Capítulo 12 - El derecho a incomodarse #3
Aelia giró hacia él.
—¿Era una broma?
—No.
—Qué lástima. Habría sido una buena señal.
Marcus inclinó la cabeza, concediéndole algo que podía ser una disculpa o un reconocimiento.
—Me reuniré con el administrador en cuanto lleguemos —dijo—. Mañana recorreré las zonas que necesitan más atención.
—¿Puedo acompañarte?
—No en todas.
La negativa despertó una nueva resistencia en Aelia, pero Marcus continuó antes de que hablara.
—Parte del terreno es difícil incluso a caballo. En los lugares accesibles, sí.
No era una exclusión completa ni una aceptación irreflexiva. Aelia asintió.
—Y cuando estés reunido con el administrador, ¿qué debo hacer?
—Descansar.
—Marcus.
—Instalarte. Hablar con las personas de la casa. Recorrer los alrededores inmediatos, si quieres. Mañana podrás ver la propiedad.
—¿Sin una descripción previa que me indique qué debo pensar?
Él apoyó el hombro contra el lateral del carruaje.
—Sin ella.
La respuesta produjo en Aelia una satisfacción desproporcionada. No había ganado acceso a las cuentas, y Marcus aún establecía límites. Pero aquella mañana la propiedad había sido un lugar al que no debía ir. Ahora discutían qué partes recorrería.
El camino abandonó la calzada principal más adelante.
El vehículo redujo la marcha al entrar en una vía más estrecha, pavimentada solo en algunos trechos.
Los baches se hicieron más frecuentes. Aelia dejó de fingir que no los notaba y buscó una posición que protegiera su espalda.
Marcus, sin comentarlo, pasó una de las mantas dobladas del suelo al banco para que pudiera apoyarse mejor.
Ella la aceptó sin convertir el gesto en una victoria para ninguno de los dos.
El sol había iniciado el descenso cuando uno de los hombres anunció que faltaba poco. Aelia apartó por completo la cortina.
Los campos se extendían entre elevaciones suaves.
Algunos árboles conservaban aún hojas oscuras; otros empezaban a mostrar ramas desnudas.
Más allá de un muro largo apareció una construcción de piedra y teja.
Al principio distinguió solo la parte superior de la casa.
Después el camino descendió y volvió a elevarse, dejando a la vista el conjunto.
La propiedad no parecía pobre.
Tampoco se parecía a la imagen de solidez que el nombre de los Fabii había creado en su imaginación.
El muro exterior se mantenía en pie, pero varias zonas mostraban reparaciones de distinta antigüedad.
En una esquina, el revestimiento había desaparecido y dejaba la piedra desnuda.
La puerta de madera era fuerte, aunque una de sus hojas descansaba ligeramente inclinada sobre el quicio.
Cerca de los edificios principales había cobertizos, establos y almacenes; algunos conservaban tejados uniformes, mientras otros estaban cubiertos por tejas de colores desiguales, sustituidas una a una.
Marcus se inclinó para mirar al exterior.
—Hemos llegado.
El carruaje atravesó la puerta. Un grupo reducido aguardaba en el patio: hombres con ropa de trabajo, dos mujeres, varios sirvientes de la casa y un anciano que dio un paso al frente en cuanto reconoció a Marcus.
No había una recepción preparada para impresionar a una recién casada.
Había delantales manchados, calzado cubierto de tierra y rostros vueltos hacia el vehículo con atención contenida.
Aelia descendió con ayuda de Marcus. Las piernas protestaron al sostener de nuevo su peso. El aire olía a paja, humo y animales, y debajo de esos olores había otro más húmedo, procedente de la tierra removida.
El patio estaba barrido. Junto a la entrada de la casa habían colocado ramas verdes en un recipiente de barro. Alguien había intentado recibirla con cuanto tenía a mano.
Marcus saludó al anciano por su nombre, demasiado bajo para que Aelia lo oyera con claridad, y preguntó por dos asuntos antes incluso de quitarse el manto.
El hombre respondió señalando primero los edificios del fondo y después el camino que se alejaba hacia los campos.
Aelia no alcanzó a distinguir las palabras, pero vio cómo Marcus dirigía la vista hacia un tejado hundido en uno de sus extremos.
Una muchacha salió de la casa para recoger el equipaje. Llevaba una túnica limpia, remendada con cuidado en el hombro. Tras ella apareció un niño cargado con un cubo demasiado grande. Se detuvo al ver a Aelia, recibió una indicación de una de las mujeres y corrió hacia los establos.
En Roma, la austeridad de los Fabii se expresaba mediante muebles conservados, plata usada con prudencia y encargos reunidos para ahorrar desplazamientos.
Allí se extendía sobre muros, tejados, herramientas y personas.
Nada parecía abandonado. Todo mostraba la huella de haber durado más de lo conveniente antes de ser sustituido.
Aelia levantó la mirada hacia la casa principal.
Era amplia, más antigua que la residencia de Roma y probablemente hermosa cuando se contemplaba desde cierta distancia.
De cerca, una grieta recorría el revestimiento junto a una ventana.
En el pórtico faltaba una pieza en la base de una columna.
Bajo el alero se acumulaban manchas oscuras dejadas por el agua.
Más allá del patio, el terreno continuaba hasta perderse entre árboles y elevaciones.
Había senderos que conducían a otros edificios, humo que surgía detrás de un muro y figuras que regresaban de los campos.
Aelia no sabía quiénes eran, qué parte de aquellas tierras trabajaban ni cuántas familias dependían de las decisiones tomadas en la sala de Marcus.
Solo comprendió que las tablillas de la casa contenían mucho más de lo que la cera permitía ver.
Marcus terminó de hablar con el anciano y regresó hacia ella.
—¿Necesitas descansar?
Aelia notaba cada hora del camino en la espalda. Tenía polvo en el borde del manto, el cabello se le había aflojado bajo el velo y habría agradecido un asiento que no se moviera.
—Sí —respondió—. Pero ha merecido la pena.
Marcus miró alrededor antes de volver los ojos hacia ella.
—Acabas de llegar.
—Por eso puedo decidirlo.
Él no discutió.
Aelia contempló otra vez los edificios, las tierras y las personas que esperaban mientras descargaban el equipaje.
Hasta entonces, las obligaciones de los Fabii habían cabido en palabras escogidas y tablillas cerradas.
Ante ella se extendían en tejados, caminos, animales y vidas que aguardaban decisiones.
Las cifras que Marcus había mantenido fuera de su alcance tenían, por fin, un paisaje.