Capítulo 10 - Una casa que no es la suya #3
—Entonces podrían marcar una línea y esperar a que alguien escribiera por ellos.
Philemon negó ligeramente con la cabeza.
—Acabaríamos con marcas que nadie sabría interpretar.
—¿Qué propones?
El liberto pareció sorprenderse de que le devolviera la pregunta.
—Una hora fija. Antes de que se encienda por completo el fuego de la cocina, cada parte de la casa comunica lo que necesita. Después solo se envía a alguien de nuevo si es urgente.
—¿Por qué no se hacía así?
—Porque hasta tu llegada sabíamos casi siempre qué iba a pedir cada persona.
Aelia aceptó la observación sin ofenderse.
—Entonces mi presencia ha vuelto inútil una costumbre que antes funcionaba.
—La ha vuelto insuficiente.
—¿Lo probarías?
—Si Marcus lo aprueba.
Aelia estuvo a punto de preguntarle por qué necesitaban a Marcus para organizar una lista de compras. Se contuvo. Aún ignoraba qué autoridad conservaba Cornelia, qué decisiones correspondían a Philemon y cuáles esperaba la casa que pasaran por su marido.
Encontraron a Marcus revisando una carta en una sala próxima al atrio. Cornelia estaba con él, seleccionando los hilos de un bordado. Philemon expuso la propuesta sin atribuirse más mérito del necesario y sin ocultar que había nacido de una observación de Aelia.
Marcus dejó la carta sobre la mesa.
—¿Qué ocurre con las peticiones que surjan después?
—Esperan al día siguiente —respondió Aelia—, salvo que no puedan esperar.
—¿Quién decide eso?
—Philemon.
—Entonces no cambia mucho.
—Cambia que conocerá todas las peticiones antes de enviar a nadie. Y que el resto sabrá cuándo debe comunicárselas.
Marcus miró al liberto.
—¿Te parece útil?
—Merece una prueba.
—¿Cuánto tiempo?
—Tres días —dijo Aelia.
Marcus volvió la atención hacia ella.
—¿Por qué tres?
—Uno podría funcionar por casualidad. Dos también, si nadie olvida nada. Al tercero sabremos si la casa puede adaptarse o si solo estamos obligando a todos a recordar una norma más.
Cornelia enredó una hebra en torno a un dedo.
—Las compras no deben reducirse hasta el punto de que nuestros proveedores empiecen a hacer preguntas.
Aelia entendió la preocupación. No se trataba solo de obtener lo necesario, sino de impedir que comerciantes, vecinos y visitantes confundieran orden con escasez.
—No propongo comprar menos —dijo—. Solo evitar que la misma persona recorra tres veces el mismo camino.
Cornelia sostuvo su mirada durante un momento y después liberó el hilo.
—Eso parece razonable.
Marcus tomó de nuevo la carta.
—Probadlo durante tres días.
No añadió que Aelia estuviera acostumbrada a dirigir una casa mayor. No mencionó la capacidad de los Valerii para mantener más personal ni sugirió que su propuesta resultara valiosa porque aportaba dinero a la familia. Solo había pedido razones y había aceptado las respuestas.
La primera mañana olvidaron incluir el aceite para las lámparas.
Philemon mantuvo la norma y lo dejó para el día siguiente porque todavía quedaba suficiente.
La segunda, Helvia comunicó las necesidades de Aelia al mismo tiempo que las de Cornelia.
La tercera, el muchacho regresó del mercado antes de que el pan terminara de cocerse y pudo dedicar el resto de la mañana a las tareas que llevaba días retrasando.
Philemon acudió a Aelia mientras ella supervisaba la colocación de sus libros en un pequeño estante.
—Ha funcionado.
Aelia se volvió.
—Pareces decepcionado.
—No lo estoy.
—Podrías esforzarte en demostrarlo.
—He venido a informarte sin que me lo preguntaras.
Era verdad. Aelia cerró el volumen que sostenía.
—¿Quieres mantenerlo?
—Sí.
—Entonces hazlo.
Philemon no se movió.
—Marcus ha pedido que la decisión sea tuya.
La frase hizo que Aelia mirara hacia la puerta, aunque Marcus no se encontraba allí.
—¿Ha dicho eso?
—Ha dicho: «Si funciona, que Aelia decida si continúa».
No había una declaración de confianza en aquellas palabras. Marcus podía haber actuado por cortesía o porque la cuestión era demasiado pequeña para interesarle. Sin embargo, había dejado la decisión en sus manos y Philemon había acudido a ella para obtenerla.
—Continuará —dijo—. Si deja de funcionar, lo cambiaremos.
—De acuerdo.
El liberto inclinó la cabeza y salió.
Aelia permaneció junto al estante. Los libros que tenía delante procedían de la domus Valeria.
También los arcones, algunas túnicas, el peine de marfil y casi todos los objetos capaces de ofrecerle una sensación de familiaridad.
Hasta aquel momento, cuanto le pertenecía dentro de la casa Fabius había llegado en el equipaje de la boda.
La nueva rutina era distinta. No llevaba el sello de su padre, no dependía del dinero de su familia y nadie la había aceptado para halagar a la esposa reciente. Había nacido de un problema observado, de una explicación y de una prueba que podía fracasar.
Desde el atrio llegó la voz de Philemon comunicando la decisión. Después oyó pasos, una respuesta de Helvia y el sonido de la tablilla al cerrarse.
La casa seguía sin parecerle suya.
Pero empezaba a reconocer en ella un lugar que solo existía porque Aelia había decidido ocuparlo.