Capítulo 15 - Hábitos
Cuando el carruaje cruzó la puerta de Roma, Aelia descubrió que ya no contemplaba la ciudad como quien regresa al lugar que nunca ha abandonado.
Reconoció el aumento del ruido antes de distinguir las primeras calles abarrotadas.
El golpeteo de las ruedas sobre el pavimento se mezclaba con las voces de los vendedores, el choque de las ánforas descargadas junto a una taberna y las protestas de un carretero obligado a detenerse.
Tras dos días en la propiedad del Lacio, el aire de Roma le pareció más espeso.
Olía a humo, aceite caliente, animales y piedra calentada por el sol.
Helvia apartó un poco la cortina del carruaje.
—Falta poco.
Aelia asintió. Llevaba buena parte del trayecto deseando llegar y, sin embargo, al reconocer la calle donde se encontraba la casa Fabius, sintió una resistencia inesperada.
En la finca había empezado a comprender a Marcus de una manera distinta.
Allí lo había visto trabajar, corregir una decisión y aceptar que ella podía percibir aquello que se le escapaba.
Volver a Roma significaba comprobar si esa cercanía sobreviviría a las obligaciones ordinarias.
El carruaje se detuvo.
Marcus había recorrido el último tramo a caballo. Cuando Aelia descendió, él ya estaba junto a la puerta, hablando con Philemon sobre el equipaje. Llevaba polvo en el borde de la túnica y el cabello se le había desordenado bajo el manto, pero su voz conservaba la precisión habitual.
—El cofre pequeño debe ir al aposento —indicó—. El estuche de documentos, a la sala del atrio.
Philemon se volvió hacia Aelia.
—¿Y el resto de sus pertenencias, señora?
Durante sus primeros días en aquella casa, había consultado a Marcus incluso las decisiones que afectaban únicamente a sus vestidos. Esta vez Philemon la miraba a ella.
—Que lleven la ropa de viaje al cuarto de lavado. Helvia revisará lo que necesite limpieza antes de guardarlo.
—Así se hará.
Cornelia los recibió en el atrio. No había ordenado colocar la mesa tallada ni sacar la bandeja de plata que reservaba para las visitas. Llevaba una túnica de lana clara y solo un broche sencillo en el hombro. Besó a su hijo y después tomó las manos de Aelia entre las suyas.
—Habéis tardado más de lo previsto.
—Una rueda empezó a quejarse antes de la última parada —respondió Marcus.
—Las ruedas se quejan porque saben que siempre consiguen atención.
Él inclinó la cabeza.
—Una costumbre que comparten con muchas personas.
Aelia miró a Cornelia, preparada para suavizar la observación, pero su suegra sonrió.
—Has pasado demasiado tiempo fuera de Roma. Ya empiezas a decir en voz alta lo que antes pensabas.
—Entonces el viaje ha resultado más peligroso de lo que creía.
La ligereza del intercambio sorprendió a Aelia. También la sorprendió no sentirse excluida de él.
Cornelia le preguntó por la habitación de la finca, por el trayecto y por el estado del tejado de la casa principal.
Aelia respondió mientras atravesaban el corredor.
No fue hasta llegar a sus aposentos cuando reparó en que Cornelia no había preguntado si se había sentido cómoda. Le había preguntado qué había visto.
Helvia abrió el cofre pequeño y comenzó a sacar las prendas.
Aelia se acercó a una de las ventanas. Desde allí apenas distinguía una franja del patio, la misma que había observado durante las primeras mañanas de su matrimonio.
Nada había cambiado: las dos columnas, la fuente de piedra, las plantas protegidas del sol más fuerte.
Sin embargo, el cuarto ya no tenía el aspecto de un lugar dispuesto para recibirla.
Sobre una mesa baja permanecía la tablilla que había utilizado antes del viaje.
Una cinta suya colgaba del borde de un arcón.
Junto al lecho había una copa de barro que nadie había retirado.
Había dejado cosas.
Y las había encontrado al volver.
Aquella tarde cenaron en el comedor pequeño. Cornelia se retiró antes de que sirvieran la fruta, alegando que el viaje de los demás la había cansado también a ella y que pensaba aprovecharlo sin sufrir sus incomodidades.
Aelia se quedó a solas con Marcus.
Durante unos momentos solo se oyó el agua de la fuente del patio y el roce de los pasos de un sirviente al retirar una fuente. Marcus había dejado la toga y vestía una túnica limpia, aunque aún conservaba en las manos pequeñas marcas de polvo que no habían desaparecido del todo con el lavado.
—Hilarus empezará a cortar el agua de la conducción mañana —dijo.
Aelia alzó los ojos. No había tenido que preguntarle.
—¿Durante cuánto tiempo?
—Dos días, si las piedras salen con facilidad. Tres, si el cantero tenía razón y una parte del revestimiento está peor de lo que parece.
—¿Y las familias de los campos bajos?
—Recibirán agua antes de que cierren el paso. Celsus tendrá acceso al almacén desde mañana. Sabinus dispone de los tres días acordados para retirar lo suyo.
Marcus tomó una aceituna, pero no la comió de inmediato.
—Hilarus quería dejar la separación de la vivienda para después de la reparación. Le he indicado que se escriba primero.
Aelia apoyó los dedos en el borde de la mesa.
—¿Por qué?
Marcus la miró como si la pregunta resultara natural.
—Porque tenías razón. Si esperan, Sabinus pasará esos días creyendo que la decisión puede cambiar.
No había solemnidad en su respuesta. Tampoco parecía esperar agradecimiento. Le proporcionaba una información que, una semana atrás, probablemente habría considerado innecesaria para ella.
—¿Hilarus se opuso?
—Dijo que el escriba tenía otras tareas.
—Eso no es una oposición.
—En Hilarus se aproxima bastante.
Aelia sonrió.
—Entonces has aprendido a interpretar sus silencios.
—Tengo una instructora reciente.
Marcus comió por fin la aceituna. Aelia bajó la vista hacia su plato para evitar que él percibiera cuánto la había complacido aquella frase.
—Cornelia me ha dicho que el extremo del tejado lleva así desde el último invierno —comentó.
—No corre peligro de hundirse.
—Eso me dijiste en la finca.
—Sigue siendo cierto en Roma.
—Me preguntaba si la reparación de la conducción obligará a aplazarlo más.
Marcus dejó el hueso de la aceituna en un cuenco.
—No debería.
Aelia esperó una explicación más amplia. Marcus no la dio, pero tampoco cambió de tema.
—¿“No debería” significa que no lo sabes o que no quieres responder?
Él tardó un instante.
—Que todavía no he decidido qué reparación se hará primero.
La respuesta seguía siendo limitada. Aelia lo sabía. No contenía cifras ni obligaciones ni una visión completa de la situación. Aun así, había una diferencia: Marcus no le había asegurado que aquello no debía preocuparla.
—Cuando lo decidas, quiero saberlo.
—Te lo diré.
—¿Aunque consideres que no puedo hacer nada?
—También entonces.
Aelia tomó un trozo de pera. El acuerdo parecía pequeño, pero no lo era. En aquella casa, las cosas importantes rara vez entraban con estrépito. Se instalaban entre una pregunta y una respuesta, como los objetos que ella había dejado en sus aposentos antes de marcharse.
Dos mañanas después, Cornelia mandó llamar a Aelia al cuarto de ropa.
Philemon había colocado sobre una mesa varias piezas de lino, dos cubiertas bordadas y una lista de provisiones.
Al fondo, Helvia sostenía abierto un cofre de madera de cedro.
Dentro había tejidos de mejor calidad que los utilizados a diario: lana teñida de tonos profundos, cenefas bordadas con hilo de oro y unas fundas para los lechos de mesa que Aelia recordaba de la cena posterior a la boda.
—Tu madre vendrá mañana —dijo Cornelia—. La acompañará Publius.
—No sabía que estuviera en Roma.
—Regresó anoche. Según el mensaje, por poco tiempo y con muchas historias que nadie le ha pedido.
Philemon ocultó cualquier reacción inclinándose sobre la lista.
Cornelia señaló las cubiertas.
—Pensaba disponer el comedor grande.
Aelia observó los tejidos. Una de las cenefas tenía varios hilos sueltos. El bordado era valioso, pero la lana había perdido tensión en una esquina. Las fundas del cofre estaban limpias, aunque despedían el olor cerrado de las prendas guardadas durante demasiado tiempo.
—El comedor pequeño será suficiente —dijo.
Cornelia no respondió enseguida.
—Tu madre está acostumbrada a otra clase de recepción.
—Mi madre viene a verme, no a inspeccionar la casa.
—Las dos cosas no siempre son incompatibles.
Aelia reconoció la dignidad defensiva tras aquellas palabras. Meses atrás quizá habría fingido no advertirla. Ahora se acercó al cofre y rozó con cuidado uno de los bordados.
—¿Cuánto hace que no se utilizan?
—Desde antes de la muerte de Gaius.
La respuesta llegó con una serenidad demasiado exacta.
—Necesitan reparación.
—Todavía cumplen su función.
—Si se extienden mañana, los hilos se soltarán más.
Cornelia pasó la mano sobre la tapa del cofre.
—Arreglarlos cuesta casi tanto como mantenerlos guardados correctamente. Durante un tiempo pensé que habría ocasión de hacerlo. Después dejó de parecer urgente.
Aelia miró las cubiertas de uso cotidiano que Philemon había dispuesto al otro lado de la mesa.
Eran buenas, estaban cuidadas y presentaban remiendos tan precisos que apenas se advertían.
La austeridad de los Fabii no consistía en carecer de objetos valiosos.
Consistía en conservarlos fuera de la vista porque devolverles su antiguo esplendor exigía recursos destinados a otras necesidades.
—No deberíamos sacarlos —dijo Aelia.
Cornelia levantó la barbilla.
—No deseo que tu familia crea que no podemos recibirlos adecuadamente.
—Mi madre reconocerá estos bordados. También reconocerá que llevan años guardados.
El silencio de Cornelia no fue de enfado. Aelia esperó antes de continuar.
—Si utilizamos el comedor pequeño, bastará con las cubiertas habituales. Podemos servir una comida cuidada sin fingir que mañana es una ceremonia. Publius estará más interesado en hablar que en contar los hilos de oro.
—Eso es porque nunca ha tenido que pagarlos —observó Cornelia.
Aelia sonrió.
—Es posible que ni siquiera sepa que se pagan.