Capítulo 14 - Una decisión mejor #3
Al caer la noche, cenaron en una estancia pequeña de la casa principal.
Hilarus permaneció con ellos durante la primera parte de la comida y explicó qué trabajos quedarían bajo su supervisión cuando Marcus regresara a Roma.
La reparación del canal necesitaría varios días.
El carpintero reforzaría la viga del cobertizo antes de sustituirla.
Las tejas del granero serían revisadas después de la próxima lluvia.
Marcus hizo preguntas, corrigió dos órdenes y dejó otras en manos del encargado.
—Partiremos mañana después de que vea el almacén —dijo.
Aelia había esperado el regreso, pero la noticia le produjo una resistencia breve. La finca había dejado de parecerle un lugar ajeno justo cuando se preparaban para abandonarla.
Hilarus se retiró después de la cena. Helvia acompañó a Aelia hasta la habitación y la ayudó a desvestirse. Cuando terminó, recogió la ropa utilizada durante el día.
—La mujer del patio os ha dado las gracias —dijo.
Aelia se volvió.
—¿Tertia?
—Me ha encontrado al ir a buscar agua. Ha dicho que mañana podrá despertar a su hijo en la misma casa.
Aelia bajó la mirada hacia sus manos.
—La decisión la ha tomado Marcus.
—Ella ha dicho que vos hicisteis la pregunta.
Helvia no añadió nada más. Dejó la ropa doblada sobre un cofre y salió después de comprobar la lámpara.
Marcus llegó poco más tarde. Había cambiado la túnica de trabajo, pero aún llevaba polvo en el calzado. Cerró la puerta y dejó una tablilla sobre la mesa.
—Hilarus pretende que revise otra vez las condiciones antes de dormir.
—Creía que Hilarus respetaba las cifras.
—Las respeta tanto que no permite que descansen.
Aelia estaba sentada junto a la ventana abierta. Fuera, la oscuridad cubría el patio casi por completo. Solo se distinguía una lámpara junto a los establos y el resplandor débil de algunas habitaciones.
Marcus ocupó el otro extremo del banco.
—Helvia me ha contado que Tertia le dio las gracias.
—A mí no me ha dado las gracias Sabinus.
—Es posible que todavía me culpe por haberle quitado el canal.
—Mañana te culpará por el almacén.
—Y dentro de una semana, por la tablilla.
—Parece una relación estable.
Aelia sonrió. Marcus la observó unos instantes antes de dirigir la vista hacia el patio.
—¿Cómo supiste qué temían? —preguntó.
—No lo supe. Lo sospeché.
—¿Por qué?
Aelia pensó en Tertia junto a la puerta, en su atención desviada hacia las viviendas y en las palabras que había callado delante de cuatro hombres que hablaban de obligaciones.
—Porque no escuchaba las respuestas que debían tranquilizarla. Tú explicaste qué parte del trabajo y de la cosecha conservarían. Ella siguió mirando hacia la casa. Sabinus hablaba de su padre cada vez que le preguntabas por el canal.
—Yo creí que utilizaba la antigüedad de su familia para conservar una ventaja.
—También podía estar haciéndolo. Una cosa no impedía la otra.
Marcus apoyó un brazo en el respaldo del banco.
—Tu padre debe de haberte llevado a muchas negociaciones.
—No tantas como imaginas. Pero he pasado años en habitaciones donde se decidían cosas sin pedirme que hablara.
—¿Y eso enseña a interpretar silencios?
—Enseña a distinguir cuáles importan.
La lámpara proyectaba una luz cálida sobre el rostro de Marcus.
Desde tan cerca, Aelia distinguía la pequeña irregularidad de su nariz y la cicatriz junto a una ceja.
La formalidad que lo protegía en Roma parecía menos firme allí, con la túnica sin adornos y el cabello todavía desordenado por el trabajo.
—Hoy el tuyo ha importado —dijo él.
Aelia no apartó la mirada.
—No guardé silencio mucho tiempo.
—Lo suficiente para escuchar primero.
Marcus apoyó la mano sobre el banco, entre ambos. La distancia que los separaba era pequeña. Aelia recordó la comida del día anterior y la claridad con que había reconocido su deseo. Aquella noche no podía atribuir la atención al sol, al cansancio ni a la novedad de verlo trabajar.
—Cuando volvamos a Roma —dijo ella—, ¿seguirás preguntándome qué he visto?
—Si sigues viendo cosas que yo paso por alto.
—Esa condición te permite decidir cuándo mi opinión resulta útil.
—Entonces tendré que formularla mejor.
Marcus desplazó la mano hasta cubrir la de ella.
No fue un contacto accidental ni una ayuda para atravesar un camino difícil. Sus dedos rodearon los de Aelia con calma. Ella sintió el calor de su palma y las zonas más ásperas de la piel.
—Cuando una decisión afecte a personas que tú conoces o puedes comprender mejor que yo —dijo—, quiero que me adviertas si estoy dejando algo fuera.
Aelia miró sus manos unidas.
—Lo haré.
Marcus no la soltó. El pulgar se movió una vez sobre el borde de su mano, un roce leve que alteró el ritmo de la respiración de Aelia.
Él estaba lo bastante cerca para que ella percibiera el olor limpio de la lana y un resto de aire frío en su ropa. Si inclinaba un poco el rostro, la distancia entre ambos desaparecería.
Aelia deseó que lo hiciera.
Marcus sostuvo su mirada. No había forma de saber qué pensaba, pero tampoco podía confundir la quietud con indiferencia. Sus ojos bajaron un instante hacia la boca de Aelia antes de regresar a los suyos.
Ninguno se movió.
Desde los establos llegó el golpe de una puerta. Marcus giró la cabeza hacia el sonido y la tensión se quebró lo suficiente para que ambos recuperaran el espacio que los separaba.
Él retiró la mano.
—Deberíamos dormir. Mañana nos espera otro día de camino.
—Sí.
Marcus se levantó para cerrar las contraventanas. La habitación quedó reducida a la luz de la lámpara.
Aelia permaneció sentada mientras él comprobaba el cierre. La interrupción le había dejado una sensación difícil de admitir: no estaba aliviada.
Cuando se acostaron, Marcus dejó entre ambos una distancia prudente. Aelia escuchó su respiración en la oscuridad y recordó el peso de su mano sobre la suya.
Había aprendido que podía mejorar una decisión sin asumir el lugar de Marcus. También había descubierto que él era capaz de reconocerlo sin convertir su aportación en una cortesía.
Sin embargo, mientras el silencio se prolongaba, ninguna de esas certezas ocupó por completo su atención.
La cercanía de Marcus había dejado de resultarle neutral.
La distancia restante empezaba a parecerle innecesaria.