Capítulo 9 - Esposa
Helvia dejó el último alfiler junto al peine de marfil y alisó con los dedos el velo nupcial antes de depositarlo sobre el arcón.
Sin la tela cubriéndole el cabello, Aelia sintió que había perdido algo más que una parte del atuendo.
Durante toda la jornada, el velo la había separado de quienes la observaban.
Tras él había pronunciado las palabras necesarias, había aceptado la mano de Marcus y había atravesado las calles entre antorchas, cantos y bromas que fingió no entender.
Ahora ya no quedaba ninguna ceremonia detrás de la cual ocultarse.
Helvia recogió otro alfiler del suelo.
—Este casi se pierde.
—Qué tragedia.
La mujer examinó la pieza de bronce, quizá para decidir si Aelia hablaba en serio. Después la dejó con las demás.
—¿Quieres que te ayude con la túnica?
Aelia bajó la vista. El cinturón seguía anudado bajo el pecho. Quien lo había atado aquella mañana se había asegurado de que ni un tirón, ni una procesión por media Roma, ni el paso indecoroso por encima de un umbral pudieran deshacerlo.
La respuesta lógica era sí. Helvia la había ayudado a vestirse muchas veces. Sin embargo, aquella noche el nudo formaba parte de algo que ninguna sirvienta debía resolver por ella.
—No.
Helvia asintió sin mostrar sorpresa.
—He dejado agua caliente en la jofaina. También hay vino, por si lo necesitas.
Aelia miró la pequeña mesa. Dos copas esperaban junto a una jarra y un plato con higos que nadie había tocado. Todo estaba dispuesto para dos personas. Hasta las lámparas parecían haber sido colocadas pensando en lo que debían revelar y en lo que convenía dejar en sombra.
—No necesitaré el vino.
—No he dicho que lo necesitaras.
La réplica habría sonado insolente en boca de otra persona. En Helvia fue solo una corrección tranquila.
Aelia se sentó ante el espejo de metal bruñido. Su reflejo le devolvió un rostro cansado, el cabello aplastado por el velo y unas mejillas demasiado encendidas para atribuirlas únicamente al calor de las lámparas.
—Puedes retirarte.
Helvia tomó el peine, lo dejó de nuevo en el mismo lugar y se encaminó hacia la puerta.
—Estaré en la estancia contigua.
—No hace falta.
La mujer abrió.
—Estaré allí de todos modos.
Aelia no intentó impedírselo. Cuando la puerta se cerró, el silencio adquirió una densidad distinta.
La habitación que Marcus le había destinado era más sobria que la suya en la casa Valeria.
La cama, amplia sin resultar ostentosa, ocupaba el espacio entre dos paredes pintadas en tonos ocres.
No había escenas mitológicas ni jardines imposibles, solo una cenefa geométrica y pequeñas aves que parecían volar alrededor de la estancia sin encontrar salida.
Sus arcones, alineados contra una pared, introducían la única nota que le pertenecía.
Los reconocía por las rozaduras de la madera, por la cinta azul atada a una de las asas, por el golpe que había mellado una esquina durante el traslado.
Aquellos objetos aseguraban que ella vivía allí.
La cama afirmaba otra cosa.
Aelia se levantó y vertió agua en la jofaina. Se lavó las manos, aunque ya lo había hecho al concluir la cena. Después se humedeció la nuca. El agua templada no alivió la tirantez que llevaba instalada entre los hombros desde que Marcus la había levantado para cruzar el umbral.
Le había preguntado antes de hacerlo.
El recuerdo regresó con una precisión irritante: la voz baja para que nadie más oyera, la espera, la posibilidad real de negarse.
Aelia había asentido porque no deseaba convertir aquel gesto en otro asunto que debiera negociarse ante testigos.
También porque, por un instante, había querido saber cómo sería confiarle su peso.
Ahora no habría testigos.
Se secó las manos lentamente. Había conocido desde niña lo que se esperaba de una esposa.
Las mujeres casadas no explicaban demasiado, pero los silencios, las advertencias y las bromas veladas componían una enseñanza suficiente.
Un matrimonio debía consumarse. De él se esperaban hijos, continuidad y alianzas que sobrevivieran a quienes las habían acordado.
Su cuerpo era una parte del pacto, aunque ninguno de los dos lo hubiera escrito entre las cláusulas.
Pensar en ellas la ayudó. Las condiciones eran territorio conocido: su patrimonio continuaría bajo su control; no quedaría sometida a la autoridad de Marcus; él no decidiría por ella en los asuntos que le pertenecieran; la casa de los Valerios recibiría protección pública.
Habían discutido cada punto hasta reducirlo a palabras precisas.
No habían hablado de cómo compartirían una cama.
Un sonido leve al otro lado de la puerta interrumpió sus pensamientos. No fueron nudillos golpeando la madera, sino el roce de una mano, seguido de una pausa.
—Aelia.
La voz de Marcus atravesó la puerta.
—Entra.
Él abrió sin precipitación. Ya no llevaba la toga ni la corona de flores.
Vestía una túnica clara, sencilla, ceñida a la cintura.
El cabello, liberado de la disciplina de la ceremonia, caía un poco sobre su frente.
Había cansancio en las líneas de su rostro y una marca rojiza cerca del cuello, allí donde el borde de la toga debía de haberle rozado durante horas.
Cerró la puerta. No avanzó más de dos pasos.
Aelia se volvió hacia él procurando no cubrirse con los brazos. Habría sido absurdo: seguía vestida desde la garganta hasta los tobillos.
Marcus miró la jarra, las dos copas y luego a ella.
—Philemon ha conseguido expulsar a los últimos invitados.
—¿Ha necesitado soldados?
—Solo paciencia. Afirma que es más eficaz.
—Eso depende de los invitados.
Marcus hizo un gesto que casi llegó a ser una sonrisa.
—Uno de mis primos quería continuar cantando en el patio.
—¿El que olvidaba la mitad de cada verso?
—Ese mismo.
—Tal vez Philemon ha salvado nuestro matrimonio antes de que empezara.
La sonrisa apareció esta vez, breve y cansada. Después quedó entre ambos un silencio que ya no podía llenarse con comentarios sobre invitados.
Marcus miró el cinturón anudado bajo el pecho de Aelia. Apartó la vista enseguida, pero no antes de que ella advirtiera el movimiento.
—Te han dejado una tarea difícil —dijo.
Aelia tocó el nudo.
—Está bien atado.
—Parece pensado para resistir un asedio.
—Quizá lo estaba.
Marcus se acercó a la mesa, sirvió agua en una de las copas y se la ofreció. Aelia la aceptó. Él se sirvió otra, aunque apenas bebió.
La distancia entre ambos seguía siendo suficiente para que ninguno pudiera rozar al otro por accidente.
—Ha sido un día largo —dijo Marcus.
—Ambos estuvimos presentes. No necesitas informarme.
—Intentaba conversar.
—¿Sobre la duración del día?
—No se me ha ocurrido nada mejor.
La franqueza la desconcertó. Había esperado seguridad, quizá una formalidad cuidadosa, pero no aquella torpeza casi doméstica.
—Podrías hablarme del tiempo —sugirió—. Siempre es un refugio adecuado cuando dos personas no saben qué decirse.
Marcus miró hacia la ventana cerrada.
—Por desgracia, no tengo ninguna opinión digna de ser escuchada sobre el tiempo.
—Entonces estamos perdidos.
Él dejó la copa en la mesa. El pequeño golpe de la base contra la madera sonó más fuerte de lo que debía.
—No tenemos que hacer esto esta noche.
Aelia tardó un instante en comprender.
El calor de la habitación pareció concentrarse bajo su piel.
—¿Hacer qué?
Marcus la miró de frente. No intentó suavizar la respuesta.
—Compartir la cama como marido y mujer.
Las palabras, dichas sin rodeos, resultaron menos violentas que las insinuaciones que Aelia había soportado durante la cena. Aun así, apretó la copa entre los dedos.
—Ya somos marido y mujer.
—Sí.
—Y nuestros invitados llevan horas celebrando lo que esperan que suceda cuando se marchen.
—Nuestros invitados no están aquí.
Aquello podía ser consideración. También podía ser rechazo.
Aelia dejó la copa junto a la de Marcus.
—¿Prefieres que esperemos?
—He dicho que podemos hacerlo.
—No es lo mismo.
Marcus apoyó una mano en el respaldo de una silla, pero no se sentó.
—No.
La respuesta quedó suspendida. Aelia esperó una explicación que no llegó.
Durante las negociaciones, él había sido preciso incluso al discrepar. Había discutido propiedades, obligaciones y apariencias sin refugiarse en vaguedades. Ahora, ante una pregunta mucho más sencilla, parecía medir cada palabra como si cualquiera pudiera abrir una grieta bajo sus pies.
Aelia notó que la irritación desplazaba parte de su nerviosismo.
—No quiero empezar este matrimonio tratando de adivinarte.
Marcus bajó la vista hacia la silla. Sus dedos se cerraron sobre la madera y volvieron a relajarse.
—No prefiero esperar porque no te desee.
La claridad de la frase la dejó inmóvil.
Él continuó antes de que ella encontrara una respuesta.
—Pero no quiero que vengas a esta cama porque la ceremonia, tu familia o la ciudad entera te hayan convencido de que esta noche ya no puedes decir que no.
Aelia lo observó. Marcus no se había acercado.
No había utilizado la autoridad que la ley y la costumbre le concedían, ni había adornado su cautela con promesas que ninguno de los dos estaba preparado para hacer.
Permanecía junto a aquella silla como si la distancia fuera una decisión que solo ella podía revocar.
Hasta entonces, Aelia había pensado que el margen ofrecido ante el umbral era una cortesía. Comprendió que no lo era. Marcus esperaba de verdad.
La certeza no eliminó el miedo. Lo transformó en algo que podía examinar.
—Si te pidiera que te marcharas —dijo—, ¿lo harías?
—Sí.
—¿Sin exigir una explicación?
—Sin exigirla.
—¿Y mañana?
—Mañana seguiríamos casados.
No había ofensa en su voz. Tampoco alivio. Aelia solo pudo juzgar lo que veía: la postura contenida, el rostro serio, la ausencia de cualquier paso hacia ella.
Podía pedirle que se marchara.
La posibilidad hizo que el nudo de su cinturón dejara de parecer una cuerda que la arrastraba hacia un destino decidido por otros. Podía conservarlo hasta el amanecer. Podía desatarlo ella misma. Podía pedirle a Helvia que regresara.