Un pacto en Roma (Bajo el águila de Roma nº 1) Capítulo 15 - Hábitos #2
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Capítulo 15 - Hábitos #2

Philemon levantó la vista.

—¿Debo modificar la lista, señora?

La pregunta iba dirigida a Cornelia. Esta miró a Aelia.

—La decisión corresponde a la dueña de la casa.

Durante un instante, Aelia pensó que se refería a ella misma. Después comprendió.

Cornelia cerró la tapa del cofre.

—Dile qué necesitas —añadió—. Yo procuraré que Publius no convenza a Marcus para abrir el mejor vino antes de la comida.

Aelia sintió el peso de la decisión sin que la aplastara.

—Usaremos el comedor pequeño. Nada de flores compradas. Las del patio bastarán si se cortan pocas. La bandeja de plata puede quedarse guardada.

Philemon anotó las instrucciones.

—¿El pescado?

Aelia miró la lista.

—Menos cantidad. Añade huevos y aceitunas. Publius hablará tanto que la comida se enfriará.

—Lo tendré en cuenta.

Cornelia se dirigió hacia la puerta. Antes de salir, se detuvo.

—Las cubiertas pueden repararse por partes —dijo Aelia—. Sin prisa. Helvia conoce a una bordadora que trabaja bien; la mencionó cuando revisamos mi manto.

Cornelia la observó.

—¿Quieres restaurarlas?

—Quiero saber cuánto costaría conservarlas. Después decidiremos si merece la pena.

Su suegra inclinó la cabeza.

—Después decidiremos.

No le dio las gracias. Aelia agradeció que no lo hiciera.

Aelia Tertulla llegó al día siguiente poco antes de la comida. Publius entró detrás de ella con el manto doblado sobre un brazo y la expresión de quien consideraba que cualquier casa resultaba más entretenida por su mera presencia.

Abrazó a Aelia con más afecto del que la corrección permitía y después saludó a Cornelia.

—Mi madre me ha obligado a venir vestido como un hombre respetable.

—Tu madre posee una fe admirable —respondió Cornelia.

Publius se llevó una mano al pecho.

—Empiezo a comprender de dónde procede el humor de Marcus.

—No procede de mí. Yo sé cuándo conviene utilizarlo.

Marcus apareció desde la sala próxima al atrio. Saludó a Aelia Tertulla y estrechó el antebrazo de Publius.

—¿Cuánto tiempo permanecerás en Roma?

—Hasta que Titus encuentre una tarea para mí o mi padre descubra que he vuelto.

—Entonces deberíamos ofrecerte alojamiento —dijo Marcus—. Tu estancia será breve.

Publius soltó una carcajada.

Aelia observó a su marido. El rostro de Marcus apenas había cambiado, pero había una relajación distinta en su postura. En la propiedad se había mostrado menos formal con ella; en Roma empezaba a hacerlo también ante su familia.

Durante la comida, Publius quiso conocer cada detalle del viaje. Aelia le habló de la casa principal, del tejado y de la conducción de agua. Evitó mencionar cuestiones que no le correspondían, pero no esperó a que Marcus respondiera por ambos.

—Así que fuiste a una finca para observar una reparación y regresaste administrando viviendas —dijo Publius.

—No administré ninguna vivienda.

—Eso suena exactamente a lo que diría alguien que ha administrado una vivienda.

—Aelia detectó una consecuencia que nosotros habíamos pasado por alto —intervino Marcus.

Publius miró primero a él y después a Aelia.

—Eso también suena grave. Marcus reconoce que ha pasado algo por alto y mi hermana no intenta fingir que ha sido casualidad.

—Come —dijo Aelia.

—Lo hago. Pero habéis decidido darme huevos en lugar de suficiente pescado.

Marcus acercó a Publius la fuente que aún contenía dos porciones.

—Tu hermana dijo que dejarías enfriar la comida mientras hablabas.

Aelia volvió la cabeza hacia él.

—No sabía que se lo hubieras contado.

—No lo hizo —respondió Cornelia—. Lo oyó cuando Philemon comunicó las disposiciones de la mesa.

Publius tomó una porción de pescado.

—Eso es aún peor. Ya escucha instrucciones domésticas.

—A veces contienen información útil —dijo Marcus.

Aelia Tertulla había participado poco en el intercambio. Ahora miró a su hija con una atención tranquila.

—El comedor pequeño ha sido una buena elección.

—Se escucha mejor —respondió Aelia.

—Lo mencionaste la noche que volvimos —dijo Marcus—. Dijiste que mi madre permanece más tiempo a la mesa cuando no tiene que esforzarse para seguir varias conversaciones.

Aelia recordó el momento. Había sido una observación casual, pronunciada mientras Cornelia se retiraba después de la cena. Ni siquiera estaba segura de haberla dirigido a él.

Marcus había dispuesto que la visita se celebrara allí por esa razón. No era un obsequio, ni un gesto destinado a agradarla. Había escuchado algo pequeño y lo había incorporado a una decisión.

Aelia Tertulla no hizo ningún comentario. Sin embargo, cuando Marcus le ofreció más vino a Cornelia antes de servirse a sí mismo, la madre de Aelia volvió a mirarla.

Aquella mirada no buscaba una explicación. Parecía comprobar algo.

Aelia se concentró en su copa.

La visita terminó a media tarde. Publius prometió regresar antes de abandonar Roma y Cornelia le advirtió que una amenaza seguía siendo una amenaza aunque se pronunciara con afecto.

Cuando la puerta se cerró, Aelia acompañó a su madre hasta el carruaje. Aelia Tertulla dejó que el sirviente acomodara el escabel antes de volverse hacia ella.

—Estás distinta.

Aelia sintió la antigua tentación de ofrecer una respuesta tranquilizadora.

—He pasado varios días en un carruaje. Es difícil salir de esa experiencia sin algún cambio.

Su madre no sonrió.

—Has hablado de la finca como si fueras a regresar.

—Marcus tendrá que hacerlo.

—No me refería a él.

Aelia miró hacia la puerta de la casa. Philemon daba instrucciones para retirar el escabel. Desde el interior llegó la voz de Publius, que había olvidado una tablilla y culpaba a la comida.

—Sí —dijo Aelia—. Creo que regresaré.

Aelia Tertulla le tocó brevemente la mejilla.

—Entonces la próxima vez me contarás lo que hayas decidido hacer allí.

No preguntó qué decidiría Marcus. Aelia advirtió la diferencia.

El carruaje se alejó. Cuando entró de nuevo, encontró a Marcus junto al impluvio con la tablilla olvidada por Publius.

—Tu hermano sostiene que la dejó porque Philemon lo distrajo.

—Publius considera injusto que los objetos no lo sigan por voluntad propia.

—Debe de ser agotador pertenecerle.

Marcus entregó la tablilla a un muchacho para que corriera tras el carruaje. Aelia lo vio marcharse hacia la sala donde lo esperaban varios documentos.

La casa recuperó su ritmo. Philemon supervisaba la retirada de la mesa; Cornelia había subido a sus aposentos; en la cocina se distribuían los restos. Aelia podría haber acompañado a Helvia al cuarto de ropa o revisar las peticiones para el mercado.

En vez de eso, permaneció unos instantes en el atrio, escuchando la voz de Marcus al otro lado de la puerta.