Un pacto en Roma (Bajo el águila de Roma nº 1) Capítulo 8 - La boda #3
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Capítulo 8 - La boda #3

—La primera noche en otra casa siempre parece más extraña de lo que será después.

—Eso no resulta muy tranquilizador.

—No pretendía tranquilizarte. Solo decirte que mañana seguirá existiendo.

Aelia la abrazó.

—Gracias por no decirme que todo será fácil.

—No me creerías.

—No.

Marcella le rozó la mejilla.

—Y harías bien.

Aelia Tertulla se acercó cuando llamaron a la novia desde la entrada. Por primera vez en todo el día, no comprobó el vestido ni el velo.

—No permitiré que tu padre envíe a alguien antes de que hayas terminado de desayunar —dijo.

—¿Crees que lo intentará?

—Creo que ya ha dado instrucciones.

Aelia miró hacia Lucius. Su padre hablaba con Titus, aunque ambos dejaron de hacerlo al advertir que los observaba.

—Madre…

Aelia Tertulla la tomó entre sus brazos. El velo quedó atrapado entre las dos.

—Ve —murmuró—. Antes de que encontremos otra razón para retenerte.

Lucius fue el último.

La acompañó hasta el vestíbulo. Afuera ardían las antorchas, y el sonido de las flautas se mezclaba con los gritos de quienes esperaban la procesión. Aelia había cruzado aquella puerta miles de veces. Nunca se había detenido ante el umbral.

Su padre le ofreció el brazo.

—No tienes que mirar atrás —dijo.

Aelia volvió el rostro hacia el atrio, las columnas, el agua oscura del impluvio y las figuras de su familia reunidas bajo la luz de las lámparas.

—Quiero hacerlo.

Lucius no intentó impedírselo.

Aelia contempló la casa un instante más. No buscaba conservar una imagen perfecta. La domus seguiría allí, llena de personas, discusiones, comidas y asuntos que continuarían sin ella. Su lugar no desaparecía, pero ya no estaría en el centro de aquella vida cotidiana.

Después cruzó la puerta.

La calle la recibió con luz, humo y ruido.

Tres muchachos de familias conocidas acompañaban la procesión.

Uno llevaba una antorcha delante de ella y los otros caminaban a ambos lados.

Aelia avanzó entre familiares mientras la gente lanzaba buenos deseos.

Las flautas imponían un ritmo que nadie respetaba por completo.

Algunas voces entonaban versos; otras se limitaban a gritar felicitaciones.

El velo reducía el mundo a destellos anaranjados.

Aelia veía las fachadas iluminadas, los balcones ocupados y los rostros que aparecían al paso de la comitiva.

El suelo irregular la obligaba a medir cada paso.

La multitud convertía su matrimonio en un hecho público.

Aquello que había comenzado en conversaciones privadas avanzaba ahora por las calles de Roma entre antorchas.

Publius y Decimus permanecieron cerca durante buena parte del recorrido. Prisca caminaba con otros familiares de Ostia. Marcella iba junto a su madre. Lucius había quedado unos pasos atrás, aunque Aelia reconocía su voz cada vez que alguien se acercaba demasiado.

La casa Fabius no se encontraba lejos. La distancia, sin embargo, pareció mayor que cualquier trayecto que Aelia hubiera realizado por la ciudad.

Cuando doblaron la última esquina, vio las antorchas encendidas ante la entrada.

Marcus la esperaba.

La casa parecía más contenida que la domus Valeria.

No había espacio para una multitud semejante en el vestíbulo, y parte de los invitados tuvo que permanecer en la calle.

Las puertas estaban adornadas con bandas de lana y ramas.

Cornelia se encontraba en el interior, rodeada por los miembros del hogar.

Marcus bajó los escalones para recibirla.

Aelia se detuvo ante él. Los gritos de felicitación aumentaron y alguien elevó una antorcha demasiado cerca del velo. Uno de los acompañantes la apartó.

—Has llegado —dijo Marcus.

—Te dije que no me dejarían perderme.

Sus ojos recorrieron el borde del vestido y se detuvieron en sus pies.

—Hay un último obstáculo.

Aelia miró el umbral.

Conocía la costumbre. Tropezar al entrar habría sido una señal funesta, y nadie permitiría que la nueva esposa cruzara por sí misma.

Marcus se acercó.

—¿Puedo?

La pregunta fue tan baja que quedó oculta bajo el ruido de la calle.

Aelia asintió.

Él pasó un brazo por debajo de sus rodillas y el otro por su espalda. Aelia apoyó una mano en su hombro. El gesto ritual no evitó que percibiera el calor de su cuerpo, la fuerza con que la sostuvo y el olor limpio de su ropa bajo el humo de las antorchas.

Marcus cruzó el umbral sin apresurarse y la depositó dentro de la casa.

Durante un instante quedaron demasiado cerca. Aelia podía ver las líneas de cansancio junto a sus ojos y una sombra oscura en su mandíbula. Él retiró las manos en cuanto comprobó que estaba firme.

Los miembros de la casa los rodearon. Cornelia ofreció a Aelia el fuego y el agua del rito doméstico.

Ella los recibió siguiendo las indicaciones que había aprendido, consciente de las miradas que acompañaban cada movimiento.

No necesitaba conocer todas las palabras antiguas para comprender su sentido: entraba en un hogar que existía antes que ella y aceptaba ocupar un lugar dentro de él.

Después de cumplir el rito, Cornelia la besó en ambas mejillas.

—Bienvenida.

—Gracias.

Una parte del servicio aguardaba detrás. Aelia reconoció a Helvia. A su lado había un hombre de cabello gris, túnica sobria y postura recta. No necesitó que nadie le explicara quién era.

—Philemon —dijo Marcus—. Administra la casa y se ocupa de que todos recordemos aquello que preferiríamos olvidar.

El liberto inclinó la cabeza.

—Señora.

—Titus me ha hablado de ti.

Philemon no mostró sorpresa.

—También él me ha hablado de sus cofres.

Aelia miró a Marcus.

—Te advertí que los revisaría.

—Philemon lleva toda la tarde temiendo una inspección.

El administrador mantuvo la expresión seria.

—Los cofres están en las habitaciones de la señora. Ninguno ha sufrido daños.

—Gracias —dijo Aelia.

—Si desea cambiar su disposición, Helvia y yo nos ocuparemos mañana.

Mañana.

Otra vez aquella palabra.

Los familiares entraron detrás de Aelia hasta donde permitió el espacio.

Hubo nuevas felicitaciones, abrazos y despedidas.

Lucius examinó el atrio como si pudiera evaluar la seguridad de toda la casa en una sola mirada.

Cornelia soportó la inspección sin hacer comentarios.

Marcus permaneció junto a Aelia, lo bastante cerca para que nadie dudara de que la recibía como esposa, pero sin tocarla de nuevo.