Capítulo 14 - Una decisión mejor #2
La mujer mantuvo las manos sobre la tela. Aelia habría podido preguntarle qué temía, pero la presencia de Helvia y la diferencia entre ambas habrían convertido la pregunta en una exigencia. Además, Marcus todavía no había tomado la decisión definitiva.
—Hilarus os comunicará lo que se acuerde después de revisar el canal —dijo.
—Sí, señora.
—Marcus ha dicho que conservaréis las demás tierras en las mismas condiciones.
—Lo hemos oído.
La respuesta fue correcta, pero no alivió la rigidez de sus hombros.
El niño salió de la casa con otro haz de leña. Tertia le indicó que lo dejara junto al muro, protegido de la lluvia.
—Lleváis mucho tiempo viviendo aquí —comentó Aelia.
Tertia miró la fachada.
—Mi marido nació en esa habitación. Mi hijo también.
No añadió nada más. No era necesario.
Aelia regresó a la casa principal cuando el sol se acercaba a su punto más alto.
Encontró a Marcus junto a la cisterna, hablando con el cantero y con Hilarus.
La grieta había resultado más profunda de lo que parecía desde fuera, aunque no exigía reconstruir toda la conducción.
El cantero explicaba que tendría que retirar varias piedras y cortar el agua durante parte de la reparación.
Aelia esperó hasta que los hombres se alejaron para buscar herramientas.
—Sigo pensando lo mismo —dijo.
Marcus se limpió el polvo de los dedos con un paño.
—¿Qué crees que defiende Sabinus?
—La casa.
Él miró hacia las viviendas.
—No he dicho que vaya a quitársela.
—Tampoco has dicho que pueda conservarla.
—Estamos hablando del canal y de la parcela asociada a su mantenimiento.
—Sabinus cree que también estáis hablando de su hogar. Tertia lo cree con más certeza que él.
Marcus dobló el paño.
—No mencionaron la casa.
—Por eso no respondiste a su temor.
—Es difícil responder a algo que nadie expresa.
—Sabinus habló de lo que recibió su padre. Tertia no prestó atención cuando explicaste cuánto trabajo conservarían. Miraba hacia las viviendas. Cuando he ido allí, me ha dicho que su marido y su hijo nacieron en la misma habitación.
Marcus guardó silencio.
Aelia continuó antes de perder decisión:
—No sé si tienen motivos para pensar que deberán marcharse. Tampoco sé qué necesita Celsus para cumplir la nueva tarea. Quizá necesite la vivienda. Quizá solo acceso al canal, al paso y a las herramientas.
—La casa está junto a la tierra que asumiría.
—Eso no significa que sea necesario trasladarle todo.
Marcus dirigió la mirada hacia la conducción. El agua avanzaba con un murmullo tenue entre las piedras.
—Las obligaciones de esa zona siempre se han tratado como un conjunto.
—Para ti y para Hilarus. Tal vez también para Sabinus. Solo que cada uno entiende una consecuencia distinta.
—Separar responsabilidades puede crear más confusión.
—Entonces pregunta a Celsus qué necesita y a Sabinus qué cree que va a perder. Después podrás decidir si separarlas empeora el problema.
Marcus la miró.
—Has construido una explicación con pocas palabras y varias miradas.
—Sí.
—Podrías equivocarte.
—También.
La respuesta pareció detener la objeción que él preparaba.
—¿Y si no se trata de la casa?
—Habrás hecho una pregunta innecesaria.
—Una tragedia administrativa.
—Hilarus logrará sobrevivir.
Marcus volvió el rostro hacia el anciano, que regresaba acompañado del cantero.
—No estoy tan seguro.
La leve variación de su boca confirmó que había entendido la broma.
—Haré que vuelvan esta tarde —dijo—. Quédate cuando hablemos con ellos.
Aelia no esperaba la petición.
—¿Quieres que intervenga?
—Quiero que escuches. Si vuelve a aparecer algo que yo no vea, puedes decirlo.
No era una invitación a administrar la finca. Marcus no le cedía una función que ella desconocía ni convertía su impresión en una orden. Le pedía exactamente aquello que podía ofrecer.
—Me quedaré.
La segunda conversación se celebró después de la comida. Esta vez no acudió el muchacho. Sabinus y Tertia esperaron frente a Marcus, mientras Celsus se situaba junto a Hilarus. Aelia ocupó el mismo lugar de la mañana.
Marcus no abrió ninguna tablilla.
—Antes de decidir cómo se repartirán las obligaciones, quiero aclarar otra cuestión —dijo—. ¿Qué creéis que ocurrirá con vuestra vivienda si Celsus se hace cargo del canal y del terreno asociado?
Sabinus miró a Hilarus. Tertia bajó los ojos.
—La casa pertenece a la finca —respondió Sabinus.
—No te he preguntado a quién pertenece.
—Siempre ha estado unida a ese trabajo.
Marcus se volvió hacia Hilarus.
—¿Figura en algún acuerdo?
El encargado negó con la cabeza.
—No de forma separada. Cuando vuestro padre confió esa parte al padre de Sabinus, la familia ocupó las habitaciones junto al almacén. Nadie distinguió una cosa de la otra.
—¿Y cuando Sabinus asumió la obligación?
—Siguió allí.
—¿Considerabas que trasladar la responsabilidad a Celsus implicaba trasladar también la vivienda?
Hilarus tardó un momento en responder.
—Era la forma habitual de hacerlo.
Tertia levantó la cabeza.
—Podemos dejar libre el almacén —dijo—. Las herramientas no están en nuestras habitaciones.
Sabinus la miró, pero ella continuó:
—Celsus puede entrar por el patio sin pasar por la casa. El huerto está cercado. No estorba el camino.
Marcus se dirigió a Celsus.
—¿Necesitas vivir allí para mantener el canal y organizar las entregas?
—No, señor. Necesito la llave del almacén, acceso a las herramientas y que los carros no queden bloqueados junto al muro.
—¿La distancia desde tu vivienda perjudica el trabajo?
Celsus negó con la cabeza.
—Está más lejos que esta, pero no tanto como para impedirlo.
—¿Y el terreno?
—Puedo ocuparme de la parte que llega hasta la conducción. No necesito el huerto ni el patio de la casa.
La solución empezó a adquirir una forma que no había existido por la mañana. Aelia la reconoció, aunque se abstuvo de formularla. Aquello seguía correspondiendo a Marcus y a Hilarus.
Marcus pidió que le llevaran la tablilla con las condiciones anteriores. La leyó, hizo varias preguntas sobre los límites del terreno y escuchó las respuestas de los tres hombres. Después apoyó el punzón sobre la cera sin escribir todavía.
—Celsus asumirá el mantenimiento del canal, el paso y la franja productiva vinculada a ese trabajo. Tendrá acceso al almacén y a las herramientas. Hilarus fijará los días de entrega para que los carros no se estorben.
Miró a Sabinus.
—Tu familia conservará las habitaciones, el patio y el huerto. Continuarás con las demás tierras en las condiciones actuales. El almacén quedará separado de la vivienda y deberás entregarlo vacío antes de tres días.
Sabinus abrió la boca, pero Marcus aún no había terminado.
—Cuando la conducción esté reparada, revisaremos las responsabilidades después de las primeras lluvias fuertes. Si vuelven a producirse retrasos, no habrá otra discusión sobre quién debía avisar.
—No la habrá —respondió Sabinus.
—Esta vez las condiciones de la vivienda quedarán por escrito y separadas del mantenimiento del canal.
Tertia cerró los ojos durante un instante. Cuando volvió a abrirlos, su postura había cambiado. Seguía erguida, pero ya no parecía preparada para recibir una orden de marcha.
Celsus pidió permiso para revisar el almacén aquella misma tarde. Sabinus accedió sin discutir. Hilarus propuso acompañarlos para señalar qué herramientas pertenecían a la finca y cuáles utilizaba la familia.
El desacuerdo no desapareció por completo.
Sabinus y Celsus continuaban mirándose con la cautela de quienes tendrían que compartir un paso estrecho y una conducción durante mucho tiempo.
Sin embargo, ya discutían sobre una puerta, una llave y el horario de los carros.
El temor que había impedido cualquier acuerdo dejó de ocupar la conversación sin nombre.
Cuando los demás se marcharon, Marcus añadió unas líneas a la tablilla. Aelia esperó en silencio.
—Tenías razón —dijo él.
No levantó la vista de la cera.
Aelia sintió una satisfacción inmediata, seguida de la tentación de ocultarla.
—Podría acostumbrarme a oír eso.
—No te aconsejo confiar en que ocurra con frecuencia.
—Entonces procuraré recordarlo con exactitud.
Marcus dejó el punzón.
—Si hubiera aplicado la costumbre anterior, habría unido la vivienda a la obligación y trasladado ambas a Celsus. El canal habría quedado bajo una responsabilidad más clara, pero Sabinus habría interpretado la reorganización como la expulsión de su familia.
—No pretendías expulsarlos.
—Mi intención no habría cambiado el resultado.
La precisión del reconocimiento importó más que un elogio. Marcus no afirmó que Aelia comprendiera mejor la finca ni que poseyera un talento extraordinario. Señaló la consecuencia concreta que ella había evitado.
—Celsus tampoco necesitaba la casa —dijo Aelia.
—No. Necesitaba acceso. Yo estaba tratando como una sola cosa lo que podía separarse.
—Porque siempre se había hecho así.
—Esa explicación no mejora una mala decisión.
Aelia lo observó guardar la tablilla junto a las demás.
Durante años había sido útil de maneras que otros decidían por ella.
Había servido a la armonía de su familia, a los planes de su padre y a la posición que se esperaba que ocupara mediante el matrimonio.
En aquella sala no había aportado un apellido ni una dote.
Ni siquiera había dado con la solución. Había visto un miedo que no figuraba en las cuentas y había logrado que Marcus hiciera la pregunta adecuada.
—Gracias por escucharme —dijo.
Marcus ajustó el cordón que sujetaba las tablillas.
—Gracias por insistir sin fingir que sabías cómo reparar el canal.
—No habría sabido por dónde empezar.
—El cantero tampoco, hasta que retiró las piedras.
—Eso me tranquiliza.
Marcus tomó el conjunto de documentos.
—No debería.
Pasaron el resto de la tarde comprobando que la reparación de la conducción había comenzado y que el almacén podía separarse de las habitaciones sin cerrar el acceso de la familia. Aelia no intervino. Ya no necesitaba demostrar que podía hacerlo.