Un pacto en Roma (Bajo el águila de Roma nº 1) Capítulo 9 - Esposa #2
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Capítulo 9 - Esposa #2

También podía permitir que Marcus lo tocara.

Aelia se acercó a él. Solo cuando quedó a un paso levantó la barbilla.

—No quiero que te marches.

Marcus no respondió de inmediato.

—¿Estás segura?

—No.

Él frunció apenas el entrecejo.

—Aelia…

—Estoy segura de que quiero que te quedes. No estoy segura de nada más.

Algo cambió en la expresión de Marcus, aunque ella no supo darle nombre. Él asintió.

—Eso basta.

Aelia tomó su mano y la llevó hasta el nudo.

El gesto le exigió más valor que todos los votos pronunciados durante la ceremonia. Los dedos de Marcus quedaron quietos sobre la tela.

—Es posible que necesites la ayuda de Philemon —dijo ella.

—Preferiría no incluirlo en esta parte de la administración doméstica.

Aelia soltó una risa nerviosa. Marcus bajó la mirada al nudo y empezó a trabajar en él.

Sus dedos, hábiles con documentos, armas y riendas —o eso suponía ella por el uso que había visto en sus manos—, no parecían especialmente dotados para aquel desafío.

Tiró de un extremo equivocado y el lazo se cerró más.

—Lo has empeorado —dijo Aelia.

—Me había dado cuenta.

—Podríamos cortar el cordón.

—Después de haber sobrevivido a todo el día, merecemos vencerlo.

—Hablas como si fuera una campaña militar.

—He participado en combates más sencillos.

Tardó varios intentos. La atención concentrada de Marcus y la absurda resistencia del nudo fueron deshaciendo la solemnidad que había pesado sobre la habitación. Cuando por fin el cordón cedió, él lo sostuvo entre los dedos con una satisfacción discreta.

—Ha sido una victoria poco digna —dijo Aelia.

—Las victorias dignas están sobrevaloradas.

El cinturón cayó al suelo.

Marcus no tocó la túnica. Esperó otra vez.

Aelia podía oír su propia respiración. Alzó las manos hacia el broche del hombro, pero los dedos no acertaron a abrirlo. Marcus siguió el movimiento con la mirada.

—¿Puedo?

Ella asintió.

Él soltó el primer broche y luego el segundo. El tejido se aflojó. Marcus lo apartó con cuidado, sin prisa, y sus nudillos rozaron la piel de su hombro.

El contacto fue apenas perceptible. Aelia lo sintió, sin embargo, como si la lámpara más próxima hubiera aumentado de repente su llama.

Marcus levantó la mirada. Ella no se apartó.

La besó.

El primer roce fue demasiado cauteloso, casi una pregunta formulada con los labios. Aelia había temido una certeza que la arrasara y, en cambio, se encontró con la vacilación de otro cuerpo. Marcus se retiró lo suficiente para observarla.

Aelia no deseaba ser examinada como si pudiera romperse. Le puso una mano en la nuca y lo atrajo de nuevo.

Esta vez el beso perdió parte de su prudencia. Marcus le sostuvo el rostro y deslizó el pulgar junto a su mandíbula. Sus labios estaban calientes, con un leve sabor a vino. Aelia se aferró a la tela de su túnica. El corazón le golpeaba con tanta fuerza que le pareció imposible que él no lo notara.

Marcus descendió la mano hasta su hombro. La túnica se deslizó un poco más. El aire le rozó la piel desnuda.

Aelia se tensó.

Él se detuvo.

—¿Quieres que pare?

La pregunta habría resultado insoportable si hubiera contenido lástima. No la oyó en su voz.

—No. Solo… dame un momento.

Marcus dejó las manos quietas. No la soltó, pero tampoco continuó.

Aelia respiró. La cercanía tenía una realidad que ninguna advertencia había sabido describir: el calor de su cuerpo, la aspereza leve de su mejilla, la presión de los dedos sobre su hombro.

Marcus también respiraba más deprisa. Aquel detalle la tranquilizó de una manera inesperada.

No era la única que no dominaba la situación.

—Puedes seguir —dijo.

Él inclinó la cabeza y la besó bajo la oreja. La sensación descendió por el cuello de Aelia y se extendió por su pecho con una intensidad que la hizo cerrar los ojos. La túnica cayó hasta su cintura. Por un impulso tardío intentó sujetarla, pero Marcus se detuvo antes de apartar sus manos.

—No sé qué se supone que debo hacer —confesó ella.

—Yo tampoco estoy siguiendo ningún plan.

Aelia abrió los ojos.

—Eso no resulta muy tranquilizador.

—Podría mentirte.

—No te lo aconsejo la primera noche.

La comisura de la boca de Marcus se movió.

—Entonces tendremos que avanzar sin estrategia.

Aelia dejó caer la tela.

La mirada de Marcus descendió, y por primera vez desde que había entrado toda cautela pareció quebrarse. Solo duró un instante. Fue suficiente para disipar la duda que aún quedaba en ella acerca de su falta de interés.

El pudor regresó acompañado de otra sensación más cálida, más difícil de admitir. Aelia tocó el cierre de la túnica de Marcus. Él la ayudó cuando sus dedos volvieron a mostrarse torpes. La prenda cayó sobre la silla.

Verlo medio desnudo hizo que todo se volviera más verdadero. Aelia conocía el rostro que se mostraba en el Foro, el porte formal ante su familia, las manos apoyadas sobre contratos. No conocía la amplitud de sus hombros ni las cicatrices pálidas que cruzaban uno de sus costados.

Alargó la mano hacia una de ellas. Se detuvo antes de tocarla.

Marcus cubrió sus dedos con los suyos y los apoyó sobre la marca.

—Es antigua.

Aelia siguió la línea irregular con la yema de un dedo. No preguntó de dónde procedía. La respuesta pertenecía a una vida en la que ella aún no había entrado.

Él volvió a besarla. Esta vez Aelia reconoció el deseo antes de que el nerviosismo pudiera ocultarlo.

Le sorprendió que no fuera limpio ni sencillo.

Se mezclaba con la incertidumbre, con la conciencia de cada ruido y con la sensación de estar cruzando otro umbral para el que nadie podía solicitar permiso en su lugar.

Retrocedieron hasta la cama. Marcus chocó con el borde de la silla y tuvo que sujetarla para impedir que cayera.

Aelia volvió a reír, esta vez contra su boca.

—Tu estrategia es desastrosa.

—Ya habíamos establecido que no tengo ninguna.

La risa deshizo el último resto de ceremonia.

Se sentaron en el borde del lecho. Marcus le apartó el cabello del cuello y la besó de nuevo, más despacio.

Sus manos recorrieron la espalda de Aelia con una atención que despertó respuestas que ella no había previsto.

Había imaginado aquella noche como algo que debía soportar con dignidad.

No había previsto la curiosidad, ni el deseo de acercarse, ni el placer de notar que la contención de Marcus podía ceder bajo sus dedos.

Tampoco había previsto la vulnerabilidad de descubrirse observada de tan cerca.

Se tendieron sobre la colcha. Aelia se aferró a él cuando la tela bajo su cuerpo le pareció demasiado fría. Marcus le acarició el costado, la cintura, el muslo, deteniéndose cada vez que ella contenía la respiración. A veces preguntaba con palabras. Otras bastaba la pausa.

Aelia respondió como pudo: con un asentimiento, con una mano que lo atraía, con el movimiento inseguro de su cuerpo.

No todo resultó agradable. Algunas caricias le provocaron más desconcierto que deseo; otras hicieron que olvidara por un momento la habitación, las familias y las cláusulas de su acuerdo.

Cuando Marcus se colocó sobre ella, el miedo regresó con una fuerza brusca.

Él lo advirtió en su rigidez y se apoyó a un lado.

—Podemos detenernos.

Aelia miró hacia el techo. Las aves pintadas continuaban su vuelo circular bajo la luz temblorosa.

Podía detenerse. Saberlo no anuló el temor, pero le devolvió la capacidad de decidir qué hacer con él.

Posó una mano en el hombro de Marcus.

—No te apartes.

—Te haré daño.

—Lo sé.

—No tiene por qué ser esta noche.

Aelia volvió el rostro hacia él.

—Si esperamos hasta que no tenga miedo, quizá pasemos años hablando del tiempo.

Marcus soltó el aire, casi una risa, aunque su expresión permaneció seria.

—Dímelo si quieres que pare.

Ella asintió.

Hubo dolor. No fue insoportable, pero sí más agudo de lo que Aelia había imaginado. Cerró los ojos y hundió los dedos en el brazo de Marcus. Él se quedó inmóvil.

—Aelia.

—Espera.

Marcus esperó.

El silencio se llenó con sus respiraciones y con el crepitar de una lámpara.

Poco a poco, el dolor se transformó en una presión menos hostil.

Aelia abrió los ojos. Marcus la observaba desde tan cerca que pudo distinguir una pequeña cicatriz junto a su ceja, una marca que nunca había advertido durante sus conversaciones.

—Sigue —murmuró.

Al principio todo fue torpe. Marcus intentaba moderar cada movimiento y aquella cautela volvía difícil encontrar un ritmo. Aelia no sabía cómo acomodarse ni dónde poner las manos. En un momento, sus rodillas chocaron y ambos se detuvieron.

—Esto no se parece a lo que prometen los poemas —dijo ella entre dientes.

—Los poetas disponen de tiempo para corregir.

La respuesta le arrancó una sonrisa sin aliento.

Marcus la besó. Aelia se permitió guiarse por las sensaciones que no dolían: el peso sostenido sobre sus brazos para no aplastarla, el calor, el roce de su pecho, la boca que encontraba la suya cada vez que la tensión amenazaba con regresar.

El placer no llegó como una revelación completa.

Fue limitado, irregular y verdadero: una corriente cálida bajo la piel, un impulso de acercarlo, el descubrimiento de que su propio cuerpo podía dejar de obedecer al miedo.

Cuando terminó, Marcus permaneció quieto un instante. Después se apartó con cuidado y buscó la tela que habían dejado preparada junto al lecho.

Aelia se cubrió hasta el pecho mientras él humedecía un paño. Marcus se lo tendió sin intentar atenderla como si estuviera enferma.

—¿Te he hecho mucho daño?

—No.

Él esperó.

Aelia dejó escapar el aire.

—Un poco.

—Lo siento.

—No fue una emboscada. Sabía que podía ocurrir.

—Eso no impide que lo sienta.

Aelia tomó el paño. Marcus volvió el rostro mientras ella lo utilizaba, aunque ya no quedaba nada que no hubiera visto. Aquella delicadeza tardía la conmovió y la irritó al mismo tiempo.

—No necesitas comportarte como un visitante —dijo.

Marcus la miró.

—No sé cómo debe comportarse un marido en su primera noche.

—Pensaba que los hombres recibíais instrucciones detalladas desde la adolescencia.