró.

—Mañana.

—Al amanecer.

—La conducción está reparada, el almacén vacío y Celsus tiene las herramientas. No creo que la propiedad se derrumbe antes de que salga el sol.

—No era eso lo que quería decir.

—Me tranquiliza saberlo.

Marcus liberó por fin su muñeca.

El frío ocupó el lugar de sus dedos.

Se levantó y caminó hacia la mesa donde había dejado el estuche. Sus movimientos recuperaron una precisión excesiva: cerró la correa, comprobó el nudo y colocó debajo una tablilla que ya estaba bien colocada.

Aelia lo observó sin decidir si aquello era prudencia o retirada.

—¿Siempre revisas dos veces un estuche después de besar a una mujer? —preguntó.

Marcus dejó de ajustar la correa.

—No dispongo de suficientes casos para establecer una costumbre.

—Una respuesta muy conveniente.

—Y exacta.

Aelia se puso en pie. El comedor pareció cambiar de tamaño cuando ambos estuvieron frente a frente. Había espacio de sobra para moverse sin rozarse, pero Marcus tuvo que pasar cerca de ella para dirigirse a la puerta.

Se detuvo a su lado.

—No me estoy disculpando —dijo.

—Eso habría sido ofensivo.

—Lo supuse.

—Pero te marchas.

Marcus miró hacia el corredor oscuro. Después volvió el rostro hacia ella.

—Si me quedo, no estoy seguro de que volvamos a detenernos aquí.

No había nada equívoco en la frase. Aelia sintió que el calor le ascendía por el cuello, aunque mantuvo la mirada.

—Ya nos hemos detenido.

—Precisamente.

La respuesta podía significar consideración. También podía significar que Marcus se arrepentía de haber permitido que la situación avanzara tanto. Aelia no encontraba en su expresión ninguna certeza capaz de resolver la diferencia.

—No tienes que protegerme de una decisión que he tomado —dijo.

—Lo sé.

—No parece que lo sepas.

Marcus dejó el estuche sobre la mesa otra vez.

—Te he dado la oportunidad de apartarte.

—Y no lo he hecho.

—No.

Sus ojos descendieron un instante hacia la boca de Aelia.

—Eso no convierte todo lo que pudiera ocurrir después en una misma elección —añadió.

Aelia no pudo discutirlo. Era exactamente el argumento que habría utilizado ella en cualquier otro asunto: aceptar una cosa no obligaba a aceptar la siguiente.

Quizá por eso la irritaba escucharlo en aquel momento.

—Tienes una molesta tendencia a ser razonable cuando menos lo deseo.

—Me habías asegurado que disfrutabas discutiendo conmigo.

—No significa que disfrute perdiendo.

—No has perdido.

—Entonces tampoco has ganado tú.

Marcus tomó de nuevo el estuche.

—En eso estamos de acuerdo.

Pasó junto a ella, pero antes de cruzar el umbral le rozó los dedos con los suyos. No intentó sujetarla. El contacto duró apenas lo necesario para que no pudiera atribuirlo al azar.

Luego se marchó.

Aelia permaneció en el comedor hasta que dejó de oír sus pasos.

La casa no había cambiado. La lámpara seguía sobre la mesa, el agua caía en el patio y la vajilla retirada dejaba en el aire el olor tenue de las aceitunas y las hierbas. Sin embargo, todo parecía ligeramente fuera de lugar.

O quizá era ella quien había dejado de encajar en el orden anterior.