Un pacto en Roma (Bajo el águila de Roma nº 1) Capítulo 13 - Las tierras de los Fabii #3
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Capítulo 13 - Las tierras de los Fabii #3

Aelia miró el campo que se extendía más allá del pórtico. Las personas que trabajaban en él parecían pequeñas desde allí, aunque sus movimientos eran claros.

—¿Cornelia lo sabía?

—Sabía que había reducido gastos. No conocía todos los detalles.

—Habría reconocido las piezas de plata si hubieran desaparecido.

—Mi madre reconoce hasta las cucharas que no utiliza.

—En ese caso, tu plan carecía de discreción.

—También por eso lo abandoné.

La sequedad de la respuesta no ocultó lo que implicaba.

Marcus había estado dispuesto a desprenderse de objetos vinculados a la casa y de una fuente menor de ingresos antes de solicitar más a los Valerii.

La resistencia que Aelia había atribuido a orgullo masculino adquiría una forma menos simple.

Seguía habiendo orgullo, sin duda, pero se mezclaba con una voluntad obstinada de pagar primero con aquello que le pertenecía.

—¿Qué ocurriría con la casa de Roma si estas tierras dejaran de producir lo suficiente? —preguntó.

Marcus no respondió de inmediato.

—Habría que reducir sus gastos.

—¿Y después?

—Reducirlos de nuevo.

—Cornelia no aceptaría con facilidad.

—Mi madre acepta muchas cosas siempre que pueda describirlas como decisiones propias.

Aelia sonrió, pero él continuó:

—La casa, su posición y su futuro dependen en parte de lo que entra desde aquí. También los míos. Esta finca no solo consume dinero. Lo produce. El problema consiste en conservar esa capacidad sin fingir que los desperfectos desaparecerán por respeto al nombre de los Fabii.

—Y sin exigir tanto que quienes viven aquí no puedan cumplir.

Marcus la observó durante un momento.

—Sí.

La confirmación fue sencilla. Aelia notó, sin embargo, que había dicho algo que él no esperaba oír de ella.

—Mi padre hablaba de la propiedad como si fuera un bien que debía protegerse —dijo—. Pensé que te negabas a perderla porque pertenecía a tu familia.

—Pertenece a mi familia.

—Pero no solo es eso.

Marcus recogió una miga de la mesa con el pulgar.

—Mi abuelo amplió parte de la casa. Mi padre plantó algunos de esos olivos cuando era joven. Hilarus lleva aquí más tiempo del que admite. Hay familias que trabajan estas tierras desde antes de que yo naciera. Nada de eso convierte la finca en un altar.

—No te he visto inclinarte ante ninguna pared.

—Hay paredes que lo exigen.

Aelia volvió la cabeza hacia el cobertizo apuntalado.

—Esa parece exigir carpinteros.

—Y dinero. Es una divinidad menos flexible.

Ella rio. El sonido escapó antes de que pudiera moderarlo. Marcus bajó la vista hacia su copa, y Aelia creyó advertir una leve curva en su boca.

El silencio que siguió no resultó incómodo. Desde los campos llegaban voces, el ruido de una azada al golpear una piedra y el chirrido de un carro. Marcus estaba sentado cerca, con una rodilla casi rozando la de ella bajo la mesa. Aelia podía haberse apartado sin llamar la atención. No lo hizo.

La atracción había permanecido hasta entonces mezclada con la incertidumbre, la obligación y la curiosidad nacida en la alcoba.

Allí, bajo la luz limpia del mediodía, se volvió más nítida.

No deseaba solo comprenderlo. Le gustaba mirarlo.

Le gustaba la concentración de su rostro cuando escuchaba un problema y la forma en que su cuerpo parecía acostumbrado al esfuerzo sin exhibirlo.

Incluso la reserva que tantas veces la había irritado adquiría otro sentido cuando lo veía utilizarla para contener una decisión en vez de eludirla.

Marcus levantó la mirada.

—¿Qué ocurre?

—Nada.

—Empiezo a desconfiar de esa respuesta.

—Estoy descansando.

—Con una intensidad considerable.

—No sabía que hubiera una forma correcta de hacerlo.

—Hilarus debe de tener una lista.

La cercanía se mantuvo hasta que se oyeron pasos.

Aelia retiró la rodilla unos instantes antes de que el encargado apareciera acompañado por dos hombres.

Marcus se levantó para hablar con ellos.

El momento se disolvió, aunque no desapareció por completo.

Aelia lo siguió con los ojos mientras se dirigía hacia la cisterna.

Por la tarde visitaron otra zona de almacenes y una extensión de terreno situada al oeste de la casa.

Aelia hizo menos preguntas. Había comprendido que cada respuesta abría una serie de consecuencias que no podría asimilar en un solo día.

Se contentó con aprender los nombres de algunos lugares, distinguir qué edificios servían a las viviendas y cuáles a la producción, y escuchar cuando Marcus e Hilarus discutían prioridades.

Al regresar, pasaron de nuevo junto al granero. Los albañiles habían concluido su trabajo y recogían las herramientas. La cubierta mostraba una franja de tejas nuevas bajo el sol descendente.

Cerca de las viviendas, el niño que Aelia había visto la tarde anterior transportaba otra vez el cubo demasiado grande para él.

Esta vez estaba medio lleno. Avanzaba con los brazos separados del cuerpo y derramaba agua a cada paso.

Una mujer salió a su encuentro, tomó un asa y caminó a su lado sin quitarle la carga.

Aelia aminoró la marcha.

Detrás del niño estaban la vivienda, el pilón, la leña apilada y una parcela que su familia trabajaría bajo condiciones acordadas con los Fabii. Más arriba se alzaban el granero recién reparado, el canal agrietado y el cobertizo cuya viga no podía esperar otro año.

En Roma, todo aquello se reducía a rentas, gastos y propiedades incluidas en un pacto matrimonial. Allí cada cantidad mantenía unida una parte del conjunto y cualquier carencia se desplazaba de una persona a otra.

Marcus se detuvo unos pasos más adelante.

—¿Vienes?

Aelia alcanzó su lado.

—Sí.

Continuaron hacia la casa mientras el patio recuperaba el movimiento del final de la jornada. Hilarus daba instrucciones junto a un carro; varias mujeres recogían telas; los animales regresaban a los establos entre nubes bajas de polvo.

Aelia miró una vez más los tejados desiguales. Comprendía ya lo suficiente para saber que vender aquellas tierras no consistiría en cambiar una posesión por dinero.

La pérdida atravesaría la casa de Cornelia, el porvenir de Marcus, las familias que dependían de las cosechas y los recuerdos fijados a edificios que aún cumplían una función.

Las cifras tenían un paisaje.

Ahora también tenían consecuencias.