Un pacto en Roma (Bajo el águila de Roma nº 1) Capítulo 8 - La boda #4
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Capítulo 8 - La boda #4

Cuando llegó el momento de que los Valerii se marcharan, Decimus volvió a abrazarla.

Publius tuvo que empujarlo con suavidad hacia la puerta.

Su madre le sostuvo las manos durante unos instantes.

Lucius besó su frente y dirigió a Marcus una mirada que contenía más advertencias de las que habría podido expresar sin provocar otra negociación.

Marcus inclinó la cabeza.

—Cuidaré de ella.

Aelia volvió el rostro hacia él.

La promesa podía haberla tranquilizado. Sin embargo, recordó las discusiones entre ambos hombres y la facilidad con que la protección se transformaba en decisiones tomadas en su nombre.

—Nos cuidaremos —dijo.

Lucius la miró. Marcus tardó apenas un instante en responder.

—Sí.

Aelia Tertulla fue la primera en sonreír.

La puerta se cerró tras los últimos invitados.

El ruido de la procesión se alejó calle abajo, llevándose consigo las flautas, las bromas de Publius y las protestas de Decimus.

El silencio que quedó no era completo. Había criados retirando lámparas, familiares de los Fabii hablando en las habitaciones interiores y pasos en la planta superior.

Aun así, comparado con la domus Valeria, aquel hogar parecía contener la respiración.

Cornelia dio algunas indicaciones a Helvia y se retiró con Fabia. Philemon se ocupó de asegurar la entrada. Aelia quedó en el atrio junto a Marcus.

Se miraron.

La ceremonia había terminado. Nadie esperaba ya una respuesta pública, una postura exacta o un gesto adecuado para los invitados.

Marcus señaló el corredor.

—Tus habitaciones están preparadas.

Tus habitaciones.

No las de una visitante. Tampoco las de una hija que regresaría a otro lugar cuando terminara la estancia.

Aelia avanzó con él. La casa se revelaba mediante fragmentos: un suelo cuidado pero más antiguo que el de la domus Valeria, lámparas colocadas con economía, un pequeño patio interior y muebles bien conservados que no intentaban ocultar el paso de los años.

No era una casa pobre. Tampoco poseía la abundancia a la que Aelia estaba acostumbrada.

Marcus se detuvo ante una puerta.

—Helvia vendrá en seguida para ayudarte con el vestido.

Aelia tocó el borde del velo.

—Empiezo a sospechar que nunca podré quitármelo.

—He preguntado si era posible prescindir de él durante la cena.

—¿Y qué te han respondido?

—Mi madre ha dicho que dejara de intervenir en asuntos que no comprendo.

Aelia sonrió.

—Ha sido una respuesta sensata.

—No necesito que te pongas de su parte el primer día.

—Vivo aquí. Tendré que elegir bien mis alianzas.

Marcus la observó. Bajo la luz de la lámpara, su expresión perdió parte de la rigidez que había mantenido durante la celebración.

—Aelia, si hay algo que no esté como deseas…

—Te lo diré.

Él asintió.

—Bien.

Marcus abrió la puerta y la dejó pasar primero.

La habitación contenía sus cofres. Reconoció el que había pertenecido a su abuela, las cajas elegidas con Marcella y la cesta que su madre había revisado aquella mañana.

Sobre una mesa descansaban su peine, una lámpara y la pequeña figura doméstica que había decidido llevar consigo.

Alguien había colocado cada objeto con cuidado, pero sin saber todavía cómo lo habría dispuesto ella.

Aelia entró.

Marcus permaneció junto a la puerta.

—Te dejaré unos momentos —dijo—. Ha sido un día largo.

—Para los dos.

—Sí.

No añadió nada sobre la noche ni sobre las obligaciones que los esperaban. Se limitó a inclinar la cabeza antes de retirarse y cerrar la puerta con suavidad.

Aelia quedó sola.

A través de la pared llegaban sonidos que aún no sabía reconocer. No podía distinguir qué pasos pertenecían a Cornelia, dónde dormía Helvia ni qué puerta conducía al tablino. Tampoco sabía a qué hora acostumbraban a apagar las lámparas o cuándo comenzaba Philemon a recorrer la casa por la mañana.

Se acercó a la mesa y tomó el peine. Era el mismo que había utilizado durante años, pero verlo allí producía una sensación extraña. Un objeto propio dentro de una habitación desconocida.

La puerta se abrió y Helvia entró para ayudarla a retirar el velo.

Aelia se sentó. Cuando la tela anaranjada dejó de cubrirle el rostro, la luz recuperó su color habitual. Los alfileres fueron cayendo uno a uno sobre la mesa. Con cada pieza que Helvia retiraba, disminuía la presión en su cabeza.

Aelia observó la habitación reflejada en el metal pulido de un pequeño espejo.

Todo era nuevo salvo los objetos que había traído consigo.

La casa Valeria continuaba al otro lado de Roma. Su familia estaría regresando a las habitaciones conocidas, comentando la ceremonia y descubriendo el espacio que ella había dejado vacío. Aelia también había perdido el lugar que ocupaba hasta aquella mañana.

Sin embargo, no estaba allí de paso.

Había cruzado la ciudad ante ambas familias. Había pronunciado su consentimiento, sostenido la mano de Marcus y atravesado el umbral en sus brazos. Sus cofres ya estaban abiertos. Su peine reposaba sobre la mesa. Al otro lado de la puerta se encontraba el hombre al que había elegido.

Aelia contempló la estancia una vez más.

Aquella noche no dormiría como invitada en la casa Fabius.

Dormiría allí como esposa de Marcus.