Un pacto en Roma (Bajo el águila de Roma nº 1) Capítulo 11 - Lo que Marcus no cuenta #2
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Capítulo 11 - Lo que Marcus no cuenta #2

El liberto colocó el plato junto a las tablillas. Había carne fría, pan y una porción de verduras. Marcus le dio las gracias sin mirar la comida.

—El mensajero aún no ha llegado —informó Philemon.

—Que me avisen en cuanto entre.

—Aunque estés cenando.

—Aunque esté durmiendo.

Philemon asintió y se retiró.

Aelia se levantó.

—Come antes de que también eso se convierta en una obligación heredada.

Marcus exhaló por la nariz. La frase pudo haberle parecido absurda o injusta. No respondió.

Aelia regresó a sus aposentos.

No sentía satisfacción por haberlo enfrentado. Había conseguido algunas palabras más y casi ninguna información útil. Sabía que existían varias cuestiones urgentes, que Marcus debía viajar y que él seguía considerando las obligaciones de su padre un territorio propio.

Nada de eso explicaba la cantidad de cartas, las visitas ni el cuidado con que seleccionaba cada respuesta.

Helvia la ayudó a prepararse para dormir. La mujer no hizo preguntas cuando Aelia pidió que dejara una lámpara encendida.

Marcus llegó mucho después.

Aelia estaba acostada, pero aún no dormía. Lo oyó dejar las sandalias junto a la puerta y moverse por la habitación con cuidado. La llama iluminó su silueta mientras se quitaba la túnica. No se acercó de inmediato a la cama. Permaneció junto a la mesa, bebiendo agua.

—¿Ha llegado el mensajero? —preguntó Aelia.

Marcus se volvió.

—Sí.

—¿Ha traído más obligaciones que no me afectan?

Él dejó la copa.

—Ha traído información que necesitaba.

—Comprendo.

Marcus apagó la lámpara de la mesa. La habitación quedó iluminada solo por la que Helvia había dejado junto al lecho.

—No intento engañarte —dijo.

Aelia se incorporó sobre un codo.

—Sé que no mientes.

—No parece que lo sepas.

—Las palabras que eliges son ciertas. También lo son todas las que dejas fuera.

Marcus se sentó en el borde de la cama.

—No puedo explicarte un problema que aún estoy intentando comprender por completo.

—Podrías decirme eso.

—Acabo de hacerlo.

—Después de varios días.

Él bajó la vista hacia sus manos. Tenía una mancha de tinta en el dedo índice.

—Necesito ordenar los hechos antes de hablar de ellos.

—¿Para que yo los comprenda o para decidir cuáles debo conocer?

Marcus levantó la mirada.

—No vamos a resolverlo esta noche.

—No.

Aelia se tendió de nuevo y le dio la espalda. El lecho se hundió cuando Marcus se acostó a su lado. No intentó tocarla. Entre ambos quedó un espacio estrecho, suficiente para que ella notara su presencia y también su distancia.

Aelia cerró los ojos.

Horas antes, habría atribuido aquel cuidado a la consideración que había mostrado desde la boda.

Ahora se preguntó si la contención era también una manera de mantener cada parte de su vida dentro de límites separados: su esposa en el dormitorio, Philemon en la administración doméstica y las cargas de su padre encerradas en tablillas que nadie más debía leer.

No supo cuánto tiempo permaneció despierta.

Al amanecer, Marcus ya no estaba en la cama.

Los cambios de horario continuaron. Aelia dejó de preguntar a qué hora regresaría y ordenó que la cena se sirviera sin esperarlo. A veces él alcanzaba a reunirse con ellas. Otras encontraba la comida fría en la sala de las tablillas.

La nueva rutina del mercado siguió funcionando. Philemon acudía a Aelia para consultarle pequeñas decisiones domésticas, pero cuando aparecía un mensajero de la propiedad, el liberto se dirigía directamente a Marcus. La frontera resultaba cada día más visible.

Dos tardes después, un hombre llegó cubierto de polvo.

Aelia se encontraba en el atrio hablando con Helvia sobre la reparación de una cortina. El visitante llevaba una túnica áspera, sandalias gastadas y una funda de cuero atada al pecho. Parecía haber recorrido el camino sin detenerse más de lo imprescindible.

Philemon salió a recibirlo.

—Marcus está con otro visitante.

—Me ordenó que entregara esto en cuanto llegara.

El hombre desató la funda. Sus dedos tenían cortes recientes y una venda sucia rodeaba su muñeca.

—Esperarás aquí —dijo Philemon—. Iré a avisarlo.

No fue necesario. Marcus apareció en la puerta de la sala interior acompañado por un hombre vestido con una toga de borde estrecho. Se despidió de él y cruzó el atrio hacia el recién llegado.

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó.

El mensajero abrió la funda. Dentro había dos tablillas. Una conservaba el sello; la otra tenía una esquina rota y la cera marcada por una grieta.

—La mula resbaló al cruzar un arroyo. La funda cayó al agua. Conseguí sacar los documentos, pero uno se golpeó contra una piedra.

El hombre hablaba deprisa. Mantenía la cabeza inclinada.

Marcus tomó la tablilla dañada.

—¿Había copia?

—Sí. Quedó en la propiedad.

—¿El contenido puede reconstruirse?

—Creo que sí.

—¿Lo crees o lo sabes?

El mensajero tragó saliva.

—Lo sé. El administrador conserva las anotaciones.

Marcus examinó la grieta.

—Entonces enviará otra copia.

—Puedo volver hoy mismo.

—No.

El hombre levantó los ojos.

Marcus señaló la venda.

—¿Te hiciste eso al caer?

—No es nada.

—Philemon, que le limpien la herida.

—No hace falta, señor —dijo el mensajero—. Si me das otra montura…

—Comerás, descansarás y regresarás mañana. La tablilla puede esperar una noche.

El hombre pareció buscar alguna señal de que aquello fuera una prueba.

—Sí, señor.

Marcus entregó el documento a Philemon.

—Asegúrate de que coma antes de llevarlo a descansar.

—Lo haré.

El mensajero inclinó la cabeza varias veces. Helvia llamó al muchacho de la cocina para que trajera agua.

Aelia observó a Marcus. La tensión de los últimos días seguía presente en sus hombros. La tablilla dañada podía retrasar un asunto que él consideraba urgente. Sin embargo, no había elevado la voz ni descargado la culpa sobre el hombre que la había llevado.

Marcus notó que Aelia lo miraba.

—¿Ocurre algo?

—No.

La respuesta no era del todo cierta. Había resultado más sencillo discutir con él mientras lo reducía a su obstinación. Verlo contener su impaciencia ante un hombre que no podía defenderse con la misma libertad volvía el conflicto más difícil.

Marcus no era cruel ni indiferente.

También seguía ocultándole información.

—¿Esa tablilla contiene otro asunto que no puedes explicarme? —preguntó.

Philemon dirigió una mirada hacia Marcus, pero no intervino.

—Forma parte de lo mismo —respondió él.

—¿De las obligaciones de tu padre?

—Sí.

—¿Y sigues sin saber lo suficiente para hablarme?

Marcus observó la grieta de la cera.

—Sé que debo ir a la propiedad.

—Eso ya me lo dijiste.

—Saldré dentro de dos días.

Aelia no esperaba que el anuncio llegara en mitad del atrio, frente a Philemon, Helvia y un mensajero herido.

—¿Cuánto tiempo estarás fuera?

—Unos días. Dependerá de lo que encuentre.

—¿Quién irá contigo?

—Philemon organizará el acompañamiento.

El liberto asintió.

—Prepararé todo mañana.

Marcus le entregó la tablilla sellada.

—Guárdala con las otras. Hablaré contigo después.

Philemon se retiró llevando los documentos. Helvia acompañó al mensajero hacia la cocina. En pocos momentos, Aelia y Marcus quedaron solos en el atrio.

La luz de la tarde entraba entre las columnas y alcanzaba la mesa utilizada para recibir visitas. La bandeja de plata de Cornelia no estaba allí. Solo quedaban una lámpara sin encender y una tablilla doméstica con las compras del día siguiente.

Aelia miró a Marcus.

—Te acompañaré.

Él no respondió de inmediato.

—El viaje será incómodo.

—No he preguntado cómo será.

—No estaré allí para descansar. Tendré reuniones, revisaré la propiedad y puede que tenga que desplazarme por los terrenos.

—Lo comprendo.

—No es necesario que vengas.

Aelia sostuvo su mirada.

—No te he preguntado si es necesario.