Capítulo 10 - Una casa que no es la suya #2
Al marcharse, dejó intacta la mayor parte de la comida. Helvia recogió la bandeja de plata y la llevó de nuevo al comedor. Cornelia retiró personalmente el paño bordado y comprobó que no hubiera quedado ninguna mancha.
—La mujer volverá a contar que ha encontrado la casa exactamente como esperaba —dijo.
—¿Y qué esperaba?
—Algo que pueda describir sin compasión y sin envidia.
Cornelia entregó el paño a Helvia.
—La compasión suele durar más.
No explicó por qué le preocupaba. Aelia observó cómo la bandeja regresaba al cofre y la mesa tallada era sustituida por la habitual. La transformación apenas necesitó unos minutos. Cuando concluyó, el atrio volvió a mostrar la dignidad contenida que había visto al llegar.
Aelia recordó las ánforas separadas por espacios y al muchacho corriendo desde el fuego para comprar flores. No tenía razones para convertir esos detalles en una desgracia. Una casa con menos personal y menos lujo seguía siendo una casa próspera para la mayoría de los habitantes de Roma.
Pero Cornelia protegía su aspecto con demasiado cuidado para que la diferencia le resultara indiferente.
A media tarde empezó a llover.
No fue una tormenta, solo una cortina persistente que oscureció el patio y llevó olor a tierra mojada hasta las habitaciones. Aelia se encontraba revisando el contenido de uno de sus arcones cuando Helvia llamó a la puerta.
Traía una sábana doblada entre las manos.
—Perdona, señora.
Aelia vio una mancha oscura extendiéndose por una esquina de la tela.
—¿Qué ha ocurrido?
—El armario.
La siguió hasta el corredor. Philemon ya estaba allí. Había retirado toda la ropa trasladada por la mañana y la había colocado sobre un banco. Dos paños mostraban manchas de humedad. El interior del armario desprendía un olor frío y terroso que Aelia no había percibido cuando lo abrió.
Philemon señaló la pared del fondo.
—Recibe agua cuando llueve del este. Se seca por fuera antes que el muro.
Aelia tocó la madera. Estaba húmeda.
—Me dijiste que no había ningún motivo que impidiera llenarlo.
—En ese momento no llovía.
Aelia lo miró.
El rostro del liberto permaneció serio, aunque la respuesta podía interpretarse como una burla. No había cambiado el tono.
—También podrías haberme dicho que la pared se humedece.
—Sí.
—¿Por qué no lo hiciste?
Philemon dirigió una mirada breve hacia Helvia. Ella continuaba sosteniendo la sábana manchada.
—Preguntaste si deseabas que se trasladara la ropa. Dijiste que sí.
—Te pedí tu opinión.
—Preguntaste si había algún motivo en ese momento.
Aelia recordó la conversación. Philemon tenía razón, aunque la precisión no la favorecía.
—¿Acostumbras a responder exactamente a lo que se te pregunta?
—Con Marcus suele ser suficiente.
—Yo todavía no soy Marcus.
—No.
Aelia respiró despacio. Podía insistir en que su orden había sido razonable con la información disponible. También podía reprochar a Philemon no haberse anticipado a su error. Ninguna de las dos cosas secaría las telas.
—Que vuelvan al piso superior —dijo—. Las manchadas se lavarán en cuanto sea posible.
Helvia se dispuso a recogerlas.
—Y la próxima vez que ordene algo que pueda estropear bienes de la casa, quiero saberlo antes de que se cumpla la orden.
Helvia permaneció inmóvil.
—Sí, señora.
La respuesta fue idéntica a la de la mañana. Aelia comprendió que le estaba pidiendo que contradijera a una mujer que acababa de adquirir autoridad sobre ella. Para Aelia era una muestra de competencia; para Helvia podía ser un riesgo.
—No te culparé por advertirme —añadió.
—Lo recordaré.
No era una promesa de confianza. Era lo máximo que podía ofrecer en ese momento.
Aelia miró a Philemon.
—Tú tampoco.
—Lo tendré en cuenta.
—Aunque no formule bien la pregunta.
—Eso requerirá más atención.
Esta vez Aelia distinguió un leve cambio en sus ojos, tan breve que no pudo asegurar que fuera humor.
Marcus regresó antes de la cena. La lluvia había oscurecido los hombros de su manto y llevaba barro en el borde de las sandalias.
Philemon se reunió con él en el atrio. Aelia oyó palabras sueltas sobre una visita aplazada y un mensaje que debía salir al amanecer, pero se alejó antes de escuchar más.
Lo encontró después lavándose las manos en la habitación pequeña donde habían desayunado.
—Philemon me ha hablado del armario —dijo Marcus.
Aelia ocupó el asiento frente a él.
—¿Tan importante es la noticia?
—En esta casa no se humedecen sábanas todos los días.
—Me tranquiliza saber que he introducido variedad.
Marcus se secó las manos.
—También me ha dicho que rectificaste la orden.
—¿Esperabas que defendiera la humedad por orgullo?
—No sabía qué esperar.
Aelia pensó en la facilidad con que él admitía ignorar algo cuando se refería a ella y en lo difícil que resultaba obtener de él cualquier explicación sobre sí mismo.
—Philemon pudo advertirme.
—Podía.
—No lo hizo.
—Lleva años recibiendo instrucciones de mi madre y mías. Conoce lo que sabemos sin necesidad de explicarlo.
—Yo no conozco nada.
Marcus dejó el paño.
—Por eso te está mostrando la casa.
—Mostrarme puertas no basta si nadie me explica por qué se mantienen cerradas.
Marcus se sentó. No respondió enseguida.
—Se lo diré.
—Ya se lo he dicho yo.
El silencio posterior no fue hostil. Marcus la observó como si estuviera ajustando una idea.
—Entonces no hace falta que intervenga.
La facilidad de la respuesta sorprendió a Aelia. Su padre habría considerado natural reforzar cualquier instrucción dada por ella. Marcus, en cambio, aceptaba que su palabra pudiera bastar dentro de aquella casa.
—No —dijo—. No hace falta.
Durante los dos días siguientes, Aelia procuró preguntar antes de cambiar nada.
Acompañó a Philemon en la revisión de provisiones, escuchó a Helvia explicar el reparto de algunas tareas y descubrió que la casa se sostenía gracias a una organización más flexible de lo que parecía.
La misma persona podía atender la entrada, traer agua y acompañar una compra.
Una modificación pequeña se extendía por otras labores como el agua vertida sobre una mesa inclinada.
También observó un problema que Philemon no había tenido antes de su llegada.
Helvia recibió una petición de Aelia para comprar hilo teñido y la transmitió al muchacho encargado de acompañar al cocinero al mercado.
Poco después, Cornelia pidió incienso. Philemon, que no conocía el primer encargo, envió al joven con una segunda lista cuando ya había salido.
Al regresar, el muchacho tuvo que volver al mercado por una jarra de aceite que el cocinero había olvidado mencionar.
Tres desplazamientos para asuntos que podían haberse resuelto en uno.
A la mañana siguiente sucedió algo parecido. No por descuido de Philemon, sino porque las instrucciones llegaban desde lugares distintos y en momentos diferentes. La casa había funcionado con las necesidades previsibles de Cornelia y Marcus. Aelia había añadido otra voz sin añadir más manos.
Esperó hasta que Philemon terminó de hablar con el cocinero.
—¿Dónde se anotan las peticiones para el mercado?
—En mi tablilla.
—¿Y si no estás presente?
—Me las comunican después.
—Por eso ayer se hicieron tres viajes.
Philemon cerró la tablilla.
—Antes bastaba con uno.
No era un reproche, aunque Aelia lo recibió como tal.
—Ahora somos más.
—Sí.
—Podríamos dejar una tablilla en la cocina. Helvia, el cocinero o quien reciba una petición la anotaría allí. Tú la revisarías antes de enviar a nadie.
—No todos escriben.
Aelia había pasado por alto algo evidente.