Capítulo 14 - Una decisión mejor
La discusión comenzó antes de que Aelia terminara de desayunar.
Las voces llegaban desde una estancia situada al otro lado del patio. Una de ellas pertenecía a Hilarus. Las otras dos eran masculinas y menos contenidas, aunque ninguna se alzaba lo suficiente para convertirse en un grito.
Aelia dejó el pan sobre el plato.
—¿Ocurre algo? —preguntó.
Helvia, que acababa de servirle leche aguada, volvió la cabeza hacia la puerta.
—Dos hombres esperaban al señor Fabius cuando salió esta mañana.
—¿Sabes quiénes son?
—Uno vive cerca de los campos bajos. El otro llegó desde la zona oriental.
La respuesta no le permitió comprender más. Aelia se levantó, se colocó el manto sobre los hombros y salió al patio.
Marcus se encontraba en una sala que se abría bajo el pórtico.
Estaba de pie ante una mesa cubierta con tablillas y hojas de papiro.
Hilarus permanecía a su derecha. Frente a ellos esperaban dos hombres de edades parecidas, ambos vestidos con túnicas de trabajo.
Uno era ancho de hombros y tenía el cabello rojizo salpicado de canas; el otro era más delgado y llevaba barro seco hasta media pantorrilla.
Junto a la puerta había una mujer. Aelia la reconoció: era la misma que había ayudado al niño con el cubo la tarde anterior. La acompañaba un muchacho de unos doce años.
Marcus reparó en la presencia de Aelia.
—Creía que seguirías desayunando.
—He oído las voces.
—No es una razón para abandonar el pan.
—En Roma habría sido una razón para cerrar la puerta.
La mirada de Marcus pasó de ella a los hombres.
—Aquí las puertas sirven de poco.
El hombre pelirrojo bajó los ojos. El otro no modificó su postura.
Aelia se detuvo en el umbral.
—¿Puedo quedarme?
Marcus no respondió enseguida. Aelia esperaba que le indicara que aquel era uno de los asuntos a los que había renunciado a asistir cuando aceptó los límites del viaje. Sin embargo, él apartó una tablilla de la esquina de la mesa.
—Si querías conocer la propiedad, esto también forma parte de ella.
Aelia entró y se situó a un lado, cerca de la mujer y del muchacho.
—Este es Sabinus —dijo Marcus, señalando al hombre pelirrojo—. Su familia trabaja varias tierras de la zona baja. Celsus se ocupa de otras parcelas próximas.
Celsus inclinó la cabeza cuando oyó su nombre. Sabinus hizo lo mismo un instante después.
Marcus señaló a la mujer.
—Tertia, esposa de Sabinus. El muchacho es su hijo.
Aelia los saludó sin esperar una presentación más formal. El niño mantenía la mirada fija en el suelo. Tertia, en cambio, la observó con atención antes de volver el rostro hacia Marcus.
Sobre la mesa había una tablilla más gastada que las demás. Hilarus apoyó un dedo en una línea marcada en la cera.
—El mantenimiento de la conducción que baja hacia los dos terrenos corresponde a Sabinus —explicó—. También debe conservar libre el paso que utilizan los carros durante las entregas.
—El canal se obstruyó dos veces —añadió Marcus—. La segunda, el agua alcanzó la parcela de Celsus.
Sabinus adelantó un pie.
—El muro cedió más arriba. Yo retiré las ramas y el barro. No puedo reparar una piedra que lleva años moviéndose.
—La conducción se revisó después de la primera obstrucción —dijo Hilarus—. La piedra todavía estaba en su sitio.
—Estaba agrietada.
—No avisaste.
—Avisé a Daphnus.
Hilarus frunció el ceño.
—Daphnus se ocupa de los animales. No de las conducciones.
—Estaba allí.
Celsus intervino por primera vez:
—También estaba allí cuando el agua entró en mi tierra. Eso no significa que pudiera detenerla.
Sabinus se volvió hacia él.
—Si no hubieras dejado el carro en el paso, habría llegado antes.
—El carro esperaba porque tú no habías preparado la entrega.
Marcus levantó una mano. No necesitó alzar la voz.
—No vamos a decidir quién pronunció la última excusa. La conducción debe quedar bajo una sola responsabilidad y el paso ha de mantenerse libre.
Tomó otra tablilla.
—Hilarus propone que Celsus se ocupe de ambas cosas hasta que concluyan las reparaciones. Recibirá la parte de producción asociada a esa tarea. Sabinus conservará el resto de sus obligaciones y de las tierras que trabaja.
Sabinus dirigió la mirada hacia la tablilla.
—Mi padre cuidó ese canal antes que yo.
—Eso no ha impedido que se obstruya —replicó Marcus.
—La piedra está rota.
—El cantero la revisará hoy. La reparación no elimina los retrasos anteriores.
La respuesta de Marcus era difícil de discutir. Aelia había visto la grieta y sabía que él no pensaba ignorarla. También comprendía que un canal compartido no podía depender de que dos hombres se culparan cada vez que el agua tomara un curso equivocado.
Celsus se mostró dispuesto a aceptar la responsabilidad. Preguntó por el acceso a las herramientas, por los días de entrega y por el trabajo adicional que supondría mantener despejado el paso. Sus preguntas se referían a tareas concretas.
Sabinus, en cambio, habló de los años que su familia llevaba en aquel lugar. Recordó que su padre había trabajado para Gaius Fabius y que él mismo había reparado la conducción durante más inviernos de los que Marcus había pasado en la finca.
Marcus escuchó sin interrumpirlo.
—Nada de eso cambia lo ocurrido este año.
—No —admitió Sabinus.
Tertia se movió junto a Aelia. No había intervenido, pero desde que Marcus mencionara la transferencia de responsabilidades había dejado de mirar la mesa. Sus ojos se dirigían una y otra vez hacia el patio, en dirección a las viviendas que Aelia había visitado el día anterior.
—¿Se reducirá la parte que recibe mi familia? —preguntó Sabinus.
—Solo en la medida correspondiente a la tarea que pasará a Celsus —respondió Marcus—. Seguirás trabajando las demás tierras en las mismas condiciones.
Sabinus apretó los labios.
Tertia miró entonces a Hilarus, no a Marcus. El anciano estaba concentrado en las tablillas y no pareció advertirlo. El muchacho se acercó un poco más a su madre.
La explicación sobre la producción debería haber aclarado la consecuencia económica. No lo hizo. Sabinus continuó defendiendo su conocimiento de la zona y Tertia mantuvo la atención puesta en el exterior.
—Mi familia siempre ha cuidado la parte baja —dijo Sabinus—. Nunca se nos ha quitado.
Marcus señaló la tablilla.
—No te retiro todas las tierras ni el trabajo. Cambio una obligación que no se ha cumplido como debía.
—Una obligación que mi padre recibió con lo demás.
—Y que ahora debe cumplir otra persona.
El silencio de Sabinus fue más revelador que sus protestas. Aelia no habría sabido decir todavía qué ocultaba, pero la disputa no parecía reducirse a la porción de cosecha mencionada por Marcus.
Tertia apoyó una mano en el hombro de su hijo. El gesto fue rápido, casi una orden para que permaneciera quieto. Aelia reparó en que la mujer llevaba el borde de la túnica manchado de cal y polvo. Probablemente había estado trabajando en la vivienda antes de acudir allí.
—Hilarus comunicará las nuevas condiciones cuando el cantero haya revisado la conducción —concluyó Marcus—. Hasta entonces, ninguno modificará el paso ni trasladará herramientas sin avisar.
Celsus aceptó. Sabinus tardó algo más, pero acabó inclinando la cabeza.
Cuando salieron de la estancia, Tertia dejó pasar primero a su marido y al muchacho. Antes de seguirlos miró a Aelia. Pareció a punto de hablar. Sus labios llegaron a separarse, pero Hilarus recogió una de las tablillas y la mujer se marchó sin pronunciar palabra.
Marcus empezó a ordenar los documentos.
—Hilarus, trae al cantero en cuanto termine en la cisterna.
—Vendrá antes del mediodía.
—Quiero saber si la grieta causó la obstrucción o si solo la empeoró.
Hilarus tomó las tablillas y salió por otra puerta.
Aelia permaneció junto a la mesa. Marcus levantó la vista.
—¿Has entendido el problema?
—Una parte.
—Es más de lo que suele entenderse en la primera discusión.
—Sabinus debía mantener el canal y el paso. No lo hizo como esperabais. Celsus asumirá esa responsabilidad y recibirá lo que corresponde a ese trabajo.
—Exacto.
—Pero Sabinus no estaba discutiendo solo por la cosecha.
Marcus dejó de reunir los papiros.
—Ha perdido una parte de lo que recibía. Es suficiente para explicar su resistencia.
—Quizá.
—¿Qué más has visto?
Aelia agradeció que no hubiera descartado la observación, aunque su pregunta sonara más a examen que a invitación.
—Todavía no estoy segura.
—Entonces no conviertas una duda en una conclusión.
—No pensaba hacerlo.
Marcus ató los papiros con un cordón.
—Debo reunirme con el cantero. Si después sigues pensando lo mismo, dímelo.
Aquello no era una concesión completa, pero tampoco una negativa. Aelia salió de la estancia antes de que él y se dirigió hacia el patio.
Tertia y su familia ya habían desaparecido. Celsus hablaba con uno de los hombres encargados de los carros. No había triunfalismo en su actitud. Señalaba el camino y parecía calcular la manera de añadir el nuevo trabajo a sus tareas habituales.
Aelia volvió a las viviendas acompañada por Helvia. No buscaba a Tertia; al menos, no quiso admitir que lo hacía. Se detuvo cerca del pilón donde había visto lavar las vasijas y preguntó a una mujer por el agua de la cisterna. La conversación apenas duró unos minutos.
Desde allí pudo distinguir la vivienda de Sabinus.
Tertia sacudía una estera junto a la entrada.
Su hijo trasladaba leña desde un cobertizo pequeño hasta el muro de la casa.
Había un huerto cercado en la parte posterior y un banco de piedra bajo el alero.
Todo mostraba años de uso, reparaciones y trabajo acumulado.
El canal descendía junto al camino y pasaba cerca de la vivienda antes de dividirse hacia los campos bajos.
Aelia miró la casa, la conducción y el sendero por el que circulaban los carros. Recordó las palabras de Sabinus: Mi padre recibió esa obligación con lo demás.
No había dicho con las otras tierras. Había dicho con lo demás.
Tertia la vio desde la puerta y dejó la estera sobre el banco.
—Señora.
Aelia no se acercó demasiado.
—No quiero interrumpirte.
—No interrumpís.