Capítulo 12 - El derecho a incomodarse #2
La selección de ropa resultó más breve de lo que habría sido antes de su matrimonio.
No necesitaba joyas para acompañar a Marcus en una inspección ni prendas destinadas a recibir visitas.
Guardó dos fíbulas sencillas, peines, una pequeña caja con aceite perfumado y cuanto Helvia juzgó imprescindible.
Cuando intentó incluir unas sandalias de cuero teñido, su doncella examinó las suelas y las dejó fuera.
—Estas no.
—Marcus te ha hablado del calzado.
—Philemon.
—Por supuesto.
Helvia sacó del fondo de otro arcón unos zapatos cerrados que Aelia utilizaba poco. Eran menos elegantes y bastante más sólidos.
—Empiezo a sospechar que toda la casa se ha unido para salvarme de la tierra.
—La tierra no necesita ayuda, señora.
Aelia sonrió mientras cerraban el cofre.
El día de la salida, Helvia la despertó cuando la oscuridad aún llenaba el patio.
La casa olía a aceite, pan recién calentado y aire húmedo.
Aelia se vistió con la túnica de lana y sujetó el manto sobre los hombros.
Había dormido poco. Marcus se había acostado tarde y, cuando ella abrió los ojos, su lado del lecho ya estaba vacío.
Lo encontró en el atrio, dando instrucciones a Philemon. Llevaba una túnica más corta bajo un manto oscuro y botas polvorientas pese a que todavía no habían salido. Junto a la entrada aguardaban dos hombres con capas de viaje. Otro comprobaba las correas del equipaje bajo la luz de una antorcha.
Marcus interrumpió la conversación al verla.
Su mirada descendió hasta los zapatos.
—Philemon ha aprobado el calzado —dijo Aelia antes de que preguntara.
El administrador mantuvo la vista fija en su tablilla.
—Me alegra saberlo.
—También llevo dos mantas.
—Entonces la propiedad está preparada para un asedio.
Philemon alzó apenas una ceja. Aelia no consiguió decidir si Marcus hablaba en serio hasta que vio el leve cambio en la comisura de su boca.
En el vestíbulo, junto a la hornacina de los dioses domésticos, ardía una llama pequeña.
Marcus dejó allí unas gotas de vino antes de cruzar la puerta.
El gesto fue breve, integrado en la salida como revisar una correa o contar los animales.
Aelia se detuvo a su lado el tiempo suficiente para pedir un viaje sin incidentes. Después descendió al exterior.
El carruaje esperaba ante la casa. Las lámparas colgadas a ambos lados iluminaban el vaho de las mulas y el cuero engrasado de los arneses.
Tenía cuatro ruedas, bancos acolchados y cortinas que podían cerrarse si el polvo se volvía insoportable.
No era un vehículo pensado para la elegancia.
Al apoyar el pie en el estribo, Aelia comprendió por qué Marcus había dudado de sus sandalias.
Él le ofreció la mano. Aelia la aceptó y subió. El contacto duró poco más de lo necesario, aunque los dedos de Marcus se cerraron con firmeza alrededor de los suyos hasta que ella estuvo segura dentro.
Helvia se acomodó enfrente. Marcus montó uno de los caballos y dio una indicación al conductor. Las ruedas empezaron a moverse con una sacudida que desplazó a Aelia contra el respaldo.
—Solo hemos avanzado tres pasos —observó Helvia.
—No se lo digas a Marcus.
—Está mirando.
Aelia apartó la cortina. Marcus cabalgaba junto al vehículo. Al advertir que ella lo observaba, señaló el camino con la barbilla, como si las irregularidades del pavimento confirmaran por adelantado todos sus argumentos.
Roma aún dormía en parte, pero sus calles nunca llegaban a quedar en silencio.
Pasaron junto a panaderos que trabajaban con las puertas abiertas, esclavos que transportaban agua y carros cuyo tránsito nocturno se apresuraba a terminar antes de que aumentara la circulación.
Las ruedas chocaban contra las losas; los cascos respondían con un ritmo irregular entre fachadas cerradas.
Aelia conocía aquellas calles desde el interior de literas más cuidadas o rodeada por el acompañamiento de los Valerii.
A esa hora, con los edificios todavía oscuros y el olor de los hornos mezclado con el de los animales, parecían pertenecer a otra ciudad.
Cada giro alejaba la casa Fabius. Más adelante, cuando atravesaron la puerta y las murallas quedaron atrás, sintió por primera vez la distancia material respecto a todo cuanto había organizado desde la boda.
Durante un tramo, la calzada avanzó entre monumentos funerarios, huertos, talleres y casas dispersas. La luz creció poco a poco sobre las colinas. El cielo tenía un tono pálido de otoño y las nubes se extendían en franjas delgadas que no amenazaban lluvia.
Marcus siguió a caballo junto al carruaje hasta que las construcciones se hicieron menos frecuentes.
De vez en cuando se adelantaba para hablar con los hombres que abrían la marcha o se retrasaba hasta el vehículo del equipaje.
Aelia podía verlo siempre que apartaba la cortina: erguido sobre la montura, atento a los cruces y al estado de los animales.
Al principio intentó observar el paisaje. Después, una rueda cayó en un desnivel y el golpe le hizo apretar los dientes.
Helvia extendió la mano para sujetar la cesta de provisiones antes de que se deslizara.
—No ha sido tan grave —dijo Aelia.
—No he dicho nada.
—No necesitabas hacerlo.
El sol ya se elevaba cuando hicieron la primera parada.
Se detuvieron junto a una fuente de camino, en un lugar donde unos árboles ofrecían sombra y había espacio suficiente para apartar los vehículos del paso.
Los hombres dieron agua a los animales. Helvia extendió una tela sobre una piedra ancha y repartió pan, queso, aceitunas y fruta.
Aelia bajó del carruaje con las piernas entumecidas. Marcus se acercó mientras ella caminaba unos pasos para recuperar la movilidad.
—Todavía puedes regresar.
Aelia miró hacia Roma. La ciudad ya no se veía; solo quedaba el camino por el que habían llegado, flanqueado por campos y muros bajos.
—Sería una incomodidad considerable.
—Podrías decidir que merece la pena.
La respuesta la sorprendió. Marcus sostuvo su mirada con una seriedad que se deshizo cuando ella sonrió.
—Continuaré —dijo Aelia—. Ahora quiero saber si el resto del camino puede empeorar.
—Sí.
—Gracias por tu sinceridad.
Comieron sin ceremonia. Marcus se sentó en la misma piedra, a una distancia que habría resultado impropia durante sus primeras conversaciones y que ahora parecía natural después de compartir una casa y un lecho. Le pasó una manzana sin preguntarle si la quería. Aelia la aceptó.
—¿Cuándo estuviste por última vez en la propiedad? —preguntó.
—No hace mucho.
—Esa respuesta podría significar diez días o medio año.
—Menos de un mes.
—¿Siempre viajas con tanta frecuencia?
—No siempre. Cuando mi padre vivía, él se ocupaba de gran parte de las visitas.
Marcus cortó un trozo de queso con el cuchillo y lo dejó sobre el pan.
—¿Te llevaba con él?
—Cuando era niño. Más tarde prefería enviarme solo.
—¿Y tu madre?
—Mi madre dejó de venir hace años.
Aelia aguardó una explicación, pero Marcus no añadió ninguna.
Miró el camino mientras comía. Ella recordó la bandeja de plata colocada ante las visitas, los muebles reservados para conservar la apariencia y la forma en que Cornelia había descrito las obligaciones de su hijo sin precisar nunca su alcance.
—¿No le gusta la propiedad?
—Le gustaba.
El tiempo verbal cerró la respuesta. Aelia no insistió.
Cuando reanudaron el viaje, Marcus dejó su caballo a cargo de uno de los hombres y subió al carruaje.
Helvia ocupó el asiento delantero junto al conductor, con una manta doblada bajo ella.
Aelia sospechó que el cambio había sido organizado para darle compañía, pero Marcus no lo presentó de ese modo.
Se sentó enfrente, donde antes había estado la doncella, y apoyó un estuche de documentos junto a su pierna. El espacio pareció reducirse. Sus rodillas casi se tocaban cada vez que el vehículo se inclinaba.
—Creí que preferías viajar a caballo —dijo Aelia.
—Lo prefiero.
—Entonces esto debe de ser parte de tu penitencia por dejarme venir.
—Necesito impedir que ordenes dar la vuelta cuando llegue el peor tramo.
Aelia miró por la abertura de las cortinas. El camino continuaba firme, aunque las lluvias pasadas habían dejado barro seco en los bordes.
—Si lo hago, podrás decir que tenías razón.
—Eso no compensaría el retraso.
La conversación se interrumpió cuando el carruaje pasó sobre una sucesión de piedras desiguales. Marcus sujetó el estuche antes de que golpeara el suelo. Aelia apoyó una mano en el banco y otra contra la pared. Al recuperar el equilibrio, descubrió que su pie había quedado entre las botas de él.
Lo retiró. Marcus colocó el estuche bajo el asiento.
—Ahí estará más seguro —dijo.
No volvió a mencionar el movimiento.
Avanzaron durante un rato sin hablar. El silencio se distinguía del que habían soportado en el dormitorio después de la discusión.
No exigía que Aelia escogiera una pregunta ni que Marcus calculase una respuesta.
Él observaba el camino. Ella miraba los campos que se extendían más allá de las cortinas, divididos por tapias, árboles y senderos estrechos.
Había hombres trabajando lejos de la calzada, rebaños que levantaban polvo y casas cuyos tejados se confundían con el color de la tierra.
Roma fue perdiendo su presencia sin desaparecer del todo.
Seguía en la anchura de la vía, en los vehículos que se cruzaban con ellos, en el correo que un jinete transportaba a mayor velocidad y en las mercancías que avanzaban hacia la ciudad.
Sin embargo, el ruido ya no llegaba desde todos los lados.
Aelia podía distinguir el viento, el golpeteo de los arreos y las voces de quienes trabajaban fuera del camino.
—¿Qué esperas encontrar al llegar? —preguntó.
Marcus tardó en responder.
—Lo mismo que dejé, pero con dos días más de problemas.
—Eso no resulta muy tranquilizador.
—La propiedad no se transforma cada vez que me ausento.
—Entonces quizá los problemas tampoco.
—Los problemas tienen más iniciativa.