Capítulo 15 - Hábitos #3
Ya reconocía cuándo daba una orden, cuándo formulaba una pregunta y cuándo una respuesta no lo convencía. Reconocía también el sonido de sus pasos en el corredor. Aquella tarde, cuando salió para atender otros asuntos, Aelia supo cuánto tardaría aproximadamente en volver.
Se dijo que necesitaba consultarle una cuestión relacionada con las cubiertas bordadas.
Al caer la tarde, la cuestión ya estaba resuelta con Cornelia.
Aun así, siguió oyendo cada vez que alguien se detenía ante la puerta.
Marcus regresó cuando las lámparas estaban encendidas.
Aelia se encontraba en el comedor pequeño con una tablilla sobre las rodillas. Había intentado revisar las peticiones del día siguiente, pero llevaba demasiado tiempo detenida en la misma línea.
Reconoció sus pasos antes de que apareciera.
Marcus entró sin toga. La llevaba doblada sobre el antebrazo, y Philemon se acercó para recogerla. Había regresado con el rostro más tenso que aquella mañana. Aelia cerró la tablilla.
—¿Has cenado?
—Todavía no.
—Han guardado comida.
Marcus asintió, pero no se sentó de inmediato. Dejó el estuche de documentos en una mesa y permaneció junto a la abertura del patio. Aelia recordó lo aprendido durante aquellos días: cuando regresaba preocupado, las preguntas inmediatas solo conseguían que sus respuestas fueran más breves.
Esperó.
Un sirviente llevó pan, queso, aceitunas y carne fría. Marcus se lavó las manos, ocupó el lugar frente a ella y comió en silencio durante unos minutos.
—Hilarus ha enviado un mensaje —dijo al fin.
Aelia dejó el estilete.
—¿Ha terminado la reparación?
—La conducción ya está abierta. El agua corre con normalidad. Sabinus ha vaciado el almacén y Celsus ha recibido las herramientas.
—Ha sido rápido.
—Hilarus deseaba demostrar que el escriba no era el único hombre capaz de cumplir un plazo.
—¿Y las condiciones de la vivienda?
—Escritas por separado.
Aelia esperó. Marcus bebió un poco de agua.
—Quiere que revisemos el acuerdo después de las primeras lluvias, tal como dispusimos. Propone, además, que Celsus informe cada mes del estado del canal.
—¿A ti?
—A Hilarus. Yo recibiré una copia cuando sea necesario.
—Eso parece razonable.
—Lo es.
El tono indicaba que quedaba algo más.
—Pero no estás de acuerdo con todo.
Marcus tomó un trozo de pan.
—Hilarus quiere explicar a las dos familias que la revisión solo afectará a las responsabilidades de trabajo. Considera que así evitará nuevas inquietudes sobre la vivienda.
—Estoy de acuerdo con él.
—Ya está escrito.
—Sabinus no temía una tablilla. Temía lo que los demás pudieran decidir mientras él no estaba presente.
—Precisamente por eso se escribió.
—Y precisamente por eso conviene decírselo.
Marcus apoyó el pan.
—Si cada cláusula escrita necesita una explicación verbal, el documento pierde parte de su función.
—Solo si la explicación lo contradice.
—También si crea la impresión de que las condiciones siguen abiertas a negociación.
Aelia dejó la tablilla a un lado.
—Puedes decirle que la vivienda no se revisará sin invitarlo a negociar otra vez.
—Hilarus puede hacerlo.
—Entonces estamos de acuerdo.
—No exactamente. Creo que es innecesario.
—Y yo creo que será útil.
Marcus la observó durante un instante.
—Has regresado de la propiedad con una gran confianza en las conversaciones.
—Tú has regresado con una confianza aún mayor en los documentos.
—Los documentos no olvidan lo acordado.
—Las personas tampoco olvidan aquello que temen.
Marcus bebió agua. Aelia creyó advertir el principio de una sonrisa, aunque desapareció antes de formarse por completo.
—Pediré a Hilarus que se lo explique —dijo—, pero sin convocar otra reunión.
—Yo no he pedido una reunión.
—Todavía.
—No pensaba hacerlo.
—Eso reduce considerablemente mi preocupación.
Aelia intentó mantener la seriedad y fracasó.
—No has cedido.
—He aceptado una parte de tu propuesta.
—La parte que ya había propuesto Hilarus.
—Resulta tranquilizador que alguien en la propiedad comparta mi criterio.
—Hilarus quería hablar con las familias.
—Deberíamos evitar convertirlo en árbitro de esta discusión.
Marcus terminó el pan. La comida había concluido y la conversación también podría haberlo hecho. Aelia no tenía otra pregunta. Él podía llevar el estuche de documentos a la sala del atrio. Ella podía retirarse a sus aposentos.
Ninguno se movió.
Desde el patio llegó el murmullo del agua. Una lámpara osciló cuando una corriente leve atravesó el comedor y la llama proyectó una sombra móvil sobre el rostro de Marcus.
Aelia apoyó la mano sobre el asiento, cerca de la de él, sin llegar a tocarlo.
La formalidad de sus primeros encuentros no había desaparecido de golpe.
Se había desgastado durante las comidas, en el carruaje, ante una conducción obstruida y alrededor de una mesa demasiado pequeña para mantener distancias cómodas.
Ahora sabía cuánto silencio necesitaba Marcus antes de hablar.
Él recordaba observaciones que ella misma olvidaba haber hecho.
Discutían sin preparar cada frase y podían reírse sin preguntarse qué significaba.
Aelia había esperado sus pasos aquella tarde.
La certeza permaneció entre ambos mientras la lámpara seguía ardiendo y ninguno encontraba una razón práctica para marcharse.