Un pacto en Roma (Bajo el águila de Roma nº 1) Capítulo 10 - Una casa que no es la suya
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Capítulo 10 - Una casa que no es la suya

El desayuno aguardaba en una habitación que Aelia aún no sabía nombrar.

No era el comedor utilizado durante la celebración ni uno de los espacios que Philemon le había mostrado al llegar.

Se trataba de una estancia pequeña, abierta al patio mediante dos columnas, con una mesa baja y tres asientos.

Sobre ella habían dispuesto pan, queso, aceitunas y una jarra de leche rebajada con agua.

La vajilla era de cerámica clara, sin adornos, y una grieta reparada recorría el borde de uno de los platos.

Cornelia ya estaba sentada. Vestía una túnica color arena y llevaba el cabello recogido con tanta precisión como el día anterior, aunque sin joyas. Marcus permanecía junto a la abertura del patio, hablando en voz baja con Philemon.

Aelia se detuvo en el umbral.

—Espero no haberme retrasado.

Marcus se volvió. Su mirada descendió un instante hacia la forma cuidadosa en que ella caminaba y regresó a su rostro.

—No.

Aelia no supo si había advertido su ligera molestia o si solo la observaba porque había entrado. Marcus despidió a Philemon con una indicación breve y apartó uno de los asientos para ella.

—Buenos días —dijo Cornelia.

—Buenos días.

Aelia se sentó procurando hacerlo con naturalidad.

Marcus ocupó el lugar situado frente a ella, y la memoria de la noche anterior se interpuso durante un instante entre la mesa y su rostro.

Bajo la luz de la mañana, él volvía a parecer el hombre contenido con el que había negociado su matrimonio.

La túnica oscura ocultaba las cicatrices que ella había tocado pocas horas antes.

Cornelia partió el pan.

—Helvia me ha dicho que has descansado.

Aelia dirigió una mirada breve hacia Marcus. Así que su suegra sabía que Helvia había entrado en sus aposentos, pero la frase no contenía ninguna curiosidad indiscreta.

—Sí, gracias.

—La habitación recibe demasiado sol cuando avanza el verano. Si te molesta, podemos colocar otra cortina antes de que llegue el calor.

—Así está bien.

Cornelia dejó un trozo de pan en su plato.

—No hace falta que decidas esta mañana cómo quieres cada rincón de la casa.

Aelia oyó la amabilidad y también la advertencia. Había pasado veinticuatro años aprendiendo a percibir ambas cosas cuando compartían una misma frase.

—No pretendo cambiarlo todo.

—Eso espero —dijo Marcus—. Philemon podría marcharse.

Desde el corredor llegó la voz del liberto.

—No antes de presentar las cuentas del mes.

Marcus miró hacia la puerta.

—Como ves, ni siquiera la amenaza de una nueva señora consigue asustarlo.

Philemon no respondió. Sus pasos se alejaron con un ritmo inalterable.

Cornelia untó queso sobre el pan.

—Lleva demasiado tiempo en esta casa para temer a un Fabius.

Aelia bebió un poco de leche. En la domus Valeria, el desayuno reunía a quienes coincidían a esa hora y se extendía según las entradas y salidas de sus hermanos.

Siempre había alguien pidiendo otra jarra, reclamando un mensaje o recordando una obligación.

Allí, cada objeto parecía haber sido calculado para tres personas.

El silencio no era incómodo. Sin embargo, exigía más atención.

—Philemon puede mostrarte la casa después de desayunar —dijo Marcus—. No solo las estancias principales. Los almacenes, la cocina y los espacios del personal.

—Creí que tendrías asuntos fuera.

—Los tengo.

—Entonces no es necesario que vengas.

Marcus sostuvo su mirada.

—No había pensado hacerlo.

Aelia dejó la copa.

—Podrías haber permitido que conservara durante un instante la impresión de que habías reorganizado tu jornada por mí.

—Habrías descubierto la verdad en cuanto Philemon empezara a dar órdenes.

Cornelia ocultó una sonrisa tras la copa. Aelia no necesitó mirarla dos veces para saber que lo había visto.

—Con Philemon bastará —dijo.

Marcus asintió, pero permaneció en la mesa hasta que Aelia terminó de comer. Cuando se levantaron, acercó la mano a su espalda sin llegar a tocarla, como si hubiera recordado a tiempo que su madre estaba presente o que Aelia no necesitaba ayuda.

El gesto incompleto la acompañó hasta el corredor.

Philemon la esperaba junto al atrio. Llevaba una tablilla encerada bajo el brazo y un pequeño manojo de llaves colgado del cinturón. No se inclinó más de lo que exigía la cortesía.

—¿Por dónde deseas empezar?

Aelia observó las puertas que se abrían a ambos lados.

—Por donde comenzarías tú.

—Por la cocina.

No añadió ningún elogio a su decisión, como quizá habría hecho un administrador de la casa Valeria para asegurarle que había elegido bien. Se limitó a avanzar.

La cocina era menor que la de su antiguo hogar y estaba separada del patio por un pasillo estrecho.

El humo había oscurecido la parte superior de las paredes.

Una mujer amasaba pan sobre una tabla mientras un muchacho alimentaba el fuego.

Cerca de la puerta se amontonaban dos cestas vacías y varias ánforas de tamaños distintos.

Philemon nombró a cada persona y explicó su tarea. No recurrió a diminutivos ni presentó a nadie como una parte pintoresca de la casa. Aelia procuró recordar los nombres, aunque sabía que no bastaba con aprenderlos para comprender la red de obligaciones que sostenía aquella vivienda.

Helvia entró con una cesta de ropa usada.

—La señora Cornelia recibirá una visita antes del mediodía —dijo a Philemon—. Ha pedido que preparen el atrio.

El liberto hizo una marca en la cera.

—¿Hace falta algo más?

—Flores. Las que quedan están marchitas.

Philemon borró otra anotación y volvió a escribir.

—Se comprarán al volver del mercado.

El muchacho que atendía el fuego se levantó.

—¿Voy ahora?

—Cuando termines aquí.

Aelia miró las cestas vacías. En la domus Valeria, un encargo semejante habría puesto en movimiento a otra persona sin alterar el trabajo de la cocina. En aquella casa, cada nueva tarea desplazaba otra.

Continuaron hacia los almacenes. Había aceite, grano, vino y legumbres suficientes para una familia respetable, pero no encontró la abundancia a la que estaba acostumbrada.

Las ánforas se alineaban con espacios visibles entre ellas.

Los recipientes estaban etiquetados y las medidas colgaban de ganchos, limpias y ordenadas.

—¿Quién controla las cantidades? —preguntó.

—Yo. El cocinero comunica lo que utiliza y revisamos las existencias cada ocho días.

—¿Marcus también las revisa?

—Cuando cree que debe hacerlo.

La respuesta no explicaba con qué frecuencia sucedía. Aelia no insistió.

Philemon le mostró después un pequeño cuarto situado junto al corredor interior. En él guardaban mantas, paños y parte de la ropa de cama. El espacio quedaba cerca de sus aposentos y de los de Marcus, pero los estantes estaban casi vacíos.

—¿Dónde están las demás telas? —preguntó.

—En el piso superior.

Aelia alzó la vista hacia el techo.

—¿Todas?

—Las que no se utilizan a diario.

—Helvia tendrá que subir cada vez que sea necesario cambiar una cama.

—O alguien subirá por ella.

Aelia abrió el armario empotrado en la pared. Cabían varias pilas de ropa y aún quedaría espacio libre.

—Podrían guardarse aquí.

Philemon miró el interior.

—Podrían.

No mostró entusiasmo ni desacuerdo.

—Sería más práctico —continuó Aelia—. Al menos para las habitaciones de este lado de la casa.

—Si así lo deseas.

Aelia esperó alguna observación. Philemon cerró la tablilla.

—¿Hay algún motivo para que el armario esté vacío?

—Ahora mismo, ninguno que impida llenarlo.

Aquella respuesta le pareció innecesariamente prudente.

—Entonces que traigan parte de la ropa de cama. No toda. La suficiente para evitar viajes continuos.

—Se hará.

Helvia recibió la orden sin alterar el gesto. Aelia la acompañó hasta el pie de la escalera, donde la mujer llamó al muchacho de la cocina para que la ayudara.

—Puede hacerlo cuando termine con el fuego —dijo Aelia.

Helvia miró hacia la cocina.

—Sí, señora.

Había una diferencia entre aceptar una indicación y considerarla razonable. Aelia no supo cuál de las dos cosas había oído.

El resto del recorrido confirmó la primera impresión de la víspera.

La casa Fabius no era pobre ni estaba descuidada.

La pintura de algunas paredes había perdido intensidad, pero los suelos se mantenían limpios.

Los muebles mostraban reparaciones discretas.

Se conservaban pocas piezas decorativas y todas ocupaban lugares visibles.

Nada parecía abandonado; tampoco había mucho que pudiera permanecer sin uso.

Al regresar al atrio, encontraron a Cornelia supervisando la preparación de su visita. Una mesa de patas talladas había sustituido a la que Aelia recordaba de la noche anterior. Helvia colocaba sobre ella una bandeja de plata.

—Creía que esa bandeja estaba en el comedor —dijo Aelia.

Cornelia examinó el brillo del metal.

—Solo durante la boda.

La bandeja debía de ser antigua. Conservaba una abolladura cerca del borde, oculta bajo un paño bordado.

—¿Esperas a alguien importante?

—A una mujer que considera importante todo lo que la rodea.

Aelia sonrió.

Cornelia movió uno de los cuencos hasta tapar mejor la abolladura.

—Conviene facilitarle la ilusión.

La visitante llegó poco después acompañada por una esclava joven.

Aelia permaneció en el atrio el tiempo necesario para recibirla como esposa de Marcus.

La mujer elogió la boda, la túnica de Aelia, la casa y hasta las flores que el muchacho acababa de traer del mercado.

Su mirada, sin embargo, recorrió las columnas, la bandeja y los adornos con una rapidez demasiado precisa.

Cornelia sostuvo la conversación sin permitir que se acercara a ninguna cuestión importante.

Habló del tiempo, de una ceremonia reciente y del estado de salud de una pariente común.

Cuando la visita preguntó si Aelia encontraba muy distinta su nueva residencia, Cornelia se limitó a ofrecerle un higo.

—Toda casa tiene sus costumbres —respondió Aelia.

La mujer pareció decepcionada por no recibir una comparación.