Capítulo 13 - Las tierras de los Fabii
Aelia despertó antes de que Helvia entrara en la habitación.
Durante unos instantes permaneció inmóvil, desconcertada por la claridad que se filtraba entre las contraventanas.
Faltaban los rumores habituales de la casa de Roma: el tránsito amortiguado en el atrio, las llamadas procedentes de la calle, el rodar de carros que llegaba desde las vías cercanas.
En su lugar oyó el golpe irregular de una herramienta, el rebuzno de un asno y unas voces demasiado lejanas para distinguir las palabras.
Al incorporarse, las piernas le recordaron el viaje. La rigidez no bastaba para impedirle caminar, aunque sí para hacerle dudar de la facilidad con que había bajado del carruaje la tarde anterior.
Helvia entró con una jofaina de agua templada y la encontró sentada en el borde del lecho.
—Ya están trabajando fuera —dijo Aelia.
—Empezaron antes del alba.
La respuesta contenía una desaprobación leve, quizá dirigida contra quienes imponían horarios tan poco considerados con los huéspedes.
—Nosotras también empezábamos temprano en Roma.
—No después de pasar un día entero en el camino.
Helvia dejó la jofaina sobre el soporte y abrió un poco más las contraventanas.
El aire frío de la mañana penetró en la estancia con olor a tierra húmeda y humo de leña.
Desde la ventana se veía un extremo del patio, donde dos hombres cargaban cestos en un carro de ruedas anchas.
Al otro lado, una mujer extendía una tela sobre un murete para que se secara al sol.
—¿Ha preguntado Marcus por mí?
Helvia tardó lo suficiente en responder para que Aelia lamentara haber formulado la pregunta con tanta rapidez.
—El señor Fabius ha dicho que desayunaría con vos cuando estuvierais preparada.
—Eso no responde a lo que he preguntado.
—Ha preguntado si habíais descansado.
Aelia se levantó y se acercó a la jofaina.
—Entonces sí responde.
Helvia no comentó nada. Le ayudó a vestirse con una túnica de lana fina, más apropiada para caminar que las prendas que Aelia habría escogido en Roma. Sobre ella colocó un manto de tono oscuro que resistiría mejor el polvo. No añadió joyas, salvo la alianza y unos pendientes pequeños.
Cuando Aelia bajó, encontró a Marcus bajo el pórtico que bordeaba uno de los lados del patio principal.
Sobre una mesa se habían dispuesto pan, queso, aceitunas, miel y una jarra de leche aguada.
Él llevaba una túnica sencilla y un manto sujeto al hombro.
El calzado conservaba barro seco en los bordes.
Era evidente que no la había esperado para comenzar el día.
—Buenos días —dijo ella.
Marcus levantó la mirada de una tablilla.
—¿Has dormido?
—Lo suficiente para decidir que volvería a hacer el viaje.
—Eso demuestra perseverancia. No necesariamente buen juicio.
Aelia ocupó el asiento frente a él.
—Siempre había creído que las considerabas la misma virtud.
—Solo cuando me benefician.
Había una jarra junto a la mano de Marcus. Él llenó la copa de Aelia antes de volver a la tablilla. El gesto resultó tan sencillo que ella tardó un momento en reparar en él.
—¿Llevas mucho tiempo despierto?
—El suficiente.
—Una medida muy precisa.
—Hilarus me ha contagiado su respeto por las cifras.
Como si lo hubieran llamado, el hombre mayor al que Aelia había visto recibirlos la tarde anterior apareció desde un pasillo lateral.
Caminaba con una leve inclinación de los hombros, aunque sus pasos eran firmes.
Tenía el cabello casi blanco y las manos oscurecidas por años de sol.
Se detuvo a una distancia prudente de la mesa.
Marcus dejó la tablilla.
—Aelia, este es Hilarus. Se ocupa de la finca cuando yo no estoy aquí.
El encargado inclinó la cabeza.
—Señora.
—Ayer no oí vuestro nombre —dijo ella—. Había demasiado movimiento en el patio.
—Siempre lo hay cuando llega el señor Fabius.
Marcus partió un trozo de pan.
—Hilarus considera cualquier visita una perturbación del orden natural.
—Una visita anunciada permite preparar las cosas —replicó el anciano—. Una visita anunciada con poca antelación permite esconder las peores.
Marcus dirigió a Aelia una mirada breve.
—Por eso llegué con poca antelación.
Hilarus no sonrió, pero una arruga se profundizó junto a su boca.
Durante el desayuno, ambos hombres hablaron de una cubierta reparada, de varias entregas y de un canal que había vuelto a perder agua.
Aelia no entendió todas las referencias.
Marcus formulaba preguntas cortas; Hilarus respondía sin adornos y, cuando desconocía algo, lo reconocía.
No había en aquel intercambio la deferencia excesiva de quien buscaba protegerse, sino la cautela de dos personas que sabían que una respuesta imprecisa acabaría convertida en un problema concreto.
Aelia tomó un poco de queso y esperó a que se produjera un silencio.
—¿Por dónde empezaremos?
Marcus apoyó el pan en el plato.
—Por los edificios más próximos. Después iremos hasta los campos bajos, si el camino está transitable.
—Lo está —aseguró Hilarus—. Siempre que la señora no pretenda conservar limpios los zapatos.
—Renuncié a eso antes de salir de Roma.
Marcus miró el borde de su manto, todavía intacto.
—Lo recordaré cuando volvamos.
Empezaron por el granero situado detrás de la casa principal.
A plena luz, el estado de la finca se mostraba con menos indulgencia que la tarde anterior.
Los muros conservaban su solidez, pero en algunos puntos el revestimiento se había desprendido y dejaba al descubierto la piedra.
Las tejas nuevas formaban manchas de un rojo más vivo entre otras oscurecidas por los años.
Un albañil trabajaba sobre una escalera mientras otro mezclaba mortero en el suelo.
Marcus se detuvo debajo del alero.
—¿Cuándo terminan?
—Hoy, si no aparece nada más —contestó Hilarus.
—Siempre aparece algo más.
—Por eso he dicho “si”.
Aelia alzó la vista. La cubierta parecía firme desde abajo.
—¿Qué ocurría aquí?
Hilarus señaló una zona en la que las tejas formaban una línea ligeramente irregular.
—Entraba agua. No mucha al principio. La suficiente para que nadie quisiera vaciar el edificio por una humedad que quizá no regresara. Regresó.
—¿Se estropeó lo almacenado?
—Una parte. Menos de lo que habría podido.
Marcus rodeó el edificio y pasó la mano por una de las piedras del muro. Aelia lo siguió.
—Hilarus trasladó el grano antes de que cediera la tabla interior —dijo él—. La reparación costó más por haber esperado.
—Se esperó porque había que reparar los establos —repuso el encargado.
—No he dicho que fuera una decisión equivocada.
Aquella aclaración hizo que Hilarus guardara silencio. Aelia percibió que entre ambos existía una larga costumbre de discutir elecciones que nunca habían sido sencillas.
Dentro del granero olía a cereal seco, madera y polvo.
La luz entraba por la puerta y por unas aberturas estrechas situadas cerca del techo.
Había sacos apilados sobre soportes elevados y grandes recipientes cerrados con tapas de madera.
Un hombre comprobaba una de las filas mientras un muchacho barría el suelo.
Marcus no se limitó a pasar entre ellos.
Preguntó por una tanda apartada de las demás, quiso saber cuánto tiempo llevaba allí y pidió que movieran dos sacos alejados del soporte.
Cuando uno de los trabajadores explicó que había encontrado señales de humedad, Marcus se agachó para comprobar la madera.
Aelia se mantuvo a cierta distancia. No habría sabido distinguir una mancha antigua de una reciente y no pretendía fingir lo contrario.
—¿Cómo sabéis que el problema procede del tejado y no del suelo? —preguntó.
El trabajador miró a Marcus antes de contestar.
—Por el lugar donde apareció, señora. Y porque la base está seca.
Aelia se acercó lo suficiente para examinarla.
—Entonces, aunque el grano parezca bien, hay que moverlo.
—Sí.
—¿Cada vez que llueve?
—Hasta que sepamos que la cubierta aguanta.
Marcus se incorporó.
—Durante unos días bastará con revisarlo. Si vuelve a entrar agua, se vaciará esta zona.
No la elogió por haber preguntado ni trató de completar la explicación. Aelia agradeció ambas cosas.
En el edificio contiguo guardaban herramientas, yugos y piezas de carros.
El orden era riguroso, aunque algunas reparaciones resultaban visibles: mangos reforzados, correas remendadas, una rueda apoyada contra la pared a la espera de una llanta nueva.
Cerca de la entrada, dos hombres trabajaban en un arnés.
Marcus conocía sus nombres. Preguntó a uno por una herida en la mano y al otro por su hijo, que había estado enfermo durante el verano. No dijo nada que no pudiera haber averiguado en una lista, pero tampoco consultó ninguna.
Al salir, Aelia miró a Hilarus.
—¿Le escribís sobre todos?
—Sobre lo que afecta al trabajo.
—La fiebre de un niño no afecta siempre al trabajo.
—En una casa de tres personas, sí.
El hombre que había estado reparando el arnés levantó la cabeza. Su expresión no cambió, pero Aelia comprendió que podía oír la conversación. Bajó la voz.
—¿Vive aquí con su familia?
—En una de las casas de más abajo. Cultivan una parte de las tierras y entregan lo acordado después de la cosecha.
—¿Todos trabajan de la misma forma?
—No. Hay gente que depende directamente de la casa. Otras familias ocupan tierras en condiciones distintas. Algunas conservan animales propios.
La respuesta no pretendía abarcar más de lo que Aelia había preguntado. Ella observó al hombre del arnés, las herramientas remendadas y la puerta abierta del granero. Las rentas que había oído mencionar en Roma empezaban a adquirir rostros, horarios y manos heridas.
Continuaron hacia la cisterna. Un canal estrecho llevaba el agua desde una construcción elevada hasta varios depósitos menores. En una de las uniones, la piedra estaba oscurecida.
Hilarus se agachó y señaló una grieta cubierta con una mezcla reciente.
—La reparación aguanta, pero no llegará así al próximo verano.
—¿Cuánto se pierde? —preguntó Marcus.
—Ahora, poco.
—No te he preguntado cuánto consideras tolerable.