Capítulo 11 - Lo que Marcus no cuenta
Durante tres mañanas, Marcus no desayunó con ellas.
La primera, Philemon dijo que había salido antes del amanecer. La segunda, una visita lo retuvo en una estancia próxima al atrio. La tercera, cuando Aelia entró en el pequeño comedor, encontró su asiento vacío y su ración de pan aún intacta.
Cornelia no hizo ningún comentario. Partió un higo, retiró la pulpa con la punta de un cuchillo y preguntó a Aelia si deseaba revisar juntas las telas que habían quedado manchadas por la humedad.
—Helvia cree que podrá recuperar dos —dijo—. La tercera servirá para hacer paños.
—Yo pagaré otra.
Cornelia levantó la vista.
—No es necesario.
—La tela se estropeó por una orden mía.
—Y has corregido la orden.
—Eso no repara la sábana.
Cornelia dejó el cuchillo junto al plato.
—Aelia, en esta casa no se reemplaza cada objeto en cuanto deja de servir para su propósito original.
La frase fue pronunciada sin aspereza, pero Aelia notó la distancia que separaba aquella costumbre de las de la domus Valeria.
—Entonces se convertirá en paños —aceptó.
Cornelia asintió y volvió al higo.
Aelia miró el asiento de Marcus.
—¿Sabes adónde ha ido?
Su suegra tardó un poco en responder.
—A resolver asuntos.
—Eso ya lo había supuesto.
—Marcus sale muy temprano cuando quiere visitar a alguien antes de que esa persona encuentre una excusa para no recibirlo.
—¿Lo hace a menudo?
Cornelia retiró una semilla de su plato.
—Desde que murió su padre, más de lo que debería.
No añadió nada. Aelia podría haber insistido, pero hacerlo habría convertido una pregunta casual en una petición de información que Cornelia quizá no poseía o no deseaba compartir.
Cuando terminó el desayuno, encontró a Philemon en el atrio. El liberto hablaba con un hombre de mediana edad que llevaba dos tablillas protegidas por una funda de cuero. Al ver a Aelia, el visitante inclinó la cabeza. Philemon recogió los documentos y lo acompañó hasta la puerta.
—¿Son para Marcus? —preguntó ella cuando quedaron solos.
—Sí.
—¿También proceden de la propiedad del Lacio?
Philemon no mostró sorpresa por la pregunta.
—Una de ellas.
—¿Y la otra?
—De un hombre con el que Marcus tenía que reunirse esta mañana.
La respuesta era exacta y casi inútil. Aelia empezaba a reconocer la diferencia.
—¿Sabes cuándo regresará?
—No.
—¿Sabes si cenará aquí?
—Ha dicho que lo intentará.
—Eso significa que no lo hará.
—No necesariamente.
—¿Cuántas veces, en los últimos días, ha dicho que intentaría llegar a tiempo?
Philemon pareció repasar los horarios.
—Cuatro.
—¿Y cuántas lo ha conseguido?
—Una.
Aelia cruzó los brazos.
—Entonces significa que no lo hará.
El liberto miró las tablillas que sostenía.
—Existe esa posibilidad.
Aelia estuvo a punto de preguntarle qué contenían. No lo hizo. Philemon le había explicado los almacenes, las compras y las rutinas porque eran asuntos de la casa. Los documentos que llevaba pertenecían a un ámbito que Marcus mantenía bajo su control.
—¿Hay algo que deba saber para organizar la jornada? —preguntó.
—La cena puede retrasarse. Un mensajero llegará por la tarde. Marcus ha pedido que lo hagamos esperar si él aún no ha vuelto.
—¿De dónde viene?
—De la propiedad.
—¿Y qué trae?
Philemon sostuvo su mirada.
—Eso deberías preguntárselo a Marcus.
No había desafío en su tono. Tampoco complicidad. El liberto no iba a convertirse en una vía secreta hacia los asuntos de su marido.
—Lo haré.
Philemon inclinó la cabeza y se alejó.
Durante el resto de la mañana, Aelia revisó con Helvia las telas dañadas. La mujer había extendido las sábanas en el patio, donde el sol alcanzaba las manchas oscuras. Dos podían lavarse. La tercera conservaba un cerco terroso que no desaparecería.
—Córtala cuando esté seca —dijo Aelia—. Cornelia cree que servirá para paños.
—La señora Cornelia nunca desecha una tela si aún puede utilizar una parte.
Aelia pasó los dedos por el borde intacto.
—¿Siempre ha sido así?
Helvia dobló una esquina para examinarla.
—Desde que estoy en la casa.
—¿Cuánto tiempo llevas aquí?
—Catorce años.
Aelia calculó que Helvia habría entrado siendo casi una muchacha. Quiso preguntarle de dónde procedía, pero la pregunta no tenía relación con las telas y podía sonar a una curiosidad que Helvia estaba obligada a satisfacer.
—¿Marcus siempre se ocupa de las compras y de las cuentas?
—Philemon se ocupa de la casa.
—No he preguntado por Philemon.
Helvia dejó la tela sobre el banco.
—Marcus revisa lo que considera necesario.
Otra respuesta cuidadosamente limitada.
—Todo el mundo parece saber qué considera necesario excepto yo.
Helvia mantuvo los ojos en la sábana.
—Llevas pocos días aquí, señora.
La observación era razonable. Aelia no había vivido en aquella casa el tiempo suficiente para interpretar cada ausencia como una ocultación.
Marcus podía tener compromisos normales relacionados con sus propiedades.
Ella sabía antes de casarse que los Fabii atravesaban dificultades y que parte de su patrimonio exigía atención.
Sin embargo, durante las negociaciones, esas dificultades habían cabido en unas pocas frases. Allí ocupaban desayunos vacíos, cenas retrasadas, mensajeros y tablillas que cruzaban el atrio a todas horas.
Marcus llegó después de que encendieran las lámparas.
Aelia estaba en la estancia donde guardaba sus libros. Había intentado leer, pero llevaba varias páginas avanzando sin retener una sola línea. Oyó la puerta exterior, la voz de Philemon y los pasos rápidos de alguien que atravesaba el corredor.
Esperó.
Marcus no acudió a buscarla.
Aelia cerró el libro y salió. Lo encontró en una pequeña sala próxima al atrio, sentado ante una mesa cubierta de tablillas, hojas de papiro y cordones rotos. Su manto colgaba del respaldo de una silla. Tenía una mancha de polvo en la túnica y el cabello desordenado por el viento.
Philemon le servía vino.
—¿Has cenado? —preguntó Aelia desde la puerta.
Marcus alzó la cabeza.
—Todavía no.
—La cena lleva esperándote desde hace una hora.
Miró hacia Philemon.
—Diles que sirvan.
—El cocinero ya ha mantenido caliente la comida dos veces —dijo Aelia—. Si vuelve a hacerlo, no quedará nada que merezca la pena servir.
Philemon mantuvo la jarra suspendida sobre la copa.
Marcus apartó una tablilla.
—Entonces comeré lo que haya.
—Eso mismo has hecho las dos últimas noches.
—No sabía que llevaras la cuenta.
—Yo no. La casa sí.
Marcus se reclinó en la silla. La luz de la lámpara marcaba el cansancio alrededor de sus ojos.
—Philemon, dile al cocinero que no espere a partir de mañana. Si llego después de la hora, comeré frío.
El liberto dejó la jarra.
—De acuerdo.
—Y envía un plato aquí.
Aelia miró los documentos.
—¿No vas a cenar con nosotras?
—Necesito terminar esto.
Philemon recogió la bandeja vacía y salió. Al pasar junto a Aelia no dijo nada.
Ella entró en la sala.
—¿Qué es «esto»?
Marcus apoyó una mano sobre la tablilla más cercana.
—Cuentas.
—Ya veo que son cuentas.
—Entonces la pregunta era innecesaria.
Aelia ocupó la silla situada frente a él.
—Preguntaba qué está ocurriendo.
—Han coincidido varios asuntos relacionados con la propiedad.
—¿Qué asuntos?
Marcus colocó en orden dos hojas que ya estaban alineadas.
—Unas obligaciones heredadas requieren atención. También hay decisiones que no pueden aplazarse.
—¿Qué obligaciones?
—Las que asumió mi padre.
—Eso tampoco responde.
—No hay una respuesta breve.
—Llevas varios días sin permanecer en esta casa el tiempo suficiente para darme una larga.
Marcus dejó las hojas.
—No existe ningún riesgo inmediato para ti ni para aquello que te pertenece.
La respuesta produjo en Aelia una irritación más profunda que una negativa directa.
—No he preguntado si existe un riesgo para mis bienes.
—Es lo que podría afectarte.
—También me afecta que el cocinero no sepa cuándo servir, que Philemon tenga que cambiar los horarios y que tu madre se comporte como si tu ausencia no mereciera una explicación.
—Mi madre está acostumbrada.
—Yo no.
Marcus guardó silencio. Desde la cocina llegó el ruido de una tapadera al caer y una voz que reprendía a alguien.
—La propiedad necesita que vaya durante unos días —dijo él al fin—. Antes de hacerlo debo resolver varias cuestiones aquí.
—¿Cuándo pensabas decírmelo?
—Cuando estuviera decidido.
—¿Qué parte?
—La fecha del viaje.
—¿Y el motivo?
Marcus deslizó un cordón alrededor de una de las tablillas.
—Ya conoces el motivo. La situación de la propiedad exige atención.
—Conozco la explicación que diste ante mi padre. Obligaciones heredadas, menor liquidez, necesidad de reorganización. Frases suficientes para negociar un matrimonio.
—Eran ciertas.
—No he dicho que mintieras.
—Entonces no sé qué me reprochas.
Aelia apoyó las manos sobre la mesa.
—Que eligieras por mí qué parte de la verdad era suficiente.
Marcus la miró sin moverse.
—Los compromisos de mi padre son responsabilidad mía.
—Y yo vivo en una casa cuyos recursos dependen de cómo los resuelvas.
—Precisamente por eso intento resolverlos sin trasladártelos.
—La cena se ha trasladado tres veces.
La mandíbula de Marcus se tensó.
—No conviertas un horario doméstico en una cuestión patrimonial.
—No lo hago. Es la cuestión patrimonial la que ya está alterando los horarios domésticos.
Él apartó la vista hacia las tablillas. Aelia esperó que negara la relación. No lo hizo.
—No necesitas ocuparte de esto —dijo.
—Eso vuelves a decidirlo tú.
—Aelia…
—Cuando negociamos, te dije que quería conocer los asuntos que afectaran a la casa.
—Y los conocerás cuando exista una decisión que afecte a la casa.
—¿Quién decidirá cuándo existe?
Marcus sostuvo su mirada.
—No voy a pedirte que asumas obligaciones que no te corresponden.
—Informarme no significa pedirme que las asuma.
—Tampoco cambia el hecho de que son mías.
—Pero cambiaría el hecho de que me mantienes fuera.
El sonido de unos pasos interrumpió la conversación. Philemon apareció con una bandeja y se detuvo al percibir el silencio.
—Déjala —dijo Marcus.