Un pacto en Roma (Bajo el águila de Roma nº 1) Capítulo 9 - Esposa #3
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Capítulo 9 - Esposa #3

—Recibimos muchas instrucciones. La mayoría son contradictorias y algunas las dan hombres a quienes nadie sensato confiaría una esposa.

Aelia dejó el paño en la jofaina que él había acercado.

—Al menos coincidimos en la calidad de nuestros maestros.

Marcus apagó una de las lámparas. Después se tendió a su lado, dejando entre ambos un espacio estrecho pero evidente.

Aelia sintió el frío allí donde el calor de él había desaparecido. No esperaba ternura. No habían prometido ninguna. Sin embargo, la corrección de Marcus, tan presente después de haber compartido aquella intimidad, le resultó más difícil de interpretar que el deseo.

—¿Siempre vas a preguntarme antes de tocarme? —preguntó.

Marcus giró la cabeza sobre la almohada.

—No lo sé.

—Esa respuesta empieza a convertirse en una costumbre.

—Es la más honesta que tengo.

Aelia contempló su perfil en la penumbra.

—Podrías acercarte.

Él lo hizo sin comentar la petición. Se volvió de lado y pasó un brazo alrededor de su cintura.

El gesto carecía de la intensidad de los besos y, precisamente por eso, le pareció más íntimo.

Aelia apoyó la mejilla contra su hombro.

Bajo la piel, el corazón de Marcus aún no había recuperado del todo la calma.

Permanecieron así durante un tiempo. Él no habló. Tampoco intentó convertir el silencio en una promesa.

Aelia se preguntó si debía sentirse aliviada. Marcus había sido paciente, había detenido cada movimiento cuando ella lo necesitó y no había reclamado el derecho que otros hombres habrían considerado indiscutible. Podía confiar en eso.

Pero la confianza no respondía a todas las preguntas.

No sabía cuánto de aquella atención pertenecía a su carácter, cuánto al pacto que habían firmado ni cuánto a la mujer que ahora yacía junto a él.

No sabía si el deseo que había visto en su rostro sobreviviría a la obligación cumplida.

No sabía por qué, después de haberla estrechado con tanta fuerza, volvía a contener hasta la respiración.

—Marcus.

—¿Sí?

Aelia tenía demasiadas preguntas y ninguna que pudiera formular sin exponer más de lo que deseaba.

—Nada.

El brazo alrededor de su cintura no se retiró.

La lámpara terminó por apagarse. En la oscuridad, la casa emitía sonidos que Aelia aún no sabía reconocer: madera que se asentaba, pasos apagados en algún corredor lejano, el rumor del agua en una tubería. La casa Valeria tenía su propio lenguaje nocturno. Este le resultaba ajeno.

Se durmió escuchando la respiración de su marido.

Cuando despertó, una franja de luz se extendía sobre la pared. Durante un instante no comprendió por qué las aves pintadas volaban sobre su cabeza ni por qué la colcha pesaba de forma distinta.

Después intentó moverse y una molestia leve entre los muslos devolvió la noche entera a su memoria.

El lado de Marcus estaba vacío.

Aelia pasó la mano sobre la sábana. Conservaba algo de calor, aunque podía ser el suyo. Se incorporó y encontró la túnica nupcial doblada sobre la silla, el cordón colocado encima y la ropa de Marcus ausente del suelo.

El vacío del lecho despertó una decepción tan inmediata que la enfadó consigo misma.

No esperaba encontrarlo contemplándola dormir. Ni deseaba empezar cada mañana atrapada bajo su brazo. Marcus tendría asuntos que atender y una casa que gobernar. Ella también tenía responsabilidades. El matrimonio no debía convertirlos en criaturas sin ocupación fuera del dormitorio.

Aun así, habría preferido despertarse antes que él.

Llamaron suavemente a la puerta.

—¿Aelia? —dijo Marcus desde el otro lado.

La decepción desapareció con tanta rapidez como había surgido.

—Puedes entrar.

Marcus apareció vestido con una túnica oscura y el cabello aún húmedo. Llevaba una segunda copa de agua en la mano.

—No sabía si estabas despierta.

—Acabo de despertarme.

Se acercó y dejó la copa sobre la mesa. No la miró con la misma intensidad que durante la noche, pero tampoco apartó los ojos con vergüenza.

—¿Cómo te encuentras?

Aelia se recogió la sábana sobre el pecho.

—No es necesario que me examines como a un soldado herido.

—No era mi intención.

—Estoy bien.

Marcus asintió. Su mirada se detuvo un instante en el borde de la sábana.

—Helvia espera fuera. Le he dicho que entraría cuando tú la llamaras.

—Gracias.

Otra pausa. Aelia esperó que él se acercara, que la besara o dijera algo que otorgara un significado claro a lo sucedido. Marcus permaneció junto a la mesa.

—Cornelia desayuna en la estancia pequeña —dijo—. No tienes que reunirte con ella si prefieres descansar.

Así que aquella era la mañana siguiente: Cornelia esperando el desayuno, Philemon administrando horarios, los sirvientes cruzando corredores y una casa que debía continuar funcionando aunque sus dueños hubieran dejado de ser desconocidos durante unas horas.

—Me reuniré con ella.

—No hay prisa.

—Marcus.

Él se detuvo antes de alcanzar la puerta.

Aelia no quería preguntarle si lamentaba la noche. La posibilidad de que él respondiera con otra corrección insoportable le impidió hacerlo.

—¿Desayunarás con nosotras?

—Si quieres.

—Quiero.

—Entonces lo haré.

Aelia estudió su rostro, buscando alguna señal que explicara la contención, pero Marcus se limitó a asentir. Antes de salir, se aproximó al lecho. El movimiento fue tan imprevisto que ella no tuvo tiempo de prepararse.

Él le rozó la sien con los labios.

No fue el beso de un amante ni el cumplimiento solemne de una obligación. Duró demasiado poco para que Aelia decidiera qué había sido.

—Te esperaré fuera —dijo.

Cuando la puerta se cerró, Aelia llamó a Helvia.

La mujer entró con ropa limpia sobre los brazos y recorrió la habitación con una sola mirada.

No preguntó nada. Depositó las prendas sobre el arcón y abrió las contraventanas.

El ruido de la calle penetró en la habitación: vendedores que anunciaban pan, ruedas sobre el pavimento, el saludo de un cliente madrugador en la entrada de la casa.

—¿Qué túnica quieres? —preguntó Helvia.

Aelia señaló la azul.

—La sencilla.

Mientras Helvia la ayudaba a vestirse, Aelia contempló el cordón nupcial abandonado sobre la silla. Podía confiar en que Marcus no lo convertiría nunca en una atadura. Aquello no era poco. Quizá fuera más de lo que muchas esposas llegaban a saber de sus maridos.

Sin embargo, mientras se disponía a sentarse con él a la mesa y a ocupar su lugar en aquella casa, comprendió que las cláusulas negociadas solo habían resuelto las preguntas que podían escribirse.

Había conocido el calor de su cuerpo, el peso cuidadoso de sus manos y el sonido de su respiración en la oscuridad.

Y aún sabía muy poco del hombre cuya cama compartía.