Capítulo 13 - Las tierras de los Fabii #2
Hilarus recogió un cuenco de barro y lo dejó bajo una filtración casi invisible. Tardaron un rato en ver formarse la primera gota.
—En un día seco, esto —dijo—. Cuando aumenta la presión, más.
Marcus contempló el cuenco.
—Que lo revise el cantero antes de que nos marchemos.
—Ya ha visto el canal.
—Que lo vea conmigo.
Aelia apoyó una mano en el murete de la cisterna. La piedra estaba fría.
—Si la pérdida es tan pequeña, ¿por qué es más urgente que otros desperfectos?
Marcus miró hacia los depósitos inferiores.
—Porque ahora es pequeña. Y porque una pared puede esperar sin dejar a nadie sin agua.
—Además —añadió Hilarus—, es más barato abrir el canal antes de que se rompa.
—Eso también.
No había irritación en la corrección de Marcus. Tampoco complacencia. Trataba cada grieta como una pregunta cuya respuesta debía conducir a una acción, y Aelia empezó a comprender por qué las explicaciones vagas lo incomodaban tanto.
Al abandonar la zona de la cisterna, Hilarus tomó el camino que descendía hacia los campos. Marcus, sin embargo, se desvió hacia un cobertizo situado detrás de los establos. Una de sus esquinas estaba apuntalada con maderos y varias tejas se habían hundido sobre la parte posterior.
—No podéis entrar —advirtió Hilarus.
—No pensaba hacerlo.
Marcus rodeó la construcción, examinó los puntales y llamó a un hombre que trabajaba cerca.
Hablaron de la madera necesaria para sostener el techo hasta que pudieran sustituir una viga.
Aelia permaneció junto a la puerta. En el interior distinguió una prensa, varias tinajas y cestos apilados bajo una lona.
—¿Se utiliza todavía? —preguntó cuando Marcus regresó.
—No esa parte —dijo él.
—La prensa sí —aclaró Hilarus—. Cuando hace falta. Se entra por el otro lado.
Marcus dirigió la vista hacia la cubierta hundida.
—Hasta que la viga ceda.
—La apuntalaremos antes.
—Dijiste lo mismo el año pasado.
—El año pasado había que elegir entre esto y el granero.
Aelia esperó la réplica. Marcus se limitó a mirar de nuevo los soportes.
—Trae al carpintero después de que haya visto el canal.
Hilarus asintió.
La mañana avanzó mientras descendían por un sendero delimitado por muros bajos.
Las hojas de las vides habían empezado a enrojecer.
Más allá se extendían olivos y campos en los que algunos hombres removían la tierra con azadas.
No se veía toda la propiedad desde ningún punto; los pliegues del terreno ocultaban unas parcelas y revelaban otras.
Aelia había imaginado la finca como una extensión que pudiera medirse con una sola mirada.
En realidad se componía de laderas, caminos, construcciones y lindes que parecían obedecer cada uno a una necesidad distinta.
—¿Todo esto produce una renta? —preguntó.
—No de la misma manera —respondió Hilarus—. Una parte se trabaja para la casa. Otra está cedida. Hay terrenos que rinden mejor unos años y peor otros.
Aelia señaló una parcela bien cuidada junto al camino.
—Esa parece en buen estado.
—Lo está.
—¿Entonces produce más?
Hilarus intercambió una mirada con Marcus.
—No siempre. Puede estar bien cuidada y dar menos de lo esperado. El tiempo no lee las cuentas.
—Ni los olivos —añadió Marcus.
—Los olivos hacen lo que les place —dijo Hilarus—. Como los propietarios.
Marcus volvió el rostro hacia Aelia.
—Una afirmación peligrosa delante de mi esposa.
—La señora ha hecho preguntas sensatas.
—Eso la vuelve aún más peligrosa.
Aelia ocultó la sonrisa mirando hacia el camino.
El sol había disipado el frío, y el manto empezaba a resultarle innecesario.
Se lo quitó y lo dejó sobre el brazo. Marcus le tendió la mano para ayudarla a bajar un escalón irregular abierto en la roca.
Sus dedos se cerraron alrededor de los de ella solo el tiempo necesario.
El contacto no tenía nada de excepcional.
Durante el viaje la había ayudado más de una vez a subir y bajar del carruaje.
Sin embargo, en aquella ocasión Aelia fue demasiado consciente de la firmeza de su mano y del espacio que ocupaba junto a ella.
La túnica sencilla marcaba la anchura de sus hombros de un modo que las prendas formales disimulaban.
El sol aclaraba algunos mechones de su cabello y acentuaba las líneas de su rostro.
Aelia retiró la mano al alcanzar el terreno llano.
Su conocimiento del cuerpo de Marcus ya no pertenecía solo a la oscuridad de una alcoba.
Lo veía moverse entre los campos, inclinarse para examinar una acequia, apartar una rama del camino y hablar con los hombres que se acercaban a él.
La precisión con que utilizaba las manos, endurecidas por los viajes y las riendas, despertó en ella una atención que no podía atribuir a la curiosidad.
Marcus se volvió.
—¿Te duele algo?
Aelia comprendió que se había quedado atrás.
—No. Estaba mirando las vides.
La excusa era mala. Marcus recorrió con la vista las hileras más próximas.
—Son difíciles de confundir conmigo.
—Ellas no hacen preguntas.
—Hilarus no estaría de acuerdo. Cada planta de esta finca parece formular varias.
El encargado, que caminaba unos pasos por delante, no dio muestras de haberlos oído.
Las viviendas aparecieron al otro lado de una pequeña elevación.
Eran construcciones modestas, dispuestas alrededor de dos patios de tierra endurecida.
Había gallinas sueltas, aperos apoyados contra los muros y haces de leña protegidos por cobertizos.
Una mujer lavaba unas vasijas en un pilón.
Dos niños interrumpieron su juego al ver acercarse al grupo.
Marcus saludó a la mujer por su nombre. Ella inclinó la cabeza y llamó al mayor de los niños para que apartara un cesto del camino.
—¿Cuántas familias viven aquí? —preguntó Aelia cuando se alejaron.
Hilarus le dio una cifra aproximada y añadió que otras ocupaban casas dispersas, más cerca de las parcelas que trabajaban.
Aelia no retuvo el número. Le interesó más la variedad que había pasado por alto desde Roma: familias que entregaban parte de lo producido, hombres que trabajaban directamente para la casa, personas encargadas de animales, almacenes y reparaciones.
Cualquier cambio en una parte de la propiedad recorría las demás antes de llegar a las cuentas.
Un tejado sin arreglar podía estropear grano. El grano perdido reducía la renta. La falta de renta aplazaba la reparación del canal. Si el canal se rompía, la pérdida llegaba hasta los campos y las viviendas.
—¿Siempre hay algo pendiente? —preguntó.
—Siempre —contestaron Marcus e Hilarus al mismo tiempo.
El anciano se aclaró la garganta.
—Eso no significa que todo esté mal, señora.
—No lo he pensado.
Y era cierto. Había muros dañados, herramientas remendadas y reparaciones aplazadas, pero también depósitos limpios, tierra trabajada y una organización visible incluso para quien no comprendía todos sus mecanismos.
La finca no estaba abandonada. Funcionaba bajo una presión constante que obligaba a escoger qué conservar primero.
Se detuvieron a descansar en un pequeño pórtico anexo a una construcción de labor.
Desde allí se divisaban los campos bajos y parte de las viviendas.
Unos sirvientes habían llevado pan, huevos cocidos, queso, higos secos y una jarra de vino mezclado con agua.
Hilarus se excusó para buscar al cantero y al carpintero.
Helvia permaneció cerca de la entrada mientras los demás se retiraban a la sombra.
Marcus dejó el manto sobre un banco y se sentó frente a Aelia. Se había remangado la túnica hasta los antebrazos. Una fina capa de polvo cubría su calzado y el borde inferior de la ropa.
—¿Ha satisfecho la mañana tu deseo de conocer la finca? —preguntó.
Aelia tomó un higo.
—Ha satisfecho mi deseo de saber qué preguntas debo hacer.
—Entonces ha empeorado la situación.
—Para ti, quizá.
—Sin duda para Hilarus.
Marcus sirvió el vino. Al inclinar la jarra, el músculo de su antebrazo se tensó bajo la piel. Aelia apartó la atención hacia la copa antes de que él levantara la cabeza.
—Creía que encontraría más desorden —dijo ella.
—Eso decepcionará a Hilarus. Se ha esforzado mucho por enseñarte la viga hundida.
—También he visto un granero seco, herramientas reparadas y campos cuidados.
—En parte.
—Todo parece existir en parte aquí. Una cubierta aguanta en parte. Un canal pierde poca agua en parte. Una prensa puede usarse si nadie mira hacia el techo.
Marcus apoyó la jarra.
—Estás aprendiendo con rapidez.
—No estoy aprendiendo a administrar una finca. Estoy aprendiendo a reconocer cuándo una respuesta oculta otra pregunta.
—Eso ya lo sabías hacer en Roma.
El comentario la alcanzó con una intimidad inesperada. Marcus no lo acompañó de una sonrisa, pero mantuvo los ojos sobre ella.
Aelia rompió el higo por la mitad.
—Hilarus ha mencionado que el dinero para algunas tejas llegó después de que redujeras los gastos de las caballerizas de Roma.
Marcus volvió la vista hacia los campos.
—No necesitaba tantos animales.
—¿Los vendiste?
—Dos.
—Nunca lo dijiste.
—No era una noticia de interés para tu familia.
—Ahora no te he preguntado por el interés de mi familia.
Él tomó un trozo de pan, aunque no lo llevó a la boca.
—Vendí dos caballos que utilizaba poco. Dejé de sustituir algunas cosas de la casa. No fue un sacrificio heroico.
—No he dicho que lo fuera.
—Tu expresión empezaba a sugerirlo.
—Mi expresión está sugiriendo que quiero saber hasta dónde llegaste antes de aceptar el acuerdo con mi padre.
Marcus hizo girar la copa entre los dedos.
—Pedí que tasaran algunas piezas de plata y una parcela pequeña que no forma parte de estas tierras.
Aelia pensó en la casa de Roma, en los muebles antiguos que Cornelia cuidaba como si cada uno conservara un fragmento del orden familiar.
—¿Las vendiste?
—No.
—¿Por qué?
—La plata no habría resuelto gran cosa. La parcela daba un ingreso modesto y estable. Venderla deprisa habría cambiado una dificultad por otra.
—Pero lo consideraste.
—Sí.