Capítulo 12 - El derecho a incomodarse
—No te he preguntado si es necesario.
Marcus permaneció al otro lado de la mesa, con una mano apoyada junto a las tablillas que había estado ordenando.
La lámpara situada a su derecha proyectaba la sombra de su brazo sobre la cera agrietada de la que había traído el mensajero.
Fuera de la sala, alguien cruzó el atrio con pasos rápidos y después volvió a imponerse el silencio.
—Precisamente por eso te lo digo —respondió él—. El viaje no será agradable.
Aelia no se había movido desde que anunció que lo acompañaría.
Sentía el borde del asiento contra la parte posterior de las piernas, pero no quiso sentarse.
Si lo hacía, la conversación podía adquirir la apariencia de una explicación que él le concedía.
Y Marcus ya parecía dispuesto a explicarle su propia decisión con toda la paciencia que consideraba necesaria.
—¿Qué tiene de desagradable?
—Saldremos antes de que amanezca. Pasaremos varias horas en el camino y quizá encontremos algunos tramos en mal estado.
La casa de la propiedad lleva tiempo preparada para visitas breves, no para recibirte a ti.
Tendré que reunirme con el administrador, revisar edificios y desplazarme por las tierras.
Es probable que apenas me veas durante el día.
—Eso parece incómodo —admitió ella.
Marcus aguardó, como si esperase el resto de la objeción.
—Lo será.
—Pero no peligroso.
—No he dicho que sea peligroso.
—Entonces ¿por qué decides tú si la incomodidad merece la pena para mí?
El pulgar de Marcus se detuvo sobre el borde de la tablilla. Su rostro no cambió de manera evidente, aunque tardó en contestar.
—Porque soy quien conoce el viaje y la propiedad.
—Y yo no puedo conocerlos si permanezco en Roma.
—Puedes conocer lo que necesites cuando regrese.
La respuesta fue tan serena como las anteriores.
Aelia reconoció en ella el mismo límite que él había levantado en torno a las cartas, las cuentas y las visitas: compartiría cuanto juzgara suficiente, en el momento que eligiera y después de haber decidido qué parte de la realidad debía llegar hasta ella.
No era una orden. Marcus no necesitaba dar órdenes cuando estaba convencido de que su razonamiento bastaba.
—Cuando negociamos nuestro matrimonio —dijo Aelia—, me trataste como si fuera capaz de comprender sus consecuencias.
—Lo eras.
—Me permitiste rechazar condiciones que no aceptaba. Pudiste incluso negarte a casarte conmigo si mis exigencias te parecían excesivas.
—No me lo parecieron.
—Entonces consideraste que podía decidir sobre un matrimonio, pero no sobre unas horas de polvo y un alojamiento poco cómodo.
Marcus apartó la mano de las tablillas.
—No son situaciones comparables.
—Tienes razón. El matrimonio era más importante.
La luz tembló cuando una corriente leve entró desde el atrio. Aelia resistió el impulso de cruzar los brazos. No quería parecer una muchacha protegiéndose de una reprimenda, ni una esposa que discutía por capricho. Lo que pedía era pequeño. Quizá por eso resultaba tan importante sostenerlo.
Marcus rodeó la mesa y se detuvo a cierta distancia de ella.
—No intento impedirte que conozcas la propiedad.
—Intentas impedir que vaya.
—Intento evitarte un esfuerzo del que no obtendrás nada. No será una visita de recreo. No habrá huéspedes a quienes recibir ni jardines preparados para pasear. Me ocuparé de cuestiones que no puedo abandonar para hacerte compañía.
—No he pedido que me entretengas.
La franqueza de la respuesta pareció incomodarlo más que cualquier protesta. Marcus desvió la mirada hacia la entrada de la sala. Un sirviente pasó frente a ella llevando una jarra y no se detuvo.
—Tampoco quiero que las obligaciones de mi padre se conviertan en una carga para ti —dijo Marcus cuando volvieron a estar solos.
—Ya alteran las comidas de la casa. Te hacen salir antes del amanecer y regresar cuando todos se han retirado. Han traído mensajeros heridos y documentos estropeados hasta el atrio. ¿En qué momento exacto dejan de afectarme?
—Que algo afecte a la rutina no significa que debas asumirlo.
—Quiero verlo. No asumirlo por ti.
Marcus dio un paso hacia la mesa, pero no volvió a tocar las tablillas.
—No sabes qué vas a encontrar.
—Tú tampoco conocías todas mis condiciones antes de sentarte a negociarlas.
—Sabía quién eras.
—Sabías quién era mi padre. Sabías qué familia podía unirse a la tuya y qué acuerdos podían convenirte. Lo demás tuviste que preguntármelo.
Marcus la miró sin responder. Aelia sintió que el calor le subía por el cuello, aunque la sala estaba fresca.
Había pronunciado más dureza de la que pretendía, pero no era falso.
Tampoco era toda la verdad. Él sí había preguntado.
Había escuchado más que muchos hombres en su situación y había aceptado límites que no tenía la obligación de ofrecerle.
Precisamente por eso esperaba algo distinto de él.
—No pretendo castigarte por haber sido razonable entonces —añadió—. Intento recordarte que lo fuiste.
Una exhalación breve alteró la quietud de Marcus. No llegó a ser una risa, pero deshizo por un instante la rigidez de su boca.
—Es una forma peculiar de elogiarme.
—Todavía puedes conservar el elogio.
—Siempre que haga lo que quieres.
—Siempre que me permitas hacer lo que yo quiero cuando el perjuicio principal vaya a sufrirlo yo.
—El perjuicio podría incluir pasar la mayor parte del día aburrida en una casa fría.
—Sobreviviré.
—Comer tarde.
—También he sobrevivido a eso desde que me casé contigo.
Esta vez la reacción fue inequívoca. Marcus bajó la cabeza y se frotó una vez la frente. Aelia no supo si había conseguido divertirlo o irritarlo, pero la tensión que llenaba la sala perdió algo de fuerza.
Cuando volvió a mirarla, su expresión era seria.
—Si vienes, Helvia viajará contigo. Llevaremos un carruaje cubierto, otro vehículo para el equipaje y suficiente personal. Eso hará el desplazamiento más lento.
—No me importa.
—Tendrás que llevar ropa adecuada. El terreno alrededor de la casa no se parece a una calle de Roma.
—Tengo calzado que soporta tierra.
—Lo dudo.
—Puedes ordenar que lo examine Philemon, si necesitas una autoridad imparcial.
Marcus volvió a guardar silencio. La había hecho esperar otras veces mientras elegía las palabras. En aquella ocasión pareció revisar algo más que una respuesta.
—¿Por qué quieres ir, Aelia?
La pregunta llegó demasiado tarde, pero llegó.
Ella dejó que pasara un momento antes de contestar.
—Porque esta propiedad decide cuánto trabajas, qué puede permitirse la casa y qué asuntos crees que debes ocultar hasta resolverlos. Quiero saber qué ocupa ese espacio. No necesito leer tus tablillas ni entrar en todas tus reuniones. Quiero verlo con mis propios ojos.
—Podría describírtelo.
—Lo harías con exactitud y elegirías cuidadosamente qué detalles son necesarios.
Marcus no negó la acusación.
—Y después yo sabría lo que tú consideras suficiente —continuó ella—. No lo que habría visto.
Desde el atrio llegó el murmullo del agua. La lámpara consumía el aceite con un chisporroteo casi imperceptible. Marcus sostuvo su mirada durante tanto tiempo que Aelia empezó a notar el esfuerzo de mantener inmóvil el cuerpo.
Por fin, él recogió la tablilla dañada y la colocó encima de las demás.
—Salimos pasado mañana —dijo—. Antes del alba.
Aelia soltó el aire despacio.
—Estaré preparada.
—Cuando descubras que el carruaje tiene la desagradable costumbre de encontrar todos los desniveles del camino, procuraré no recordarte esta conversación.
—Te agradecería ese sacrificio.
Marcus reunió los cordones rotos y los dejó a un lado.
—Yo no contaría con él.
Aelia salió de la sala sin apresurarse. Solo cuando alcanzó el corredor que conducía a sus aposentos permitió que la satisfacción se abriera paso entre el cansancio y la irritación.
No había conseguido una concesión grandiosa.
Seguía sin conocer las cifras ni las obligaciones que se escondían detrás de las palabras de Marcus.
Aun así, él había empezado decidiendo por ella y había terminado preguntándole por qué quería ir.
La diferencia cabía en una conversación. Aelia sospechaba que necesitarían muchas más.
Durante los dos días siguientes, la casa adquirió una actividad nueva. Philemon recibió la noticia de que Aelia viajaría sin mostrar sorpresa, aunque hizo una pausa antes de añadir otra línea a su tablilla. Luego preguntó cuántos días pensaba permanecer fuera.
—Marcus ha dicho que unos días.
—En ese caso prepararemos para más.
—¿Siempre interpretas sus respuestas de ese modo?
—Cuando se refiere a la duración de un trabajo, sí, señora.
Aelia decidió que aquella previsión merecía más confianza que la vaguedad de su marido.
Philemon ya había dispuesto un carruaje para Marcus, dos caballos de silla, animales de carga y cuatro hombres de la casa, además del conductor.
La presencia de Aelia obligó a modificar la organización.
Viajaría en el vehículo cubierto con Helvia; se añadió un cofre pequeño para sus prendas, mantas, agua, comida para el camino y algunos objetos que Philemon consideraba necesarios para instalarla con dignidad en una residencia poco utilizada.
—No necesito llevar media casa —protestó Aelia al ver aparecer una segunda manta.
Helvia dobló la lana sobre el cofre.
—No es media casa.
—En la domus Valeria habrías dicho que una era suficiente.
—En la domus Valeria no íbamos a dormir en una finca que lleva meses sin recibir a la esposa del propietario.
Aelia observó la manta. Era gruesa, sin adornos, y olía ligeramente a cedro.
—Llévala.
Helvia no celebró la victoria. Se limitó a colocar encima una túnica de lana sobria y el manto más resistente que Aelia poseía.